La suerte de los cafetaleros

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El Sereno

Alvaro Campos Solis
Campos.solis.alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Los productores de café son gente a quienes la suerte parece acompañarlos siempre, al menos para la recolección del grano de oro. Ahora expresan su preocupación por la ausencia de la mano de obra procedente de Nicaragua y Panamá, pues la pandemia del covid 19 obliga al gobierno a mantener cerradas las fronteras con ambos países.

Tal preocupación surge en momentos en que miles y miles de costarricense buscan afanosamente alguna fuente de ingreso para alimentar a sus familias. Es muy posible que, ante el agotamiento de las opciones, muchos de ellos vean como una alternativa ponerse el canasto. La mano de obra tica no resultaría tan barata, por más hambre que haya. Sin embargo, el café no se perderá, y de esa manera europeos y estadounidenses seguirán disfrutando de uno de los mejores cafés del mundo. Aunque los cafetaleros colombianos sostengan lo contrario.

Algunos cogedores irán a debutar, otros repetirán la experiencia que vivieron hace muchos años, cuando de niños o de jóvenes acudían con sus padres para apoyar la economía familiar y guardar algunos ahorros para comprar uniformes, cuadernos y libros y de esa manera buscar un título de educación media o universitaria. Eran tiempos muy difíciles y aunque ninguna pandemia castigaba al país, en la mayoría de los hogares se alojaba la pobreza.

Mucha gente que hoy ostenta la condición de profesional o técnico calificado, financió sus estudios madrugando para obtener el mayor rendimiento posible, soportando las inclemencias del tiempo y disfrutando de un almuerzo frío. A pesar de todo, el ambiente era de camaradería, por lo general muchachas y muchachos entonaban canciones de la época que evocaban al amor y al desamor. La recolección del grano de oro es parte del folclor nacional.

Sin duda las cogidas tenían su encanto, también su lado oscuro: ortigadas de gusanos que producían fuertes dolores y altas temperaturas, así como hormigas de “fuego”, malos tratos del personal encargado, además de favoritismos para el familiar cercano o para la campesina guapa, gesto que se podía convertir en un romance, embarazo o matrimonio

Eran tiempos muy difíciles. En algunas fincas pequeñas y en grandes plantaciones, los administradores, por órdenes superiores, medían cinco cuartillos, pero pagaban una cajuela. La cajuela (20 litros) tiene cuatro cuartillos y pesa 12.9 kilos. Algunos productores usaban como unidad de medida la “gaveta”. Un cajón hecho de madera al que le cabían cinco cuartillos. Cuando usaban la medida oficial, el encargado de hacerlo medía “copetón”, (rebalse en la cantidad del grano) de manera que el patrón obtuviera mayores utilidades.

Era un robo descarado y no cabía la protesta, quien estuviera en desacuerdo la opción era que se largara para su casa. El Ministerio de Trabajo ni se enteraba, como le ha ocurrido ahora, en San Carlos, cuando se entera que los contratistas de las piñeras contratan extranjeros, pero no les pagan salario mínimo ni las cuotas del Seguro Social. Tampoco es para sorprenderse, en nuestro país la protección de los productores de caña de azúcar, en contra de los intereses de los consumidores, es un asunto que ni siquiera se discute. Parece que la protección de los azucareros está escrita en piedra. Otro tanto ocurre con las empresas que le venden energía eléctrica al ICE.

Claro, también valdría la pena investigar cómo se cocina la producción de arroz. Es muy posible que sus productores dispongan de un sombrero de protección, obsequio del Estado y en perjuicio de los consumidores. Esa ha sido la norma hasta lograr, prácticamente, la desaparición de la canasta básica.

Mientras tanto, los gobernantes y políticos con alguna aspiración descubren ahora que los sectores más deprimidos social, económica y cultural son algunos de los principales focos de la pandemia. Son tan audaces que incluso proponen soluciones a corto y mediano plazo. Pero cuando tuvieron la opción de hacer algo o no hicieron mayor cosa o no hicieron nada. Así durante los últimos 75 años.

Los sectores mas deprimidos económica y socialmente han sido las víctimas, ahora la pandemia los convierte en verdugos. Ignoran la importancia de la mascarilla o no tienen dinero para adquirirla.

Tales políticas a lo largo de tanto tiempo explican por qué nuestro país se convirtió en uno de los países de América Latina con la peor distribución de la riqueza, según informes de CEPAL.

En el caso del café era comprensible tanta desidia oficial, pues numerosas figuras de la clase política ocupaban la silla presidencial o una curul en Asamblea Legislativa.

El estado casi no intervenía y cuando lo hizo fue para promulgar, en 1943, la ley del merodeo que castigaba con cárcel y sin posibilidad de fianza, el robo del café. Las penas impuestas por los jueces se descontaban en la Penitenciaria Central o en las colonias agrícolas penales. Esa ley se derogó en 1970, cuando ya habían desaparecido las colonias agrícolas, así como la figura del destierro, otra forma de castigo impuesta por ley para delitos menores.

Cuando los ticos abandonaron el cafetal, para ejercer profesiones y oficios bien remunerados, llegaron los nicaragüenses y panameños. Era mano de obra de barata. El transporte se hacía en condiciones inhumanas, en camiones, como reses para el matadero, mientras que los agentes del tránsito volvían a ver para otro lado, pues la ley se aplicaba con cierta elasticidad. La mayoría de los extranjeros conseguía alojamiento en covachas y cuarterías.

Es muy posible que, a los cogedores de café, este año, haya que transportarlos en autobús, como recomienda la lógica y el sentido común. Además, el tico por naturaleza conoce los alcances de la ley y en sus genes se aloja cierta dignidad, por lo menos para impedir que su pobreza quede en evidencia. Son los tiempos del covid 19.

Conviene explicar que la cosecha del café se divide en tres etapas: la granea, cuando se recogen los primeros frutos, la segunda etapa es la de mayor maduración y la tercera, la repela, ocurre cuando quedan pocos granos en la mata.

Hace unos cuarenta años había una cuarta etapa, eran informal. A veces a hurtadillas, otras con el permiso del dueño, las familias más pobres hacían la “rejunta” o recoger del suelo, usando un tarro de leche en polvo, aquellos granos destinados a podrirse. Ese café era vendido a comerciantes improvisados que recogían el producto para llevarlo a las tostadoras. En ciertos lugares era posible conseguir ese café como de “primera calidad”.

Tal actividad era perseguida por la policía. Quien fuera sorprendido con ese tipo de café, perdía el producto de su esfuerzo, y de esa manera en alguna delegación la policía sus integrantes tomaba café fresco.

En enero se terminaba el proceso, la gente quedaba mano sobre mano y ya no quedaba repela ni rejunta, al menos en el Valle Central. Por lo visto, ahora conviene comprar canasto, antes de que empiece la especulación con su precio. Así lo dicta el sistema.

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Periodista


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