Las dos almas de Estados Unidos. Entrevista a Patrick Iber

Mariano Schuster y Pablo Stefanoni entrevistan a Patrick Iber

¿Representa realmente Donald Trump a sectores de clase trabajadora? ¿Qué pasó con el voto latino y afroaestadounidense? ¿Cuánto pesó la adscripción religiosa? ¿Cómo queda posicionada el ala izquierda del Partido Demócrata en un futuro gobierno de Joe Biden?

Las dos almas de Estados Unidos.  Entrevista a Patrick Iber

Para quienes esperaban una «ola azul», las elecciones estadounidenses dejaron un sabor amargo, aunque las proyecciones acercan a Joe Biden a la Casa Blanca. Si este resultado se debió a la fortaleza de Donald Trump o a la debilidad demócrata será motivo de numerosos análisis. En esta entrevista, Patrick Iber, historiador y profesor de la Universidad de Wisconsin, analiza los resultados y las perspectivas que se abren. Iber es autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America [Ni paz ni libertad. La Guerra Fría cultural en América Latina] (Harvard UP, Cambridge, 2015), escribe en Dissent y New Republic y fue asesor en la campaña de Bernie Sanders para las primarias.

Al menos por lo que sabemos hasta ahora, las encuestas no acertaron con el resultado electoral que anticipaba una holgada victoria de Joe Biden. ¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué hubo momentos en los que se creyó incluso que Trump podía ganar?

Más que una jornada electoral, hemos vivido una suerte de temporada de elecciones. Evidentemente hay una fecha de las elecciones, pero en Estados Unidos cada estado tiene la responsabilidad de organizarlas en su territorio. Es decir, no tenemos un sistema federal para organizar las elecciones. Y además, cada Estado tiene distintas reglas. En general, hay tres maneras de votar: por correo, en persona de manera anticipada o el día de las elecciones. Lo que hemos visto es que muchos demócratas han votado con anticipación o por correo, mientras que muchos más republicanos votaron el 3 de noviembre.

Realmente es difícil saber qué sucedió con las encuestas, excepto afirmar que algo similar sucedió en 2016. En aquel contexto, las encuestas daban ventaja a Hillary Clinton y las cosas resultaron muy diferentes. Un fenómeno que se ha hecho evidente es que muchas personas no dicen que votarán por Trump. Sin embargo, hay que dividir la problemática de las encuestas entre lo estatal y lo nacional. En el ámbito nacional, más o menos acertaron. Sin embargo, el problema principal residió en el nivel estatal. En Wisconsin, en el estado en el que vivo, diversas encuestas daban una ventaja de entre 8 y 10 puntos de diferencia en favor de Biden, pero acabará ganando por aproximadamente 20.000 votos, es decir, por menos de un punto.

Esos momentos en que veía que existía la posibilidad de un triunfo de Trump –o más bien que Biden iba perdiendo–, la situación no era, en realidad, la que se percibía. En algunos estados, como Wisconsin o Michigan, no se puede comenzar a contar los votos emitidos por correo hasta después de terminar el conteo de los emitidos personalmente. Por lo tanto, lo que se veía en los primeros resultados era el voto emitido el mismo día de la elección. Luego, con el conteo del voto emitido por correo, se verificó un aumento significativo del voto demócrata. Esto hace que la acusación de fraude de Trump esté completamente alejada de la realidad. Lo que se verifica, en realidad, es que el voto se desarrolló sin irregularidades en todo el país.

Algunos han escrito sobre la posibilidad de que el Partido Republicano se transforme en un partido conservador con base en la clase trabajadora, incluso más multirracial que como lo conocíamos, sobre todo proyectando la sociología del voto de Florida, donde al final se impuso Trump.

Se ha hablado mucho del voto latino, especialmente en Florida, donde Trump en efecto ganó el estado con el apoyo de buena parte de la comunidad latina. Yo quiero insistir en que sin saber los resultados finales es difícil construir un panorama global y completo. El voto latino en Estados Unidos incluye a muchas comunidades y estas son distintas entre sí. Hay diferencias entre el voto de origen cubano de Florida y el de origen mexicano de Arizona. En este sentido, fue una sorpresa para muchos el triunfo de Biden en este último estado, considerado bastante conservador durante muchos años. El voto latino sindicalizado en Nevada, por ejemplo, también ha sido muy importante para la victoria de Biden en ese estado. Hay algo de mitología en la idea de que el trumpismo se ha convertido en un espacio multiétnico de clase trabajadora. Pero sí hay que decir que Trump ha tenido cierto grado de apoyo (entre 30% y 35%) en el voto latino y también en el voto asiático. El voto afroaestadounidense, en cambio, sigue siendo mayoritariamente demócrata (alrededor de 90%).

