La libertad

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

De escolar la niña Eva, mi maestra de religión me metió en el cuerpo el miedo a pecar, a no cumplir con los mandamientos de la ley de Moisés, sobre todo en lo de no decir el nombre de Dios en vano, no dar falsos testimonios, ni mentiras. Y por sobre todo, no tener pensamientos ni deseos impuros. Porque se pecaba desde la mente, así que había que tener mucho cuidadito con los pensamientos que uno tenía.

Me hice monaguillo y miembro de los carismáticos. Pero luego de darme cuenta de ciertas andanzas de los curas, me alejé de la iglesia católica.

En mis búsqueda personal de una respuesta al sentido de la existencia recalé en las costas de la redención social, en la idea de construir el paraíso de Dios aquí en la tierra, y no en una quimérica y celestial zona que nadie sabe dónde queda. Por lo que terminé en las filas de la JVC y el PVP. Pero allí como en casi todo lado también había un decálogo y había que tener mucho cuidado con lo que se pensaba, lo que se decía y lo que se hacía. También había que controlar la mente y sus pensamientos.

Recuerdo como hoy, una noche de invierno en 1974, cuando en la “комната” (Habitación) de la escuela del Konsomol en Moscú, leía con Roger Retana, un manual sobre materialismo y le expresé mis dudas de aceptación a la idea de que en un punto infinitesimal en la nada, hubo una explosión y entonces surgió el universo. Mi mente pedía una explicación más amplia. Entonces Roger se volvió y me espetó lapidariamente: “Típica duda pequeñoburguesa”. Aquello fue como un chispazo de luz, había que controlar los pensamientos de ese tipo y no expresar dudas sobre la doctrina, la aceptación sin cuestionamientos de las bases filosóficas era parte del ritual de pertenencia. Se podían cuestionar muchas otras cosas o dudar, pero no sobre los fundamentos de la doctrina establecidos por la trinidad de los padres fundadores y por quienes eran guardianes de esas verdades y las ajustaban a los signos de los tiempos, los soviéticos y sus teóricos oficiales, ellos establecían los preceptos fundamentales.

Me topé con esas barreras en varias ocasiones, como cuando un camarada me encontró leyendo “La Broma” de Milán Kundera y me dijo: Ese es un disidente reaccionario. También había que tener cuidado con lo que se leía. Lo mismo me pasó con mi amigo del alma Raúl López cuando me vio leyendo un libro de Kautsky prologado por un teórico español y me dijo, ese es un trotskista, otra blasfemia que se podía cometer contra la doctrina y el movimiento, leer a trotskistas.

Ya en las fases finales de mi militancia en el PVP, recuerdo a un camarada de la Comisión Política (CP), que era en esencia un iconoclasta con un humor formidable y un don de gentes incomparable, que comentó con Raúl, Hubert Méndez y conmigo que ya estábamos transitando los caminos de la “perdición”, la discusión en una sesión de la CP. Allí un fundador del partido en los lejanos treintas, se había referido a la crisis que estaba atravesando el movimiento comunista, como una emergencia del espíritu pequeñoburgués y dijo que ese espíritu era algo así como un “muñequito” que todos teníamos adentro y al que había que tener agarrado por el cuello, so pena de ser dominado por su maledicencia. El camarada iconoclasta comentó socarronamente: “Yo creí que estaba en un partido marxista y no en un grupo de exorcistas”.

No es raro entonces que una vez prácticamente desaparecido el PVP, muchos de los que allí estuvieron, volvieron a ser creyentes de diferentes dogmas religiosos. Su ateísmo no era genuino, sino una parte del comportamiento esperado cuando se iniciaba la militancia y se entregaba la cabeza, como en el cuento de Juan Bosch, para dejar de pensar con mente y libertad propias.

Por eso ahora, no me inclino ante ningún Tótem doctrinario y prefiero equivocarme a asesinar mi libertad de pensar; ante el altar de cualquier idea redentora. Ser prisionero mental de un decálogo doctrinario, es la peor de las cárceles y allí abundan los Torquemada y Bernardo Gui, dispuestos a quemar en la hoguera a los “apostatas” y “tránsfugas” que se atreven a hacer uso de su libertad.


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