La obsesión por el poder

Freddy Miranda Castro

La obsesión por el poder

Todos tenemos nuestras obsesiones. Yo he vivido obsesionado con la posibilidad de escribir una novela. Lo he intentado tres veces y tres veces he abandonado el intento. Soy un amante de la buena literatura, y cuando leo con ojo crítico haciendo un esfuerzo para crear distancia entre lo que he escrito y mi buen ojo de lector, desisto porque me doy cuenta de que si bien hay partes con un logro que me gusta en el estilo, el conjunto de la historia se me escapa de las manos. No solo se trata de escribir bien, es necesario que la historia sea atrayente, que cautive, aunque sea a la familia y a algunas amistades incondicionales y aún no logro llegar siquiera a esa modesta meta.

Lo que quiero ilustrar es que con las obsesiones propias hay que tener la capacidad de autoevaluarse, hacer distancia y contenerse de caer en el ridículo. Y eso es lo que le acaba de pasar a Rolando Araya, persona inteligente, pero obsesionado con la Presidencia de la República. Su caso es similar a cuando de adolescentes nos enamorábamos de una mujer que no respondía a nuestros delirantes suspiros de amor y éramos capaces de caer en el ridículo con tal de llamar su atención. ¿Alguien en este país le puede creer a Rolando después de tanta voltereta intelectual, política y personal? ¡Imposible, absolutamente imposible! Porque lo mínimo que uno demanda de las personas y de los políticos es coherencia y sinceridad genuina. Las poses se quedan para las pasarelas de modas.

Recuerdo que en el PVP muchos “líderes” se obsesionaban con ser diputados. Pero no eran sinceros, manifestaban que eso era un hastío que aceptaban solo para contribuir a la causa. En una ocasión que estaban tomando tragos había cuatro miembros de la Comisión Política y este servidor que siempre he sido un poco igualado, sin mucho respeto a las jerarquías políticas. Entre ellos estaba Humberto Vargas, que la estaba pulseando para ser candidato a diputado en las próximas elecciones, pero al estilo acostumbrado como si aquello fuese un suplicio que le iban imponer, para ello citó una expresión de Arnoldo Ferreto, que había dicho que la Asamblea Legislativa era como estar en un alacranero. Yo hablé y dije que a mí se me gustaría ser diputado que me parecía interesante que a uno le pagasen bastante bien para estar dedicado a leer y a opinar. Todos se rieron y allí quedó la cosa.

Humberto fue candidato, salió electo y después de eso lo volvió a intentar muchas veces, incluso violentando la democracia interna que tanto decía respetar, al quitarle la candidatura a una joven militante que le había ganado la votación en la Asamblea Regional. Por supuesto no salió electo, ya nadie creía en él, ni en su partido, ni en sus poses de sacrificado por la patria, como hoy intenta hacerle creer al país, Rolando Araya y José María Figueres otro obseso del poder y sus mieles y otra señora del PUSC, de que la que en un rapto de sinceridad uno de sus asesores dijo que no sabe ni dónde está parada.

Hay un conocido que en el pasado fue un buen amigo y a quien yo admiraba y hasta consideraba mi mentor. Siempre ha vivido con la obsesión del gran líder. Siempre ha querido ser diputado. Después de la debacle del PVP una buena parte de la militancia se rindió al bipartidismo y algunos lograron cupo privilegiado en el PUSC, llegando a ser diputadas y ministras en sus gobiernos. Entonces clamaban contra los radicales de izquierda y su oposición al neoliberalismo concepto que consideraban obsoleto de conformidad con los ropajes socialcristianos que vestían en esos momentos. Ubicaron a sus familias y consortes en buenos puestos con salarios multimillonarios. Luego vino la debacle del bipartidismo y como ya se habían obsesionado con el poder y sus privilegios, pusieron sus ojos en el PAC. Allí no les fue tan bien como en el antiguo PUSC y vuelta para atrás a los viejos eslogan y consignas de las que habían abjurado mientras duró su militancia socialcristiana. Ahora son de nuevo revolucionarios y tratan de obtener candidaturas a diputado en el FA. El poder bien vale una misa y cambiar las veces que sea necesario de traje ideológico y partidario.

Son obsesiones que dejan a esas personas en cueros, porque no se trata que uno no pueda cambiar de ideas y de militancias políticas. Lo que no se vale es adoptar posiciones falsas, ser hoy radical de izquierda, mañana de la derecha socialcristiana, luego del reformismo socialdemócrata del PAC, para después volver atrás al radicalismo de izquierda y todo por puestos.
Entre ser un librepensador que es el espacio donde en lo personal me he ubicado, después de mi juvenil militancia comunista y convertirse en un saltimbanqui y oportunista político hay un trecho de vergüenza que solo los obsesionados con los puestos y el poder no tienen ningún cinismo en recorrer. Eso si haciendo como en el cuento del Decamerón de Giovanni Boccaccio en el que unos pillos persiguen a un parroquiano para asaltarle al tiempo que gritan: ¡Al ladrón, al ladrón¡

Revise también

Freddy Pacheco

El proyecto del 4/3: un confite amargo

Freddy Pacheco León “Bueno, es que las cosas cambian con el tiempo y ahora tenemos …

Comentar en Cambio Político

Cambio Político
Este sitio usa cookies. Leer las políticas de privacidad.