Lo que se evidencia especialmente en el estado de Florida es que el discurso articulado por Trump de que Biden es o bien un socialista o bien un aliado/rehén de los socialistas ha tenido un impacto bastante fuerte. Hemos visto también la movilización de mensajes a través de Facebook y WhatsApp con fake news en ese mismo sentido. Lo que queda claro es que el discurso antisocialista es importante en la base de Trump. Aunque durante los últimos años se ha hablado del racismo como parte del apoyo a Trump –y esto es cierto–, no se trata del único factor explicativo. El Partido Demócrata sigue teniendo ventaja en lo que en Estados Unidos llamamos «minorías» en términos raciales y culturales, pero también sigue teniendo ventaja entre la clase trabajadora. Aun así, se ha percibido que algo ha cambiado en los últimos años: que el nivel de educación influye como un factor importante. Una persona bastante acomodada con educación superior universitaria es mucho más probable que se incline por los demócratas. Esto no es algo que sucediera de este modo en el pasado. Es muy fácil simplificar y afirmar que el Partido Demócrata es un partido de las elites, mientras que el Partido Republicano es un partido blanco de clase trabajadora. La realidad es mucho más compleja y esas categorizaciones no siempre se verifican. En algunos casos, sucede todo lo contrario. Pero hay que indagar más en estas transformaciones.

Patrick Iber

Para eso hay que mirar los diferentes territorios…

Antes de las elecciones se hablaba mucho de la posibilidad de que Trump conquistase un porcentaje más alto del voto afroestadounidense, especialmente entre los varones. También se afirmaba lo mismo en relación con el voto latino. Lo que se sostenía es que su machismo podía producir cierto tipo de atracción en esas comunidades. Yo no me atrevería a plantear algo firme sobre esta materia porque los resultados finales nos permitirán hacer un desglose para verificar qué ha sucedido y qué no ha sucedido. Sin embargo, es posible hacer algunas conjeturas. Trump no parece haber ganado mucho en torno del voto afroestadounidense, aunque entre las múltiples comunidades latinas sí parece haber tenido ciertos avances, en algunos estados y en algunos sectores. Entre los cubanos y los venezolanos que viven en Florida el mensaje antisocialista es fuerte y penetra en parte de esas comunidades. Sin embargo, el voto puertorriqueño es muy fuerte a favor de Biden, tal como lo han sido el voto haitiano y el voto mexicano. Algo similar sucede con el voto dominicano en Nueva York.

Fuera de Florida, una de las sorpresas ha sido el Valle del Río Grande, en la frontera entre Texas y México. Tradicionalmente esta ha sido una de las zonas más pobres del país y ha tendido a votar a los demócratas. Allí Biden perdió bastante apoyo. En el condado de Zapata, por ejemplo, Clinton había ganado por 30 puntos y Biden perdió. Esa es una sorpresa y muchos están pensando en lo que significa esa merma de votos en un lugar que tiene sus particularidades: se trata de una zona fronteriza en la que buena parte del empleo se genera por lo que podríamos llamar el «complejo fronterizo-industrial». Los mensajes antiinmigrantes tienen cierto eco entre esas comunidades, incluso entre los latinos. Aunque a veces parezca difícil de entender, no es imposible encontrar latinos que abogan por una política de restricción con respecto a la inmigración, sosteniendo que mientras ellos han llegado al país de modo correcto y legal, los otros también deberían hacer lo mismo si pretenden ingresar. En ese sentido, hay que afirmar que se habla mucho sobre el racismo entre la comunidad blanca, dado que esta es la forma racista con mayor impacto político. Sin embargo, se habla menos del racismo contra los afros entre algunos latinos o algunos asiáticos, así como del racismo antilatino de algunos miembros de la comunidad afroestadounidense. Ese tipo de situaciones, aunque no son dominantes, existen.

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¿Cómo juega la religión en todo esto? A menudo se piensa en ella de manera un tanto simplista.

El discurso progresista en Estados Unidos, que comparto (no me molesta ser identificado como socialista democrático), ha insistido en que el problema fundamental de Trump está constituido por el racismo y la misoginia. Eso no es en absoluto falso. Pero también hay muchos ciudadanos y ciudadanas que no se consideran racistas (y en muchos casos no son blancos) que apoyan a Trump. Parte de esto se vincula con el fuerte apoyo que ha tenido por parte de la comunidad evangélica. Muchos de ellos no comparten su personalidad ni su forma de ser, pero defienden, por ejemplo, su oposición al derecho al aborto. En Estados Unidos el derecho al aborto es el resultado de una decisión tomada por la Corte Suprema en 1973.

