La barba de Carlos Marx

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

Ya cerca del ocaso de su azarosa vida, fuera del bien y el mal, respetado hasta por la flemática nobleza británica, como un hombre erudito, buen padre y abuelo, Carlitos Marx, mandó al carajo su icónica barba. Así se hubiese visto entonces. Definitivamente perdió prestancia, la dejó tirada en el piso de una Barbería en Argel: “Me he deshecho de la barba de profeta, corona de mi gloria”, escribió a Engels el 28 de abril de 1882. Por dicha nunca se tomó una fotografía después de quedarse pelón y afeitado. Hace 200 años nació esta brillante testuz de la humanidad y aquí en nuestra patria pasó sin pena ni gloria. Solo unos pocos detractores se regodearon denostándolo, con el cobarde silencio de quienes dicen seguir su mensaje.

Quizá hoy más que nunca se confirma lo fundamental de su análisis del sistema al que él dio nombre, el capitalismo. Se trata de que como Júpiter el propio sistema se come la fuente de su vitalidad y pujanza, la competencia, la que naufraga en medio de la más extraordinaria concentración productiva, bancaria y comercial. Monopolios de carácter planetario que cuando sucumben se traen con ellos a la economía mundial, como sucedió con el banco Lehman Brothers. Lo que a su vez genera una creciente desigualdad planetaria. Nunca precisó cómo concebía el sistema llamado a sustituir el leviatán capitalista, en esa tarea se comportó de la manera más idealista. Lo que emergió en la realidad fue un sistema que no solo eliminó toda competencia en materia económica, sino que también eliminó las libertades de pensamiento, organización y acción política, por un totalitarismo nefasto que sucumbió bajo el peso de sus propias contradicciones e iniquidades.

Su idea de que los proletarios cuando tomasen el poder estatal, construirían una sociedad de iguales sin diferencias de clase, devino en una nefasta tragedia. El poder estatal transforma a cualquiera, no importa su origen de clase, y lo transforma en un burócrata y sin competencia en un déspota. En esa disputa quien tuvo razón fue Bakunin, que entendía mejor la naturaleza humana, porque él mismo era un déspota en potencia.

Otra falencia de su pensamiento que los soviéticos llevaron al mundo de la iconografía religiosa. Fue la idea de que la historia piensa, que hay un curso lógico – histórico en el devenir de las sociedades humanas y que hay cosas que como el juicio final cristiano, son inevitables. Así como en la naturaleza prima lo inesperado y el caos creativo, es decir no hay plan divino. En la vida social se da lo mismo, se puede avanzar hacia sociedades más justas y equitativas, pero se puede retroceder hasta la barbarie. Todo depende de las ideas y los comportamientos sociales que primen. De allí la importancia de la libertad de pensamiento, investigación y organización, en resumen de sociedades libres y educadas. No es liquidando el sistema para sustituirlo por un utopía totalitaria como resolvemos las iniquidades actuales, es haciéndolo evolucionar hacia estadios más humanos. Al final los viejos reformistas como Kautsky se salieron con la suya y el juicio de la historia les ha dado la razón.

Nunca terminó su obra cumbre El Capital. Engels debió organizar el caos de su herencia escrita para sacar los dos tomos finales. Marx fue un procrastinador contumaz y consciente. Porque más que un escrito económico, lo que él quería legar era una obra de arte del pensamiento económico y filosófico humano. Al final lo logró gracias a su incondicional amigo de toda la vida Federico Engels. Porque más allá de sus aciertos y equívocos; El Capital, es un monumento a la extraordinaria capacidad humana de filosofar con alta calidad literaria.

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