La OTAN a hostias

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David Torres*

Ministros de Defensa y de Asuntos Exteriores de la OTAN se reúnen en la sede en Bruselas. WikiCommons

Con la OTAN pasa un poco lo mismo que con las películas de James Bond, que desde que se derrumbó el Muro de Berlín entraron en franca decadencia, como esos boxeadores que se quedan sin adversarios y sólo se dedican a engordar y a echar tripa. Bond y la OTAN tuvieron que buscarse nuevos enemigos y claro, no tiene el mismo porte pelearse contra la KGB que contra un consorcio deseoso de expropiar el agua en Bolivia o contra un vendedor de periódicos que quiere empezar la Tercera Guerra Mundial sólo para remontar la crisis de los quioscos. De los espías soviéticos el agente James Bond echaba de menos lo mismo que la OTAN del Pacto de Varsovia: un enemigo a su altura. Ahora todo son moros con chilaba y chinos indescifrables de ésos que ni siquiera saben lo que están pensando, con el peligro, además, de que al bombardear un campamento del ISIS lo mismo acabas tirando bombas contra tu propio tejado.

De momento, para no perder comba, los miembros de la OTAN han decidido pelearse entre ellos, aunque sea lanzándose pullazos verbales, que es una forma elegante de seguir practicando la violencia sin que se oxiden los reflejos. Hace unos días, Erdogan dijo que Macron debería “examinar el estado de su cerebro” y Francia respondió llamando al embajador turco para tirarle un poco de la oreja. La cosa no pasó a mayores. Macron tampoco se lleva muy bien con Merkel, haciendo honor a la antigua rivalidad franco-germana, un clásico de la historia bélica europea que nos ha dejado hitos como Sedán, Verdún, y la línea Maginot. Tras la caída de Berlín, ambos contendientes recurrieron a otra clase de estrategias y Francia abandonó el armamento tradicional para desarrollar la guerra psicológica con el Noveau Roman, la Nouvelle Vague y Amélie, mientras que Alemania contraatacaba con Stockhausen, Rainer Werner Fassbinder y Nina Hagen. Con los rusos no se atreven porque tienen el Trololo.

La frase de Erdogan hacía referencia a otra de Macron, quien dijo al comienzo de la cumbre que la OTAN se encontraba “en estado de muerte cerebral”, un comentario quizá demasiado halagador teniendo en cuenta quién está al mando. Inmediatamente, Trump se dio por aludido y empezó a repartir cachetes y pescozones por doquier, lo mismo que esos luchadores de wrestling a quienes embarga un ataque de furia vikinga y arramblan con sus propios aliados. No en vano, Trump protagonizó años atrás una preve pantomima en un combate de wrestling, pero ahora no tiene fuerzas más que para alzar el belfo y hacer como que se peina. Los costalazos y el piquete de ojos han sido reemplazados por los desplantes y los insultos, como si la OTAN fuese un episodio de Dallas o de Aquí no hay quien viva. Probablemente no sea otra cosa.

Al final está circulando un video donde se ve a varios líderes mundiales -Macron, Justin Trudeau, Boris Johnson, la reina Ana de Holanda, Mark Rutte- mofándose de Trump por la longitud de sus ruedas de prensa y Trump se lo ha tomado en serio, ha arrugado el belfo más aun y se ha enfurruñado del todo. Aparte de escasa cintura y mandíbula de cristal, el mandamás estadounidense también peca de otro defecto capital: entiende un poco de inglés, el idioma en que se ofende en estas cumbres internacionales. Anda que no se habrán reído veces de Mariano y de Zapatero en las reuniones europeas y ellos se lo tomaban fenomenal, sin enterarse ni del NODO mientras los intérpretes les silbaban La Marsellesa. En cuanto a Boris Johnson, basta verlo de lejos para comprender por qué James Bond se parece cada vez más a Putin.

* Escritor español. Columnista habitual del diario Público.es. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, ganó su primer premio en 1999 (con Nanga Parbat) tras publicar diversos relatos y poemas en las revistas Cartographica, Poeta de Cabra y Ariadna, el título más traducido de Ediciones Desnivel, con versiones en francés, polaco e italiano. En Público.es


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