Ahora, con una mayoría conservadora, podrían argumentar que esa decisión fue incorrecta y dejar que decida cada estado en lugar de mantener una legislación de carácter federal. Esto es percibido como un logro para parte de esa comunidad, dado que considera que se trata de un punto innegociable. Al igual que el nombramiento de jueces conservadores, no solo en la Corte Suprema. Sin embargo, esas posiciones son sostenidas por personas que no necesariamente se consideran racistas ni participan del supremacismo blanco. Lo mismo sucede con las opiniones sobre los derechos de la población LGTBI, que han sido fuertes ejes de debate por parte del progresismo. Estas cuestiones deben ser tenidas en cuenta, también considerando que parte de la población latina en Estados Unidos tiene estas adscripciones religiosas.

Al mismo tiempo, no podemos hacer generalizaciones sobre el voto religioso. Una de las grandes mitologías que se han construido es la de que el Partido Demócrata es antirreligioso, algo que es estrictamente falso. Biden mismo es un católico devoto y practicante, mientras que Trump no parece ser nada de eso. Trump, tres veces divorciado, no representa los valores defendidos por buena parte de las comunidades cristianas que articulan sus puntos de vista, al menos parcialmente, como una defensa de los valores y de la familia tradicional. Como ser humano, Biden representa mejor que Trump esos valores.

En ese sentido, cabe mencionar que el voto católico siempre ha estado dividido casi en partes iguales entre demócratas y republicanos. Asuntos como el aborto favorecen el voto a los republicanos, mientras que el discurso sobre la justicia social los acerca a los demócratas. Lo cierto es que, comparado con otros países con niveles más o menos similares de riqueza, Estados Unidos es un país mucho más religioso. Dado que no contamos con una Iglesia privilegiada y establecida del Estado, tenemos una diversidad de prácticas religiosas muy amplia. Y muchos de ellos tienen un compromiso con la justicia social, algo que favorece al Partido Demócrata. Históricamente, personajes como el pastor Martin Luther King han sido claves en este sentido. Al día de hoy, muchas iglesias afroestadounidenses siguen apoyando al Partido Demócrata. Y allí está, entre muchos otros, el caso del reverendo William Barber II en Carolina del Norte.

Hay que evitar la idea de que el Partido Demócrata es un partido secular, mientras que el Partido Republicano es el partido de los religiosos. Eso no es así. Pero sin embargo se debe prestar atención al factor religioso, porque en muchos casos ha incidido, como comentaba recién respecto al llamado voto evangélico.

¿Cómo queda el sector socialista democrático con estos resultados?

Yo provengo de ese sector y, en tal sentido, apoyé e incluso trabajé para la campaña de Bernie Sanders. Tras su derrota en las primarias, Sanders dio todo su apoyo a Biden para sacar a Trump y, en la mayoría de los casos, los votantes que preferían a Sanders o a Elizabeth Warren apostaron por Biden sin ningún tipo de problema. Yendo a los socialistas democráticos, hemos visto la reelección de Alexandria Ocasio-Cortez por amplio margen y la llegada de algunas otras figuras como Jamaal Bowman. Esto supone la posibilidad de que miembros de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) ocupen posiciones que anteriormente estaban ocupadas por miembros de alas mucho más moderadas del Partido Demócrata.

Durante la campaña, la acusación de Trump de que Biden era un socialista llevó al candidato demócrata a responder que había sido justamente él quien había vencido a Sanders en la primaria. Esto le permitía distanciarse de la acusación, pero generaba una cierta incomodidad para el sector de izquierda del partido. Por un lado, entendían que era una forma de defensa de Biden, pero, por otro lado, no daba total cuenta del giro progresista del partido.

No obstante, hay dos o tres consideraciones que deben ser tenidas en cuenta. Todo indica que Biden terminará siendo elegido y que mejoró respecto a la elección de Hillary Clinton en 2016. En varios estados, los márgenes son estrechos, pero en el nivel nacional es una victoria definitiva. Sin embargo, muchos de sus seguidores anticipaban una victoria más contundente de la que realmente se está produciendo. En ese sentido, había cierta esperanza de controlar el Senado, algo que parece que no sucederá (dependerá, probablemente, de una segunda vuelta en Georgia en enero). Por ende, enfrentaremos el riesgo de un gobierno dividido, con el Senado en manos de los republicanos y el Congreso y la Casa Blanca en manos de los demócratas. Esto deja a la izquierda en un problema. Los miembros de primer rango del gabinete de Biden deben ser aprobados por el Senado y Mitch McConnell, líder de los republicanos en la Cámara Alta, ya ha advertido que no aceptará a progresistas. La posibilidad que tenía Biden de colocar en esos puestos a miembros de la izquierda del Partido Demócrata (un sector que ha crecido considerablemente) puede quedar trunca. Y si el Partido Demócrata solo representa a una parte de sus seguidores, se deja afuera a una izquierda que ofreció su apoyo a Biden para sacar a Trump de la Casa Blanca. Esto todavía no ha sucedido, pero es una posibilidad cierta. Hay que aclarar, sin embargo, que esto solo es válido para los ministros del gabinete, pero no para los administradores designados por esos ministros. Ellos sí pueden escoger a personas que provengan del ala izquierda del Partido Demócrata sin necesitar la aprobación del Senado.

