La caída del Muro de Berlín y la reinvención de alternativas

Jean-Arnault Dérens entrevista a Catherine Samary

La caída del Muro de Berlín y la reinvención de alternativas

Paralizados por la crisis y la represión, los regímenes de partido único estaban abocados a desaparecer, pero de los escombros del Muro de Berlín podrían haber surgido no pocas alternativas. La imposición del modelo neoliberal no era ineluctable y están por inventar nuevas vías en este periodo de crisis climática. Ofrecemos a continuación el análisis de la economista, y miembro del consejo científico de Attac, Catherine Samary.

Jean-Arnault Dérens: La caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, y la rapidez de la desarticulación del socialismo real que le siguió parece que pillaron con el pie cambiado a todo el mundo, incluido Occidente. ¿Era previsible aquel colapso?

Catherine Samary: La caída del Muro y después el final de los regímenes de partido único fueron mucho más fáciles de llevar a cabo que el cambio de sistema. La represión había hecho que estos regímenes fueran muy impopulares, provocó grandes movilizaciones, y en algunos casos –como en Checoslovaquia con la Carta 77 tras la intervención soviética en 1968– la formación de frentes contra las dictaduras. Sin embargo, la instauración del pluralismo político, en forma de creación de nuevos partidos, también fue la opción de una parte de los antiguos miembros del partido único, que de este modo intentaron consolidar sus privilegios. En muchos aspectos no asistimos a un colapso de aquellos sistemas, sino a una reconversión de sus élites. Por cierto, el final del sistema de partido único no implicaba forzosamente el final del socialismo, incluso cabría pensar lo contrario.

La apuesta democrática planteada por las movilizaciones contra la censura y las dictaduras no implicaba que el ideal fuera el capitalismo ni la democracia parlamentaria. Había otras vías disponibles. De la revolución de los consejos obreros en Polonia o en Hungría en 1956 al nacimiento del gran sindicato independiente Solidaridad (Solidarność) en 1980, pasando por el junio de 1968 yugoslavo o la Primavera de Praga en Checoslovaquia, la democracia que se inventaba y se reivindicaba como orgánicamente necesaria para la consolidación de un sistema socialista atravesaba y sacudía el conjunto de este sistema. Lejos de circunscribirse únicamente a la disidencia, la gente que se movilizó fue la base social obrera e intelectual de esos regímenes, miembros o no del partido y de los sindicatos oficiales. Las exigencias democráticas se planteaban en las empresas, en la vida cotidiana, en los servicios. Sin embargo, los economistas y políticos neoliberales han tratado de sustraer las cuestiones económicas fundamentales de todo debate político democrático.

Hay que decir que el paso de la lucha contra algo a la lucha por otro modelo siempre es complejo. Como reconoció Vaclav Havel, repentinamente aupado al poder tras la revolución de terciopelo, la Carta 77 carecía de programa, aparte de la reivindicación de un Estado de derecho y de las libertades fundamentales. Del mismo modo, la caída del Muro de Berlín y el final del régimen de Honecker no implicaban forzosamente el rechazo de los ideales socialistas democráticos, como recordaba el historiador y militante de la izquierda germanooriental Bernd Gehrkeen en un reciente coloquio en el Senado francés con motivo de la presentación del número extraordinario de la revista Politis sobre la caída del Muro. Hasta 1990 –y hasta a la oferta de Kohl de una unificación monetaria que supuso la absorción de la RDA–, los ideales socialistas predominaban en Alemania Oriental.

Además, hace falta analizar cuáles fueron las maniobras opacas, pero concretas, de la restauración capitalista: ¿cómo privatizar evitando revueltas sociales? En todas partes, el cambio de propiedad adoptó formas complejas, asociadas a una crisis sistémica que duraba ya unos años y que provocó un descenso brusco de la esperanza de vida, así como un aumento drástico de las desigualdades. El Banco Mundial lo calificó como peor que el colapso económico de entreguerras. El libro negro de este colapso todavía está por escribir.

J-A. D.: Retrospectivamente, ¿cuáles han sido los factores que causaron dicho colapso? ¿Por qué se produjo en aquel momento?

C. S.: En contraposición a toda visión lineal, hay que contextualizar los acontecimientos de 1989-1991 y sus dinámicas contradictorias. Por un lado, Mijaíl Gorbachov, que asumió el poder en Moscú en 1985, optó por no intervenir, lo que suponía un cambio importante en comparación con lo que se produjo en 1956 en Hungría o en 1968 en Checoslovaquia, o con lo que todavía temía Solidaridad en 1980. Aceptó la caída del Muro, condenando explícitamente la represión de los movimientos populares contra el régimen de Honecker. El objetivo de Gorbachov era llegar a una forma de unificación alemana que materializara una coexistencia pacífica entre sistemas, acompañada de una disolución de los dos pactos militares de la guerra fría y de un proyecto de Casa común europea…, un proyecto situado en las antípodas de lo que se produjo efectivamente. La unificación estuvo condicionada por la opción del otro protagonista, el canciller Helmut Kohl, pero no contó con el consenso entre las potencias occidentales, no tenía nada de inevitable 1/.

