La izquierda ante las crisis

Por Pablo Castaño* – CTXT, Contexto y Acción

La izquierda ante las crisis

La pandemia y la guerra de Ucrania son una advertencia de que el Norte global ya no está a salvo, pero también pueden ser una oportunidad para romper con los obstáculos a los que se enfrentan las fuerzas políticas progresistas

El Gobierno español ha confirmado a la Comisión Europea que aumentará el gasto militar en los próximos años, siguiendo la estela de países como Alemania, que doblará su presupuesto militar hasta los 100.000 millones de euros. Mientras tanto, Bruselas anuncia su intención de acelerar la transición energética verde para reducir la dependencia del gas ruso y ha admitido la “excepción ibérica” para permitir a España y Portugal intervenir en el mercado energético y contener la escalada de precios. Una ruptura del mantra de la libre competencia impensable hace pocos meses. Igual de brusco ha sido el giro de los gobiernos europeos en relación a la acogida de refugiados de guerra, abriendo a quienes huyen de la guerra de Ucrania las mismas puertas que se cerraron ante quienes escaparon de la guerra de Siria en 2015.

En tiempos de crisis como la que ha abierto la invasión de Ucrania, los límites de lo posible se ensanchan en todas direcciones; reaccionarias y progresistas, unas veces a favor de las élites, y otras en beneficio de la mayoría. La habilidad de la izquierda para situarse estratégicamente en un contexto de crisis creciente será fundamental para su éxito o fracaso en los próximos tiempos. Las derechas son expertas en aprovechar los momentos de inestabilidad –o provocarlos– para impulsar su agenda política, como explicó hace más de una década Naomi Klein en La doctrina del shock. En Chile, el golpe de Estado de Pinochet permitió imponer el neoliberalismo en tiempo récord. En Iraq, la invasión estadounidense abrió paso a un programa de privatizaciones masivas que habría sido imposible en otro contexto. Sobran los ejemplos.

La extrema derecha también ha demostrado su capacidad de aprovechar las crisis para extender sus discursos de odio, para enfrentar al último contra el penúltimo mientras preservan los intereses de las élites económicas. Vox creció cabalgando el procés independentista catalán, que le permitió llegar a nuevos públicos con su discurso ultranacionalista. Cuando miles de personas entraron en Ceuta desde Marruecos en 2021, Santiago Abascal no dudó en llevar allí mismo su discurso racista, igual que intentó capitalizar el descontento de algunos sectores de la sociedad por las restricciones impuestas por la pandemia de covid-19. Poco importan las contradicciones: la misma ultraderecha que en el pasado mostraba su admiración por Vladimir Putin, hoy intenta pescar en las aguas revueltas de la guerra exigiendo el incremento del gasto militar. Cualquier crisis es buena para sacar rédito político.

En tiempos de crisis como la que ha abierto la invasión de Ucrania, los límites de lo posible se ensanchan en todas direcciones

La buena noticia es que, en ocasiones, las crisis también abren oportunidades para las propuestas progresistas y emancipadoras; los efectos políticos de una crisis nunca están predeterminados. Tanto la pandemia como la invasión de Ucrania han provocado inéditas olas de solidaridad. Todos recordamos las asociaciones que cosían mascarillas caseras cuando no había en la primavera del 2020, las vecinas que se organizaban para hacer la compra a quienes no podían salir de casa y darles un poco de compañía, los puntos de reparto de alimentos que llegaban donde los brazos de las administraciones se quedaban cortos… Una solidaridad que ahora se expresa en las iniciativas para enviar ayuda a Ucrania o acoger personas refugiadas. Las crisis también pueden provocar miedo y cierto repliegue conservador, pero esta tendencia convive con la movilización solidaria de amplios sectores de la sociedad.