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Muchos votantes de la izquierda demócrata esperaban que, en caso de conquistar el Senado, se pudiera además cambiar varias tradiciones políticas (como el «filibusterismo») y hacer reformas políticas pendientes. Si bien esas posibilidades no existen por el momento, hay que aclarar que la posibilidad a tensionar a Biden por izquierda no ha desaparecido. Los resultados de las primarias demócratas indicaron que Sanders –y la posición política del socialismo democrático– cuentan con un apoyo de entre 30% y 35% del partido. Esto le otorga una fuerza significativa a estas posiciones. Tras el fin de la campaña, Biden realizó una serie de encuentros y armó comisiones para la unidad del Partido Demócrata. Esas comisiones tenían a tres integrantes designados por Sanders y a cinco designados por Biden, lo que reflejaba las tendencias partidarias. Esas comisiones publicaron planes políticos estratégicos para ocho áreas, entre las que se destacaban el cambio climático y la política migratoria, entre otras. El resultado reflejó un compromiso entre las distintas tendencias del partido.

Especialmente con la temática del cambio climático, se evidenció que era posible influenciar a Biden y empujarlo hacia una posición más progresista y escorada hacia la izquierda. Si bien durante los debates Biden rechazaba el llamado Green New Deal, presentaba un plan alternativo que es bastante agresivo para enfrentar los problemas climáticos. En tal sentido, creo que los grupos organizados de izquierda tienen cierta esperanza en la posibilidad de influir en la presidencia de Biden. La complicación es, tal como mencionaba, el Senado. Es decir, se trata de una complicación institucional desarrollada desde fuera del Partido Demócrata.

Resulta interesante que en Florida, mientras ganó Trump, los electores votaron por amplia mayoría, en referéndum, un salario mínimo que deberá llegar tendencialmente a 15 dólares la hora, lo que hasta hace poco era una consigna limitada a la izquierda, ¿cómo se entiende eso?

Hace relativamente poco, Fox News –una de las principales cadenas televisivas de la derecha– realizó una encuesta entre sus espectadores. El resultado fue algo sorprendente. La mayoría apoyaba la intervención estatal en salud y defendía la posibilidad de un salario mínimo. Estos dos temas han sido sistemáticamente atacados por la derecha y, de hecho, constituyen parte de la agenda de la izquierda. En tal sentido, la pregunta que debemos hacernos es por qué si hay apoyo para ese tipo de políticas, tantos ciudadanos deciden, igualmente, no votar a los demócratas que las impulsan. Carezco de una respuesta clara, pero es probable que sean reactivos a otras cuestiones propias de los demócratas. En particular, a ciertos discursos progresistas sobre otras esferas. Es claro que hay un «temor al socialismo» en ciertos grupos en el país, pero también hay un sector bastante extendido al que podríamos calificar como poseedor de «sentimientos antiprogresistas».

Estos sentimientos son realmente una fuerza en la política y hacen que la oposición, por ejemplo, a las políticas de diversidad, pesen más que las coincidencias con respecto al rol del Estado en ciertas materias. Eso puede llevarlos a votar a Trump. Yo creo que si Trump hubiese sido un poco más inteligente, habría impulsado un programa más populista en términos económicos. Pero hay que subrayar que el Partido Republicano no es populista en términos económicos, sino neoliberal. Es probable que Trump hubiera podido torcer por lo menos parte de ese rumbo. En ese caso, podría haber sido antiprogresista en términos culturales (manteniendo su oposición a lo que llama la «cultura liberal»), pero populista en términos de una defensa más real de la clase trabajadora. Sin embargo, no lo hizo, y aún así, pudo expandir su base política. El Partido Demócrata va a tener una oportunidad para demostrar que su gobierno puede beneficiar a la mayoría de la población. Pero el trumpismo, con o sin Trump, seguirá vigente. Esa es una de las cosas decepcionantes de esta elección. Hemos sacado un líder con tendencias autoritarias, lo cual no es poco, pero las tendencias autoritarias en el sistema de gobierno, y en la población, siguen presentando una amenaza.

Fuente: nuso.org


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