Las corporaciones militares y el gran negocio de la guerra

Raúl Ornelas

Las corporaciones militares y el gran negocio de la guerra

Es un lugar común señalar que aun en el capitalismo decadente, la guerra impulsa la acumulación de capital y produce enormes ganancias para quienes participan en ella. Sin embargo, el tránsito desde las guerras mundiales y los conflictos de la guerra fría hacia las llamadas guerras asimétricas, introdujo cambios significativos en las relaciones entre las corporaciones, los estados y las instituciones que participan en los conflictos bélicos. Estos cambios pueden ordenarse en torno a dos ejes:

En primer lugar, la guerra “desborda” sus antiguos límites marcados por conflictos territoriales con enemigos identificados y generalmente organizados bajo la forma de fuerzas armadas, para convertirse en una práctica de “espectro completo” en la que los estrategas y comandantes militares no reconocen límites territoriales ni distinguen entre combatientes y población civil.

En segundo lugar, el estado y las instituciones ceden buena parte de sus actividades bélicas a las corporaciones privadas: de manera similar a lo que sucede en otros sectores de la actividad productiva, las tareas de defensa, y no solo la producción de armamentos, pasan a manos de empresas privadas.

El desplazamiento del estado como instancia del ejercicio legítimo de la violencia representa una transformación crucial para la cohesión del capitalismo. El que corporaciones privadas, independientes de los controles institucionales y de las leyes del régimen liberal, realicen actividades de seguridad e incluso de guerra, socava uno de los pilares de la legitimidad del capitalismo. La privatización del ejercicio de la violencia produce cuantiosas ganancias, al tiempo que refuerza las tendencias a la disgregación social y hace frágiles los regímenes políticos al poner en cuestión la hegemonía cultural y política del liberalismo y sus instituciones; todo esto estimula las tendencias más autoritarias tanto del sistema como de grupos y sujetos sociales cada vez más afectados por la violencia. El recurso generalizado a la represión, al control social e incluso a las acciones militares, explica la expansión de las corporaciones militares privadas, que en forma progresiva, ganan terreno y juegan, cada vez más, un papel estratégico en las acciones bélicas.

Relaciones empresa-estado

En los años recientes, asistimos al surgimiento y a la consolidación de corporaciones dedicadas a proveer servicios ligados a la seguridad y a las actividades militares. Este tipo de corporación es el sujeto típico de las nuevas relaciones empresa-estado: en su interior conjunta los intereses de militares, empresarios y políticos, al tiempo que desarrolla y se apropia de las tecnologías bélicas de punta, incluyendo tres de las más mortíferas: las armas autónomas, la “inteligencia”, y las operaciones especiales. Presentamos aquí una caracterización de las corporaciones que realizan actividades de defensa y de seguridad.

De acuerdo con el Stockholm International Peace Research Institute, las ventas de las 100 mayores corporaciones productoras de armas pasó de 201 a 398 mil millones de dólares (mmd) entre 2002 y 2017, un crecimiento de 98%. En este universo, las corporaciones con sede en Estados Unidos concentran la mayor parte de las ventas: 128 mmd (64% del total) en 2002, y 226 mmd (57% del total) en 2017, un crecimiento de casi 77% de las ventas en ese periodo. En 2017, solo las ventas de corporaciones estadounidenses representan 13% del gasto militar mundial, estimado en 1.7 billones de dólares por la misma fuente, proporción que indica la importancia de las corporaciones en la actividad militar global. Es preciso señalar que esta fuente no proporciona información sobre las corporaciones militares con sede en China, a pesar de que reporta el segundo gasto militar más alto del mundo en 2017, 228 mmd, cifra equivalente a las ventas de armas de las corporaciones con sede en Estados Unidos. El gasto en defensa de la potencia líder alcanzó 610 mmd.

Evasión de las leyes de guerra

En este amplio mercado podemos distinguir 4 segmentos principales:

1) Logística: se trata de empresas que realizan tareas de retaguardia como provisión de alimentos, avituallamiento, construcción y mantenimiento de las instalaciones militares, incluso en teatros de guerra (modelo Halliburton).

2) Operaciones de combate, generalmente operaciones especiales y protección de personas o posiciones estratégicas (modelo Blackwater).

3) Capacidades de comunicación y de defensa, defensa y ataque de las infraestructuras de comunicación, tareas de espionaje y de vigilancia que permiten obtener información para la guerra y el control social (modelo Booz Allen Hamilton).

4) Seguridad fuera de los teatros de enfrentamiento físico, en dos vertientes complementarias: la llamada lucha antiterrorista y el control social in situ; es decir, control de multitudes, combate al crimen organizado, pacificación de la contestación social, combate en megalópolis, etcétera (modelo G4S).

