La prisión más despiadada

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

En el año 1978 fui detenido tres veces. Fui huésped de la cárcel de Siquirres durante tres noches consecutivas, en calidad de único inquilino de aquellas blancas paredes recubiertas de cal, que adquirían un tono mortecino cuando la luz de luna de abril se colaba por la alta ventanilla con barrotes. Al segundo día caminaba en círculos dentro de la celda, como un puma enjaulado. Mi delito, no correr más rápido que los policías que me descubrieron insultando a Somoza en las paredes del puente sobre el río Pacuare. Lorinda, que era algo así como la negra tentación del pecado, la más escultural de las mujeres que he conocido, me transportó en su Vespa. Cuando vio venir a los policías, tenía ojos gatunos y salvajes, salió despavorida rumbo a Limón, y yo patitas para qué las quiero. Pero el policía fue más rápido, me agarró y me propinó un par de golpes en señal de cariño. Como era viernes y mi cuerpo no lo sabía, me quedé enjaulado hasta el lunes cuando me liberaron después de una reprimenda verbal y una admonición: ¡No lo vuelva hacer!

La segunda vez, me atraparon en uno de los barrios pobres de Pavas en un mitin donde curiosamente, estaba de nuevo insultando a Somoza. Ahí si que no tuve oportunidad de nada. Los policías me cayeron en manada, y no pude decir ni cuío. Esta vez mi alojamiento fue la Detención General que estaba hasta el alma de personas en pena, que me asediaban para saber cuál era mi delito y ante mis tontas explicaciones, concluyeron: ¡Ah! ¡Estás aquí por revolucionario! Cuando a mi vez, inquirí a uno de los huéspedes, sobre los motivos de su estadía: – “¡Diay! ¡Es que quebré un vidrio!”. –¿Cómo?-. –“Es que le quebré el vidrio a una carajilla de trece, que tenía muchas ganas”. Allí se acabó la conversación, le agarré miedo al individuo.

La tercera vez, fue por las mismas razones. Yo al igual que millones de personas, tenía entre ceja y ceja a Somoza y no le quería dejar en paz, por lo que fue el motivo de mis únicas experiencias carcelarias. Pero la prisión más despiadada a la que estuve sometido fue a la de la mente. Ocurre cuando uno se hace feligrés de una idea que presume de explicar todos los problemas de la humanidad. Entonces uno deja de ver los hechos y solo se atiene a explicaciones que se ajusten con su particular manera de entender las cosas.

Fue desde esa prisión de dónde salieron mis “justificaciones” para el accidente de Chernóbil; la invasión de Afganistán; la de Checoslovaquia aunque solo la conocía por libros, porque entonces tenía menos de 9 años. Y atrocidades mayores, como el genocidio de Kampuchea Democrática, vaya nombre irónico. Cuando uno va a salvar al planeta de sus horrores, para que: “La tierra sea el paraíso; patria de la humanidad”; pues uno tiene derecho, si es el caso a cometer errores, pues al final del camino, cuando el triunfo alcancemos: “Los odios que el mundo envenenan al punto se extinguirán”. Además, la maldad y el odio justifican las atrocidades que comenten los otros, las nuestras son por una buena causa. Es la vieja pendiente tantas veces repetida con que los ismos y las religiones de todos los colores justifican sus acciones, por más espernibles que sean.

Entonces uno no ve los hechos y termina justificando la mas terribles atrocidades, como hacía aquel famoso torturador de la CIA, Dan Mitrione, que en 1969 recogía indigentes de la calles de Montevideo, para enseñarle a los policías uruguayos a convertir la tortura en una práctica de “tratamiento regular” contra los detenidos políticos. Los indigentes terminaban asesinados en medio de indecibles horrores. Pero no importaba, porque aquello lo justificaba la lucha contra el comunismo. Dan Mitrione, se iba para su casa al final de las jornadas de tortura, de aplicar: “El dolor exacto en el lugar exacto en la cantidad exacta para lograr el efecto deseado”, como gustaba de enseñar. Escuchaba música clásica; y dormía a pierna suelta.

Es el mismo proceso de justificación mental que hoy veo en viejos conocidos y agrupaciones partidarias, que justifican las barbaries de Daniel Ortega y Rosario Murillo, de calcinar a una familia entera, solo porque no facilitaron su casa para que sus francotiradores pudiesen matar desde la comodidad de su alto tejado, a la ciudadanía indefensa que solo clama por libertad y democracia.

Evalúe este artículo: 1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (3 votos, promedio: 5,00 de 5)
Cargando…

Relacionado:
Compartir:

Comentar en Facebook

comentarios

Comentar en Cambio Político

Si está interesado en anunciarse en nuestro sitio u obtener más información, por favor utilizar el formulario de la sección de Contáctenos en el menú principal.