La inversión en educación

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Notas al tema

Guillermo E. Zúñiga Chaves

Guillermo E. Zúñiga

Siempre entendimos que cualquier esfuerzo que se hiciera para dotar de más recursos a la educación nacional, era una buena decisión de los gobiernos. De unos dos años para acá, los sectores que quieren recortar el gasto público a como haya lugar, se han dado a la tarea de poner en entredicho ese esfuerzo nacional. Como las finanzas públicas andan maltrechas, un rubro que ha estado en la mira de las tijeras ha sido el sector educación. ¡Qué error más grande sería ese recorte!

GASTO EDUCATIVO ES UNA INVERSIÓN. Para empezar creo que el gasto que se hace en educación es una inversión y no deber ser considerado un “gasto corriente”, que es lo que les gusta recortar. Lamentablemente los registros contables universalmente aceptados asocian a la inversión “con varilla y cemento”. Entonces de los recursos que se destinan a educación, solo cuentan como inversión los que se utiliza en equipos o en edificios escolares. Por ahí empieza el problema.

Por el contario, si se considera que a través de los procesos educativos transformamos a nuestra población en una que sea productiva, con destrezas y habilidades para el trabajo, para la vida y la creación, en realidad lo que estamos haciendo es invertir en la formación de nuestro recurso humano. Un ciudadano con profundos valores democráticos, con claridad de sus responsabilidades, no solo de sus derechos, que sea sensible al arte y a las ciencias, formado de manera integral, será una mejor persona para las actividades productivas, para la convivencia social y para la vida en democracia. Personas bien educadas es lo que necesita el país para desarrollarse.

El uso de estos recursos, así entendidos sus propósitos, es claramente una inversión, posiblemente de las mejores inversiones que haga cualquier sociedad. Considerarlo como gasto corriente es un error de concepto que algún día deberá corregirse. Y cuando escribo esto estoy pensando en lo que D. Pepe nos dijo hace muchos años: “¿Para qué tractores sin violines?”. Lamentablemente hay grupos a los que les cuesta entender esto.

MAL PARADOS. Ahora bien, por donde se le quiera ver, el sistema educativo está dejando mucho que desear. Las pruebas internacionales así lo indican; los reclamos de los empleadores también lo confirman; los resultados de los exámenes de bachillerato, desnudan debilidades y hasta “curvas” se hacen. Y en esto hay que poner oídos a lo que los críticos de la educación están señalando.

Hay resistencia al cambio y a la revisión de contenidos y estrategias pedagógicas, cuando el entorno social y tecnológico cambia a velocidad de la luz. Si las cosas se siguen haciendo igual, los resultados serán los mismos. Y esto no es asunto de recursos económicos, como ya se ha dicho. Lo que se debe exigir son mejores resultados que justifiquen y rentabilicen el esfuerzo que todos hacemos para dotar de recursos a la educación. El mandato constitucional que asigna los recursos es claro, y sobre este punto no debe ni siquiera insinuarse una revisión. Pero sí exigimos evaluación de resultados. Si pagamos los impuestos, también tenemos derecho a pedir cuentas.

Las organizaciones magisteriales, legítimas y necesarias, deben entender que su tarea es ser parte de la solución y no del problema. Y las universidades no están exentas de esta evaluación, pues no son torres de marfil aisladas de la realidad económica nacional. Por eso harían bien las universidades enseñando con claridad sus resultados.

EL 8% DEL PIB A LA EDUCACIÓN. Cuando en el 2010 le dimos primer debate a la reforma constitucional para llevar el gasto en educación al 8% del PIB, llamé la atención en el Plenario Legislativo sobre la necesidad de que la reforma “viniera con el bollo de pan debajo del brazo”. Mi llamado cayó en el vacío. Pues se dio el derecho, se creo la obligación financiera, pero no se le dieron los recursos frescos para financiarla. Hoy es fuente de tensión fiscal y una gran tentación de recorte de gasto.

CONCLUYO. Como la educación es una inversión, la solución no es el recorte. Es la exigencia y control de resultados.

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