Además, los momentos de crisis a menudo relajan resistencias políticas o burocráticas a medidas progresistas que parecían imposibles o estaban en un cajón. Por ejemplo, la emergencia social provocada por la pandemia aceleró la puesta en marcha del ingreso mínimo vital, un mecanismo muy insuficiente, pero que ya está paliando la situación de pobreza de más de 800.000 personas. También fue el momento de la moratoria parcial de los desahucios, que sigue en vigor y ha impedido miles de expulsiones de familias de sus casas desde la primavera del 2020. La covid también impulsó políticas municipales innovadoras. En París y en Barcelona, hoteles y pisos turísticos acogieron a personas sin hogar, con la colaboración de empresarios normalmente reacios a cualquier restricción a la propiedad privada. También en la capital catalana, se creó un innovador equipamiento para personas sin hogar con adicciones y otro para jóvenes, sin la oposición vecinal que a menudo provocan este tipo de centros.

La fase más aguda de la pandemia ha dejado paso a una guerra que casi nadie esperaba, sin apenas dejarnos tiempo para respirar, y a una espiral de inflación sin precedentes en décadas. En pocas semanas, la invasión de Ucrania por el ejército de Vladimir Putin ha provocado la más rápida oleada de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, y un incremento de los precios de la energía que ya está afectando a amplios sectores de la economía. Ante semejante concatenación de calamidades, la parálisis es una reacción comprensible, pero no nos la podemos permitir. Más bien, las izquierdas deberían pensar cómo aprovechar las oportunidades, por pocas que sean, que abre esta crisis. No olvidemos que tras la Primera Guerra Mundial se produjo una poderosa oleada de movimientos socialistas en Europa, y las cenizas de la Segunda fueron el terreno en el que crecieron los Estados de bienestar occidentales.

Los momentos de crisis a menudo relajan resistencias políticas o burocráticas a medidas progresistas que parecían imposibles

La primera razón para la esperanza que abre la desastrosa guerra de Ucrania es el cambio de actitud hacia los refugiados en Europa. El discurso oficial de los medios de comunicación y los gobiernos europeos es de solidaridad total con las personas que huyen de la guerra. La contradicción con el trato que reciben las personas refugiadas y migrantes de otros orígenes es escandalosa, pero ahora tenemos una oportunidad para visibilizar esta hipocresía y reclamar una acogida digna para todas ellas. Ahora tenemos la demostración empírica de que sí se podía acoger, aprovechémoslo para conseguir que acoger sea la norma, no la excepción. Y que, más allá de la mínima atención humanitaria inicial, se asegure la igualdad de derechos de las personas que decidan quedarse.

La subida de los precios de la energía y el interés por reducir la dependencia del gas ruso está llevando a la UE a adoptar dos grandes líneas políticas: potenciar la llegada y almacenaje de gas de otros orígenes, y acelerar la transición verde. Además, por primera vez se ha roto el tabú de la intervención estatal en el mercado energético europeo. No podemos perder esta oportunidad; tenemos un contexto mejor que hace unos meses para reclamar mayor control estatal sobre el sector eléctrico, para garantizar el derecho a la energía de toda la población y acelerar la transición energética verde. Además, políticas intervencionistas como la regulación de precios de productos básicos están entrando con fuerza en el debate político en países como Francia.

La proliferación de desastres naturales, crisis sanitarias, económicas y políticas ya es una certeza en un mundo que cada vez será más inestable. La pandemia de covid-19 y la guerra de Ucrania son una advertencia de que el Norte global ya no está a salvo. Además de tomar todas las medidas para poner freno a una crisis climática que es la principal causa de esta creciente inestabilidad, es urgente pensar políticamente sobre este panorama de crisis frecuentes en el que nos tocará vivir y sobre el que actuar políticamente. Una crisis puede ser la excusa para recortar los derechos de la mayoría, como explicó Naomi Klein, o el terreno de juego predilecto de una extrema derecha envalentonada, pero también puede ser una ventana de oportunidad para romper algunos de los obstáculos a los que se enfrentan movimientos sociales y fuerzas progresistas para impulsar su agenda política. Intentarlo es una obligación.

* Pablo Castaño es doctor en Ciencia Política por la Universitat Autònoma de Barcelona y periodista. Actualmente trabaja como asesor de Barcelona en Comú en el Ayuntamiento.

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