La California del fuego y el lucro

Luca Celada

La California del fuego y el lucro

Arde California. Esta frase resulta ya demasiado familiar ahora, una suerte de mantra que se repite cada año con el arranque de la acometida de la “estación del fuego”, cuando las retransmisiones televisivas en directo empiezan a mostrar viviendas amenazadas por las llamas y el ulular de las sirenas se difunde por entre el aire sofocante.

También este año los incendios se han concentrado principalmente en las ciudades de las tierras vitivinícolas al norte de San Francisco y los exclusivos vecindarios del oeste de Los Ángeles. Ambas regiones se han visto asoladas por las llamaradas avivadas por los vientos del desierto que se levantan todos los otoños por aquí, con un amenazante crujir de hojas que es presagio de desastres cada vez más abrumadores.

Hace dos años, los “vientos del Diablo” que soplaban en el norte del Estado provocaron una tormenta de fuego que consumió 1.200 viviendas de Santa Rosa. El fuego redujo la ciudad de Snoopy a algo peor que una ciudad fantasma, y no dejó otra cosa que una fila tras otra de cimientos ennegrecidos en solares cubiertos de ceniza, únicos restos de las viviendas de las afueras abandonadas por miles de residentes en fuga.

El pasado año, los vientos de Santa Ana empujaron las llamas hacia Malibú, sembrando el pánico entre las celebridades de Hollywood: entre las residencias que se deshicieron en humo se contaban las de Kim Basinger, Miley Cyrus y Neil Young. Pero la verdadera tragedia sucedió quinientos kilómetros más al norte, en la ciudad de Paradise, que se convirtió en un infierno digno de una novela de Stephen King, engullida por un muro de llamas que cortó también la única carretera de salida. Fue una tragedia que se cobró la vida de 85 personas.

La historia se sigue repitiendo, cada vez peor, debido en parte a las presiones humanas que afectan a los ecosistemas en los que los incendios forma parte, en buena medida como en todas las zonas de tipo mediterráneo, del ciclo ecológico de crecimiento, sequía y fertilización natural, algo a lo que se han adaptado la fauna local y la vegetación autóctona. Este ciclo, sin embargo, no puede acomodarse a presencia permanente de villas, utilitarios deportivos y campos de golf (“las llanuras del Ello” [“the Plains of Id”] fue como describió de modo memorable el arquitecto Rayner Banham esta arquitectura, nacida de la temeridad y la opulencia).

Las evacuaciones y escenas de pánico masivo son en parte resultado de un patrón de crecimiento urbano impulsado por el consumo, que resulta sencillamente insostenible y cuya insostenibilidad se vuelve todavía más evidente ahora que estos fenómenos se ven exacerbados por el cambio climático.

Las 200.000 personas desplazadas en California se han sumado a las filas de todas las víctimas de huracanes e inundaciones a lo largo y ancho del mundo que sufren los efectos de un clima fuera de quicio.

Son síntomas alarmantes estos de una crisis climática que ya se está produciendo ante los ojos de todos, incluidos los políticos empecinados en políticas regresivas, o, como en el caso de la actual administración norteamericana, dedicadas al negacionismo militante en nombre del desarrollo (y de los gruesos cheques de los grupos de presión industriales). Ya está aquí la crisis climática, sin el impacto catastrófico del choque de un meteorito, pero con la inexorabilidad de una colisión automovilística a cámara lenta, tal como dejan ver inequívocamente las cenizas de California.

Este año, los incendios se vieron acompañados de otro problema sin precedentes: los apagones que han dejado sin luz a millones de personas en zonas de riesgo. Lo que hay detrás de ello empieza por el hecho de que en años recientes muchos incendios forestales han sido provocados por cables de alta tensión dañados.

Sólo en 2017 se confirmaron 18 incendios (y otros 12 más probables) provocados por chispas debidas a cortocircuitos al entrar en contacto con árboles cables de alta tensión a causa de fuertes vientos. Este año, las empresas eléctricas trataron de enfrentarse al problema cortando voluntariamente el fluido eléctrico.

Supuso una medida “sin precedentes” y desesperada, que pone de relieve el estado de deterioro y obsolescencia de una infraestructura eléctrica que carece de protección casi por complete, consistente en postes y cerchas de madera que se pueden ver por todo el estado sosteniendo marañas de líneas de alta tensión, casi exactamente tal cual eran hace un siglo (para un total de 40.000 kilómetros de cables de alto voltaje y otros 380.000 kilómetros de líneas de voltaje doméstico).

Estos apagones intencionados a efectos de prevención han causado incontables problemas, sin poder prevenir el inicio de nuevos incendios. Se trata de un caso que arroja luz sobre la situación igualmente insostenible del capitalismo aplicada a la administración pública. Buena parte de la red eléctrica del estado se encuentra en manos privadas.

El sector de la energía se organiza en un sistema mixto. Cerca de un tercio es responsabilidad de empresas públicas, como el Departamento de Agua y Electricidad (Department of Water and Power -DWP), pero cerca de dos tercios están controlados por empresas de servicios de carácter privado, como PG&E (Pacific Gas&Electric) y California Edison: compañías que cotizan en bolsa a las que se ha otorgado el servicio público a modo de concesión, en un sector en el que la competencia no es otra cosa que una ilusión.

Como toda gran empresa privada, estas empresas tienen una meta que lo abarca todo: maximizar sus beneficios. En lugar de modernizar la red, por ejemplo, PG&E ha preferido pagar generosas primas a sus gestores y dividendos a los accionistas, así como destinar cincuenta millones de dólares a cabildear con el fin de influir en las autoridades políticas. Dicho de otro modo, PG&E se comportó exactamente igual que cualquier otra gran empresa con un mercado garantizado y un monopolio de facto.

Este modelo de lucro privatizado y costes socializados es el mismo que ha permitido a las empresas de Wall Street especular y cosechar enormes beneficios, mientras se cuenta siempre con las arcas públicas para rescatarles en caso de crisis.

En el caso de PG&E, los enormes daños que han tenido que pagar por los incendios provocados por su infraestructura han llevado a la empresa a declararse en bancarrota, una situación en la que tendrán que ser rescatados con fondos públicos para poder garantizar la continuidad del suministro de energía eléctrica.

La lógica es la misma que subyace al sistema norteamericano en el que la salud pública queda completamente en manos de aseguradoras privadas (con su sólido margen de beneficios), y es la misma lógica que le permite cosechar, por ejemplo, a Facebook enormes beneficios por suministrar servicios que tienen también profundos efectos laterales en la vida pública.

Sin embargo, el círculo vicioso del neoliberalismo rara vez resulta evidente, como en el caso de los desastres californianos enteramente previsibles: una combinación mortal de deficiencias de infraestructuras, cambio climático y privatización de servicios públicos, que amenazan con poner al estado de rodillas.

En la última semana, el gobernador Newsom— que ha declarado el estado de emergencia — se ha despachado a gusto con frecuencia contra las empresas privadas y las responsabilidades que ostentan; sin embargo, no se puede hacer gran cosa en la práctica, como no sea nacionalizar estas empresas de servicios públicos.

Luca Celada periodista italiano radicado en Los Ángeles, es colaborador del diario ‘il manifesto’.

Fuente: il manifesto, 1 de noviembre de 2019

Traducción:Lucas Antón


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