Las bolsas de papel con un recuerdo de amor en su vientre

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

El sol brilla tras el ventanal, todo esta quieto y el azul domina en el horizonte lejano y en el cercano también. Entonces mi mente viaja hacia aquellas tardes inquietas sobre un colchón tendido en el suelo de una desvencijada casa de madera con un jardincillo descuidado, un corredor triste y pequeño, una humilde puerta que daba paso a una minúscula sala, un zaguán que llevaba a una habitación sin ventanas, luego una salilla donde estaba el colchón porque allí entraba luz de un tragaluz ubicado al final de la pared que resguardaba del exterior, y allí tendido en horas de desaliento podía leer y echar mi mente a volar por tierras lejanas preñadas de aventuras y acciones heroicas. Después una cocina huérfana de calor y candor, triste y lóbrega. Luego un patiecillo húmedo en el que un naranjo deshojaba sus penas porque ya no tenía energías para dar frutos.

Ese era mi concha, mi caparazón de cangrejo ermitaño, el albergue que mi miserable salario de revolucionario profesional me permitía pagar en un barrio lóbrego a un paso de una cantina de trago y puñal, con unos borrachines desamparados a la espera del milagro ansioso de que la parca se los llevase de aquel Gólgota preñado de desamparado, odio y rencor, de una vida que los había tratado a palos. Espectros humanos a los que me les había vuelto un objeto singular y despojado de amenazas que cada noche me decían: – Que descanses flaco- y a la mañana siguiente: – Que te vaya bien flaco.

Ese caparazón que fingía ser una casa y que debería haber olvidado hace una eternidad como tiempos idos de hambre, desaliento y de esperanzas despezadas por la implacable realidad, permanece fijo en mi memoria y será quizá el último recuerdo que mi cerebro abandone cuando me llegue el día de regresar al origen. Porque esa lúgubre morada se vio iluminada el día en que despojé de su vestido azul con flores blancas, a una doncella llena de sinuosidades, alegres carcajadas y una cabellera ensortijada que competía en belleza con la de Angela Davis. Y así de en tarde en tarde los borrachines me empezaron a ver pasar con aquella paloma morena y con sonrisa de regocijo me decían: – Que la pases bien flaco.

La cantina tenía una ventanilla a la que acudían todos los habitantes del barrio a comprar las mejores empanadas de la Vía Láctea. Después de los abrazos desfogados, de los profundos suspiros, de morir y resucitar en medio de las caderas de aquella paloma morena, venía el solaz y el sentir de los sentidos, entonces yo me ponía el pantalón, la camiseta y en chancletas acudía a la ventanilla a comprar dos empanadas de carne y una coca cola. Los sempiternos borrachines me decían: – Que bien hueles flaco. Estas perfumado de amor.

Luego del suculento festín, mi pecaminosa amante agarraba la bolsita de papel de las empanadas y escribía con su hermosa caligrafía: “Las empanaditas que aquí venían ahora están en nuestras pancitas”- La metía en su bolso de la universidad, se vestía, se borraba las secuelas del amor de su ensortijada cabellera y salíamos en busca del bus para regresar a su casa antes de que dieran las diez.

Daría lo que poseo por recuperar aquellas bolsas de proletario papel que contenían sencillas empanadas de carne. Las enmarcaría y las colgaría en la pared de mi sala como un tributo a los senderos iniciales de lo que luego se convertiría en mi continuo camino de amor y convivencia con una paloma morena y pecosa a la que despojé de su vestido azul con flores blancas en mi humilde casa de cangrejo ermitaño, en un barrio lóbrego y triste que se vio iluminado con su presencia.


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