La Patrulla Internacional de Bares: Patrullando Alcalá de Henares

Especial para Cambio Político

SEMPER COMPOTATIUM

Y LLEGÓ… LA PATRULLA DE BARES

Al rescate de la más noble de las tradiciones culinarias costarricenses: la boca

Enemigo mortal del karaoke y los bares de pipicillos

Patrulla de BaresMisión: Alcalá de Henares
Dónde: Alcalá de Henares, España (ver mapa)

Patrullando Alcalá de Henares

Hay un lugar en La Mancha de cuyo nombre conviene acordarse. La noble villa de Alcalá de Henares, la antigua Complutum de los romanos, ubicada 28 kilómetros al este de Madrid, que aparte de ser la cuna de Miguel de Cervantes alberga una de las mayores universidades españolas y con ella a 30.000 sedientos estudiantes. En su momento este Cronista se contó entre ellos y por ello regresa periódicamente a recordar los años en que no trabajaba y le pagaban por ello.

Y pesar de que la vetusta Alcalá de conformidad con los arqueólogos se remonta como asentamiento humano a unos cinco mil años atrás, no por ello deja de exhibir una de las más depuradas expresiones de una civilización avanzada: nuevos bares. Para este Cronista no deja de ser un dilema en sus esporádicas visitas el repartir su escaso tiempo entre regresar a las amadas tabernas de su mocedad, como Las Cuadras de Rocinante, el archifamoso Índalo, Tupamaro, Nino y La Cueva de Antolín o bien conocer las nuevas expresiones sibaríticas complutenses.

Esta Crónica se dedicará a las nuevas glorias alcalaínas, objeto de estudio de resiliencia urbana y creatividad culinaria. El riguroso examen comenzó en El Quinto Tapón (Calle Teniente Ruiz, 2), el cual necesita una obligatoria introducción. Resulta que hace más o menos un década se abrió un nuevo lugar denominado El Tapón, cuyo lema “más que una tapa, una ración” es muestra del concepto del lugar, pues en España todavía se acostumbra que la tapita viene incluida con el precio de la cerveza y el nuevo mesón aumentó significativamente el tamaño de las viandas, razón por la cual desde su apertura se pasaba lleno a reventar, así que sus propietarios decidieron abrir un nuevo local más amplio y con una mayor variedad de comida y obviamente había que ir a reseñarlo. Este Cronista para su ventura se encontró con uno de sus platillos favoritos, el zarajo, que es un platillo tradicional de la ciudad de Cuenca, para más señas son unos rollos de intestino de cordero lechal marinado, una exquisitez aunque siempre es bueno explicar de qué se trata luego de que el comensal la ha probado. El amplio menú incluía otras delicias regionales de la geografía española, pero solo había tiempo y estómago para probar otra tapa más y se escogió una tosta vasca, que es una lonja de pan con atún, piparras (una variedad de chile) y anchoas aderezados con mayonesa, una delicia, ni modo había que seguir la noble labor de patrullaje y casi que se abandonó el local con los ojos llorosos.

Para consolar al ánimo que mejor que visitar uno de los bares clásicos de la histórica Calle Mayor, el Maimónides (Calle Mayor, 45), que dignamente honra la memoria del sabio del siglo XII. Pues resulta que el lugar sufrió una remodelación total y por eso ameritó la visita, la renovación incluyó ampliar su aforo y por supuesto el tamaño del menú. Se degustó una brocheta campera que es un pinchito con cuatro tipos de embutido distintos, con ese delicioso sabor de los fiambres españoles, una oreja adobada, que son orejas de chanchito en una salsa riquísima y un atún con pimientos que es un bocadillo (emparedado) en un pan riquísimo.

El via crucis de bares prosiguió en Gato Verde (Calle San Felipe Neri, 3) un lugar en donde los saloneros sirven vestidos de fraile medieval, aquí se probó un plato más convencional, una tabla combo que traía alitas a la barbacoa, croquetas de ibérico, palitos de mozzarella, aros de cebolla y nachos con queso y tocineta, venía con salsa de barbacoa y mostaza dulce, en realidad fue una lástima desperdiciar el poco espacio disponible que a esas alturas de la velada quedaba en el vientre para comer algo que se puede probar por estas latitudes, más que una surtida de comida española resultó comida de bar pipis.

A una cuadra de distancia está un lugar que es un templo a los sentidos, el Restaurante Vinoteca Tempranillo (Plaza de los Santos Niños, 5), justo al lado de la Casa de la Entrevista, el lugar en donde Isabel la Católica conoció a Cristóbal Colón en 1486. Aquí el gancho no es tanto las tapas sino las delicias de vino que se pueden degustar por copa, aunque siempre sirvieron unos montaditos con mariscos, el restaurante pinta bien pero obviamente no se podía hacer una comida formal, primero la sagrada labor del patrullaje. El lugar tiene una variedad casi infinita de vinos, había que escoger sólo uno así que optamos por algo de producción local, porque aunque en el extranjero no se sepa, en la provincia de Madrid también se hacen buenos vinitos.

Una copa de buen vino de Madrid

Una copa de buen vino de Madrid

Finalmente al filo de la medianoche el recorrido terminó en otro local que recién se había inaugurado, el Mediterráneo (Calle Nueva, 6), allí la incursión gastronómica terminó con un pincho moruno la tradicional brocheta de origen árabe condimentada con pimentón y ajo, unos chopitos que son un pariente pequeño del pulpo, aquí los sirvieron empanizados y unos huevos estrellados con tocineta, una manera muy dietética para comerse un huevo frito.

Como siempre suele suceder las cosas se acaban, en este caso se acabó la noche y el patrullaje hubo de finalizarse por razones de fuerza mayor pues estaba todo cerrado. En la lista de pendientes quedaron decenas de lugares nuevos y por esas crueldades del Destino, nos quedaron a ocho mil kilómetros de distancia. Pero no os preocupéis, este Cronista promete seguirse sacrificando y en un futuro no muy lejano espera proseguir con su inagotable misión.

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PATRULLA DE BARES

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