J-A. D.: ¿Cómo hay que interpretar estas decisiones de Gorbachov, su aceptación de la unificación e incluso la entrada de la Alemania unificada en la OTAN?

C. S.: Contrariamente a las hipótesis expresadas por Cornélius Castoriadis en su libro Ante la guerra (1986), tras la intervención soviética en Afganistán en 1979 no se impuso la superioridad militar y política de la URSS, sino la de EE UU. En la década de 1970, EE UU se vio confrontado a una crisis estructural que afectó tanto a las ganancias capitalistas como a la sociedad (con el ascenso de los movimientos negros, feministas, contestatarios en el plano sexual y cultural), y especialmente a las movilizaciones antiguerra en el contexto de un orden imperialista mundial cuestionado por la descolonización. El miedo al comunismo, cuya amenaza pareció confirmarse con el alineamiento de Fidel Castro con la URSS y la dinámica de Salvador Allende en Chile, explica la violencia del golpe de Estado de Pinochet, los asesinatos de dirigentes del tercer mundo, negros o comunistas como Che Guevara, así como el giro llamado neoliberal.

Desde finales de la década de 1970, la nueva carrera de armamentos ofreció a Ronald Reagan la posibilidad de debilitar a la URSS, así como de restablecer la superioridad militar y tecnológica de EE UU y, por tanto, su hegemonía. También de relanzar la economía: el giro neoliberal fue sumamente militarista y acabó con todas las conquistas sociales del New Deal. Gorbachov llegó al poder en este contexto, en 1985. No pudo sino constatar la catástrofe política y económica del berenjenal afgano, tan grave para la URSS como lo fue el berenjenal vietnamita para EE UU, así como el efecto negativo de la carrera de armamentos para la economía soviética.

En el marco de la planificación burocrática, los avances tecnológicos del complejo militar-industrial se transmitían mal a la industria civil; las inversiones militares mermaban la capacidad de renovación de las infraestructuras, de los equipos industriales obsoletos y de los servicios deficientes. Por primera vez, desde finales de la década de 1970, la brecha de desarrollo entre la URSS y el mundo capitalista se amplió en lugar de reducirse. Así pues, Gorbachov implementó un programa de desentendimiento militar y económico radical de la URSS: esto implicó tanto la retirada de Afganistán como el cuestionamiento de cualquier intervencionismo en los países hermanos, lo que para Cuba u otros aliados lejanos supuso un contratiempo, pero para los países de Europa del Este una verdadera liberación.

Estas decisiones de política exterior de coexistencia pacífica con el capitalismo debían permitir la realización de los objetivos internos y prioritarios de Gorbachov: la perestroika, es decir, la reconstrucción económica del país, que retomaba las reformas de la planificación burocrática emprendidas desde la década de 1960, y la glasnost, la transparencia, con el objetivo de desburocratizar la burocracia mediante el levantamiento de la censura sobre las disfunciones del sistema. Fue un nuevo deshielo que estimuló en su momento la proliferación de grupos informales que abordaron todos los problemas de la vida cotidiana. Claro que esto no proporcionó ninguna coherencia socialista democrática al sistema. Sin embargo, no se trataba de restaurar el capitalismo y las reformas no implicaban el fin de la URSS, sino su refundación. Para Gorbachov, Alemania era el principal nodo estratégico: quería repatriar las tropas soviéticas a cambio de una contrapartida económica de la RFA, o de una Alemania unificada e integrada en la OTAN.

J-A. D.: ¿Cómo reaccionó Yugoslavia, que no formaba parte del Pacto de Varsovia, a la caída del Muro?

C. S.: En ese momento, Yugoslavia estaba polarizada social y nacionalmente, el país se hallaba inmerso en la crisis de su deuda externa en divisas, la hiperinflación, al igual que la oleada de huelgas, que reflejaban la falta de coherencia general: las huelgas adquirieron una dimensión cada vez más política, en contra de la Constitución de 1974, que favorecía el estallido nacionalista sin recalcar la autogestión obrera. El FMI, por su parte, reclamaba que se cuestionaran los derechos de autogestión en toda Yugoslavia para imponer una coherencia de mercado: apoyó la gestión de la deuda externa yugoslava por parte del gobierno de Ante Marković, que practicó una terapia de choque liberal inspirada en el Consenso de Washington.