Estas actividades eran realizadas por instancias y personal ligados al estado, no siempre de las fuerzas armadas, pero sí bajo el control estatal; tal es el caso de las agencias de inteligencia que existen en muchos países. La transformación en curso, por tanto, no sólo implica la complementariedad entre el estado y las corporaciones privadas (que es la justificación de gobernantes y estrategas militares para privatizar las actividades), sino la cesión de tareas estratégicas a las instituciones privadas, que aúnan un alto impacto en la trayectoria de los conflictos con la evasión de las leyes de guerra y los controles gubernamentales e internacionales. A través de esta cesión, los estados rompen con uno de los principios de la seguridad nacional: el control de los aspectos estratégicos de la defensa nacional, que al ser controlados por entidades privadas, generan vulnerabilidades para los gobiernos y las fuerzas armadas. La tríada Manning – Assange – Snowden logró poner en evidencia tanto la extensión de las actividades de los contratistas privados militares como la gravedad de los crímenes que cometen de manera cotidiana y en total impunidad. No obstante, el nuevo sentido común de gobernantes y militares habla de complementariedad y afirma que el cometido esencial de las corporaciones privadas militares y de seguridad es la realización del “trabajo sucio” que implican todos los conflictos que enfrentan con la mayor eficiencia y el menor costo posibles.

Para ilustrar la importancia de estas corporaciones, ofrecemos dos botones de muestra.

En primer lugar, destaca el peso creciente de los contratistas privados en las fuerzas estadounidenses de ocupación durante las invasiones en Afganistán e Irak. De acuerdo con el Servicio parlamentario de investigación del Congreso de Estados Unidos, en 2008, año en que se alcanzó el máximo histórico de la participación de personal de corporaciones privadas, se reportaron más de 188 mil elementos de las fuerzas armadas contra más de 201 mil contratistas, de los cuales 168 mil eran contratistas locales y de países terceros, una proporción de uno a uno. Si consideramos únicamente el personal destinado a Afganistán, esa proporción se eleva a 1.8. En 2016, el personal de las fuerzas armadas estadounidenses se redujo de manera significativa a 13 887 personas, en tanto que los contratistas fueron más de 28 mil elementos, una proporción de 2 a 1. Por lo que toca al presupuesto asignado para financiar las operaciones en esos países, se estima en 1.5 mil millones de dólares durante el periodo de auge de las operaciones militares en esos países, de 2001 a 2008. Estos datos parecen indicar que la privatización de la guerra llegó para quedarse. Los contratistas constituyen ejércitos privados con todo tipo de capacidades para hacer frente a todo tipo de conflictos bélicos, y por esa vía, apuntalan la posición hegemónica de Estados Unidos al crear grandes asimetrías militares.

En segundo lugar, podemos mencionar el caso de las empresas de seguridad. Entre las corporaciones más importantes de esta actividad están: G4S (Reino Unido) que en 2018 tuvo ingresos de 9.5 mmd resultado de sus operaciones en más de 90 países, con más de 546 mil empleados, es uno de los principales empleadores del mundo; Securitas AB (Suecia) que reportó ingresos por 10.5 mmd, más de 370 mil empleados y actividades en 58 países; y Allied (Estados Unidos), con ingresos de 5.8 mmd y 200 mil empleados. Estas corporaciones realizan tareas de vigilancia y protección de instalaciones, de eventos públicos, transporte de dinero y de personas e incluso acciones armadas y de administración de prisiones. Una de sus actividades más controvertidas son las misiones de “mantenimiento de la paz”, contratadas por organismos multilaterales como Naciones Unidas, y en las que han cometido diversos crímenes y violaciones a las leyes de guerra entre los que se cuentan: dos escándalos por tráfico de personas y prostitución organizada cometidos por la empresa Dyncorp en Bosnia (1999) y en Afganistán (2009); 6 empleados de CACI y Titan, que trabajaron como interrogadores y traductores en la prisión de Abu Ghraib en 2003 fueron acusados por actos de tortura contra prisioneros; la masacre cometida por empleados de Blackwater contra civiles iraquíes, con un saldo de 17 muertos y 20 heridos en septiembre de 2007; el mismo año, empleados de Triple Canopy y Aegis fueron denunciados por disparar contra civiles en Irak, acción que fue filmada por los mercenarios; Aegis fue acusada de emplear a ex-niños soldados provenientes de Sierra Leona como una forma de reducir sus costos de operación.

Una ventaja estratégica

Las corporaciones privadas militares y de seguridad tienen en común el recurso a tecnologías de vanguardia, así como la creación de sistemas de vigilancia y procesamiento de la información que les permiten tener una ventaja estratégica sobre las empresas e instancias estatales que no pueden acceder a tales medios de producción. Muchas de ellas han sido fundadas y emplean a ex-militares con alta capacitación, lo que en principio ofrece tres tipos de ventajas: 1. ahorros al no pagar la formación de su personal de mayor preparación, mismo que puede transmitir su saber-hacer a menores costos que las formaciones disponibles en el mercado; 2. el cumplimiento adecuado de las tareas contratadas; 3. contar con relaciones en las esferas militares y gubernamentales que permiten la expansión de sus negocios; aunque el mercado es extenso, sin duda, los mayores contratos, tanto en monto como en duración, son los asignados por los gobiernos.

El auge del autoritarismo y la adopción de políticas militaristas y securitarias han creado un campo fértil para la expansión de las corporaciones militares y de seguridad. Tanto para los movimientos contestatarios como para el pensamiento crítico, el estudio de estos actores es de gran importancia, puesto que no será posible hacer frente y eventualmente desmontar los dispositivos de control social sin entender la fusión progresiva entre actividades militares y actividades de seguridad, así como el retiro paulatino del estado de tales tareas.

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 544: Las redes de la guerra.

Raúl Ornelas es Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM e integrante del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica. Coordinador del Laboratorio de Empresas Transnacionales (LET). raulob@iiec.unam.mx


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