La jarana sale a la cara

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El Sereno

Álvaro Campos Solís
Campos.solis.alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Desde hace muchos años y hasta el día de hoy, hablar en defensa de los pobres y denunciar la explotación laboral era correr el riesgo de que lo calificaran a uno de resentido social, además de exponerlo a la crítica, a la chota, al escarnio. Convenía dejar las cosas como estaban para que no te endilgaran el calificativo de “progre”, camarada o comunista (como si el comunismo hubiera sido una preocupación por la pobreza). También te llamaban marxista, por lo general quien usaba esa palabra no entendía el significado del término. Era un hecho que, si algún empresario necesitaba de tu colaboración, pero se enteraba de tu forma de pensar, las puertas se cerraban a cal y canto. Una persona que pensara, de inmediato se convertía en un individuo sospechoso.

Algunas personas esperan que entre los cambios que genere la pandemia de la coivid 19 es un nuevo trato para los desposeídos.

El rechazo, incluso la persecución, la sufrieron en carne propia los teólogos católicos, Gustavo Gutiérrez, peruano, y Leonardo Boff, brasileño, cuando en 1968 propusieron la Teología de la Liberación. Se trató de una corriente que surgió en América Latina, para luchar contra la pobreza, luego del Concilio Vaticano II. Esa propuesta no fue del agrado de los grupos conservadores que la consideraron subversiva, así como tampoco de la Congregación para la Doctrina de la Fe que dirigía el Cardenal Ratzinger, quien luego sería el Papa Benedicto XVI. Los dos teólogos fueron silenciados.

La situación dentro de la iglesia católica ha cambio mucho, pues ahora el Papa Francisco habla de “una iglesia pobre, para los pobres”. El Sumo Pontífice tampoco escapa a las críticas. Incluso sectores políticos y religiosos conservadores, dentro y fuera del Vaticano, rechazan sus posturas y abogan por un cambio radical. Es decir, su relevo. La Real Academia Española, acogió la palabra aporofobia para referirse al miedo, rechazo o aversión a los pobres. Es decir que los pobres, además de cargar con la pobreza, también viven con el estigma de serlo.

En la segunda mitad del siglo anterior, los únicos que tenían derecho a salir en defensa de las clases desposeídas eran los políticos -en época electoral- que desde sus mansiones en barrios exclusivos anunciaban a todo pulmón que nuestro país se convertiría en la tierra del maná, que nadie viviría en la pobreza.

Increíble: hace solo dos o tres semanas escuché a un político, que ya gobernó una vez, pidiendo otra oportunidad, con la garantía de que, si lo dejamos volver, vamos a estar muy bien dentro de diez años. Perdonen la expresión: ¡Que descaro! Es el caso de la ambición sin freno.

Y no es cuestión de hablar por hablar, entiendo que en su partido político ya se baraja la posibilidad de presentarlo como candidato para las elecciones del 2022. De esa manera es como uno se da cuenta de que en las tiendas del PLN y del PUSC hacen cuanto esté a su alcance para que el PAC siga gobernando hasta el 2026.

Eran como si estuvieran adiestrados. Los pobres sin darse cuenta o llevados por la ilusión de un cambio, contribuían a llevar en hombros, literalmente, hasta Casa Presidencial a individuos que se habían educado en Naciones europeas o americanas y por lo tanto desconocían sus necesidades y privaciones del obrero y del campesino. Eran los mismos que le decían al pueblo que nuestro país es “la Suiza de Centroamérica”. Y el campesino bueno, sencillo, se creía el cuento. No se imaginaban la preocupación de esa y otras naciones de Europa por la vivienda, la educación y otros servicios públicos para la población.

Tomando en cuenta la procedencia de esos políticos, no se podía esperar otra cosa de ellos. Vieron el éxodo de los campesinos a la ciudad y no dijeron ni hicieron nada por evitarlo. Nacionales y extranjeros se apoderaron de los mejor de nuestra campiña para convertirla en piñales, naranjales o senderos en el bosque para que caminen los turistas y puedan apreciar de cerca lo poco que nos queda de nuestra fauna o los dueños de motos de alto cilindraje compitan en las montañas y destruyan la flora y alejen la fauna hacia países vecinos.

Esa actitud indiferente de la clase política, en la que figuran presidentes, diputados, munícipes y alcaldes, fue la que contribuyó para que miles de familias construyeran sus viviendas a la orilla de los ríos y se convirtieran en clientes frecuentes de la Comisión Nacional de Emergencia que corre para llevarlos a albergues y dotarlos de comida y un lugar para dormir dignamente.

Los políticos de todo nivel vieron cómo y cuándo familias y familias construían sus casas a orillas de los ríos, sin servicios y sin permiso. Ni preocupación ni ocupación, el asunto se resolvía mirando hacia otro lado. De un pronto a otro surgieron las cuarterías y los gobernantes tampoco se enteraron. ¡A lo mejor, si! Ahora los barrios más pobres y las cuarterías se convierten en los anfitriones de la covid 19. De allí salta el virus hasta los barrios mas exclusivos.

Pero como decíamos cuando estábamos chiquillos y alguno compañero nos hacía trampa: “la jarana sale a la cara”. Efectivamente, ahora nos damos cuenta de que, si el vecino está bien, nosotros también lo estamos. Es decir que si tu vecino es educado entenderá y sabrá respetar las ordenes sanitarias para que la covid 19 no siga el camino del contagio. Ahora sabemos que, a mayores fuentes de empleo, menor será la delincuencia.

Nos damos cuenta que el bienestar general es la mejor opción para el bienestar de toda la población. Adquirimos conciencia de que la exclusión se convierte en un divieso que tarde o temprano, sin la contribución ideológica de nadie, habrá de reventar. Y ha reventado por donde menos se podía imaginar: familias enteras tiene que decidir entre comprar lo básico para su subsistencia o los tapa bocas y caretas para evitar el contagio del covid 19.

Esta pandemia nos ha de enseñar a vivir y a convivir.

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Periodista


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