La caída del Muro coincidió con el desmantelamiento de la autogestión mediante un accionariado masivo y la estatalización republicana. Muchos intelectuales críticos cercanos al último gobierno de Ante Marković u hostiles al nacionalismo eran al mismo tiempo ajenos a las luchas obreras y renunciaron a todo proyecto socialista. Esperaban que la Unión Europea, que se estaba formando sobre la base de la Comunidad Económica Europea, sirviera de contrapeso a la lógica yugoslava de disgregación. Pero esta se vio favorecida precisamente por la lógica de la competencia y la privatización, que amplió las brechas entre las repúblicas. En sus inicios, la crisis yugoslava fue la primera prueba y el primer fracaso de la política exterior de la UE. Lejos de poder responder a los desafíos de la crisis yugoslava, la Unión desempeñó el papel de bombero pirómano, con alianzas evolutivas y agravando la división yugoslava, incluso más allá de las decisiones específicas de Alemania. EE UU pudo aprovechar este fracaso para relanzar y expandir la OTAN.

J-A. D.: Yugoslavia encarnaba un socialismo diferente y a menudo se experimentaron o invocaron vías nuevas, como el socialismo con rostro humano en Checoslovaquia en 1968. ¿Por qué fracasaron todos estos intentos? ¿Había alternativas posibles a las terapias liberales?

C. S.: No hace falta rehacer la historia ni aceptar la idea de que lo que se impuso fue la única salida posible. En cualquier situación hay opciones y alternativas. En tiempos de crisis, las condiciones del éxito no se dan de antemano, sino que evolucionan rápidamente. Las luchas anticapitalistas fueron impulsadas por partidos portadores de emancipación y progreso, pero también de transformaciones burocráticas y estatalistas. Esto debilitó a su vez la capacidad de resistencia de estos sistemas a las presiones capitalistas internas y externas. Por otro lado, en las revoluciones del siglo XX no hubo consenso, y aún no lo hay, sobre cuál debería ser el papel del mercado, la moneda y las instituciones políticas y sindicales en un proyecto socialista. Sin embargo, la constatación de las recurrentes crisis financieras y bancarias capitalistas, la ausencia de indicadores efectivos del mercado en cuanto a los principales problemas sociales y ambientales a resolver, debe restablecer la confianza: en todo el mundo es urgente subordinar la economía a decisiones conscientes basadas en procedimientos democráticos, y por lo tanto igualitarios, cuestionando las relaciones de explotación y opresión sexista, racista, homófoba.

J-A. D.: ¿Sobre qué bases reconstruir alternativas políticas, sociales, ecológicas? Treinta años después de la caída del Muro, ¿la izquierda puede renacer de sus cenizas en los países postsocialistas? ¿Sobre qué bases?

C. S.: Sobre la base de la igualdad de derechos para todas y todos; entre ellos el derecho a la dignidad y a la responsabilidad sobre el propio trabajo y las opciones vitales; de la defensa de los bienes comunes; de la democracia a inventar como medio para decidir qué son los derechos, los comunes a defender, los criterios de eficacia: estas son bases concretas que hay que declinar desde el ámbito local hasta el planetario. Esto implica la subordinación de los medios de financiación –moneda, presupuesto, mercados financieros– a la satisfacción de los derechos y las necesidades sociales, entre ellos la urgencia de salvar el clima, no el sistema. Hoy en día, esto lleva a plantear la cuestión de las relaciones humanas en los proyectos de emancipación: ¿en qué nivel pueden las sociedades humanas retomar el control de sus decisiones, de sus vidas, salvar su medio ambiente, sus derechos y su futuro?

¿Estamos condenadas al dilema entre globalización neoliberal y nacionalismo o populismos xenófobos, sexistas y homófobos? Las resistencias eficaces requieren escalas territoriales articuladas para ser eficaces: de lo local a lo nacional, de lo continental a lo global. La soberanía popular no es nacionalista y no se apoya en hombres providenciales populistas que hablan en lugar de un pueblo etnicizado y atizan los conflictos sociales, políticos, de género y de clase. Hoy existe un Norte en el Sur, un Sur en el Norte, y la gran masa de los antiguos países del Este debe aceptar servir de base al dumping social y fiscal para ser considerada moderna. A modo de conclusión de un estudio sutil realizado entre alemanas y alemanes de la antigua RDA que habían pensado que saldrían ganando con la unificación, Myriam Désert señala: “El postsocialismo no es lo que triunfa cuando el socialismo ya no existe, sino lo que queda por inventar cuando el mundo bipolar ya no existe” 2/.

Jean-Arnauld Dérens es periodista

Courrier des Balkans / Courrier d’Europe centrale

Traducción: viento sur

Notas

1/ Léase, en particular, Fabien Escalona y Romaric Godin, “De la chute du Mur à l’effacement d’un pays”, Mediapart; Rachel Knaebel y Pierre Rimbert, “L’Allemagne de l’Est, histoire d’une annexion”, Le Monde Diplomatique, y en el número extraordinario de Politis de noviembre-diciembre de 2019 el artículo de Jean de Gliniasty, “Mitterrand, Gorbatchev et la chute du Mur”, así como el de Robert Chaouad, “L’Europe et le spectre de l’unité allemande”.

2/ https://vientosur.info/spip.php?article15279

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