Homilía Morista

Homilía en la Celebración de la Palabra con ocasión del 157 aniversario
del fusilamiento de los próceres Juan Rafael Mora y José María Cañas

Mons. Oscar Fernández Guillen
obispo de Puntarenas y
presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

Puntarenas, 30 de setiembre de 2017

Nos hemos reunido hoy para honrar la memoria de don Juan Rafael Mora, y para extraer de ella motivaciones, lecciones y luces para nuestro momento histórico. No es una tarea sencilla. Entre las últimas palabras de Don Juanito están aquellas que dirigió a su amada esposa en las que le manifestaba que la política “es un verdugo que destroza a sus servidores”. Es imposible que quien asume su rol en la sociedad desde la política no experimente en carne propia la polémica, la controversia, la lucha “sanguinaria”, tanto en un sentido figurado como en el más crudo de su literalidad, como fue el caso de don Juan Rafael Mora. La polémica nunca le abandonó durante su vida política y en su trascendencia histórica, hasta el día de hoy.

En esta polémica han intervenido historiadores, políticos, cientistas sociales, artistas, periodistas, filólogos, filósofos y personas de muchas otras especialidades. Todos, de una manera u otra, han recurrido a los resultados de la ciencia histórica –la historiografía– o han hecho su propio ejercicio de aproximación al personaje histórico. Han ocurrido divergencias entre ciertos historiadores y otras personas, algunas también historiadoras, que han realizado sus propios ejercicios de memoria histórica, pero con un propósito distinto del de la mera interpretación histórica de carácter académico, quizá por no distinguir entre la naturaleza de las diversas formas de aproximarse al pasado histórico. La Filosofía de la Historia se pregunta por el sentido de esta disciplina: ¿Para qué aproximarse al pasado? ¿Por mera curiosidad? ¿Para comprender el presente? Hay historiadores que van más allá, y piensan en un fin práctico de la historia: comprender el presente se endereza a transformarlo y a construir mejores condiciones de vida para las futuras generaciones. Incluso hay otros que avanzan hacia la comprensión de la ciencia histórica como una herramienta de su propia praxis, entendida esta como la articulación del saber histórico con una práctica social transformadora. Esta comprensión de la historia trasciende los límites de la mera actividad académica. En todo caso, el recurso a la historia no es patrimonio exclusivo de los historiadores, ni el conocimiento producido por estos puede quedarse limitado a sus propios horizontes y valoraciones.

Justamente esto es lo que ocurre con la memoria de don Juan Rafael Mora. Es quizá el personaje de la historia costarricense cuya evocación ha estado más ligada a prácticas sociales de actores muy diversos, que han remontado las raíces de su pensamiento o de su actuación política o social al primero, o que han encontrado en él una vigorosa inspiración. Desde esta perspectiva, sin negar los errores, los defectos, los desaciertos que, como todo ser humano, tuvo don Juan Rafael Mora, el interés por el personaje es distinto del de quienes se limitan a su interpretación histórica. Así, pues, se descubren aciertos tan notables en la gestión del Presidente Mora, que no pueden ser ignorados. En la interpretación que, en definitiva, hacen los moristas de Don Juanito, el peso en la balanza se inclina a la valoración positiva de este(1).

Coindice esta visión de la historia con la clave de lectura de la realidad que nos enseñó Jesús en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30). En la historia es imposible encontrar solo trigo –lo bueno, lo puro, lo mejor del ser humano–, ni solo cizaña –lo perjudicial, las prácticas nocivas y destructivas–. El trigo y la cizaña conviven en la historia. La reflexión que compartiré con Uds. obedece a ese propósito y se inscribe en esta tendencia interpretativa de la historia. Es una reflexión de un creyente, en el marco de una celebración de fe. Una reflexión que conmemora el trigo en la vida de don Juan Rafael Mora, como motivación para el ejercicio de un compromiso social constructor de una sociedad del buen vivir para todos y todas los habitante de esta nación.

La fe cristiana es histórica

La Biblia es el reflejo de una memoria histórica de un pueblo, el Pueblo de Dios peregrino en la historia. En ella aprendemos a entender a los grandes personajes históricos – en la mayoría de cuyos relatos no se ocultan sus errores–, como parte de un pueblo, sin el cual no se pueden entender. Desde este enfoque, comprendemos a don Juanito Mora, en su condición de Libertador y Héroe nacional, no como un fenómeno aislado, sino como parte de una nación. La heroicidad de don Juanito Mora es una manifestación de la heroicidad de un pueblo. Su gesta libertaria fue la gesta libertaria de una colectividad. Al honrar la memoria de don Juanito Mora, estamos honrando la memoria de un pueblo, de miles de personas, la mayor parte anónimas, de las que muchas llegaron a la forma más radical de la heroicidad, como es la de derramar su sangre por la soberanía, por la libertad y por el bienestar de las futuras generaciones. Además de hacia la gesta heroica del Presidente Mora, nuestra mirada se dirige hacia otros de sus méritos, que abordaremos también desde este enfoque que se resiste a individualizar la figura de este gran hijo de la Patria.

En este sentido, permítanme recordar el célebre poema “Preguntas de un obrero que lee”, de Bertolt Brecht, pues me da ocasión de ilustrar el enfoque de esta reflexión:

¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue ter-
minada la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan cantada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,
gritaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
Fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién
venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.

De esa manera miramos el liderazgo del Presidente Mora, pues los logros del estadista de la recién nacida república costarricense no se pueden entender sin muchas otras personas que se ilusionaron y se empeñaron por esta. El auténtico líder, y don Juan Rafael Mora lo fue, es quien provoca que aflore lo mejor de las personas para bien de los grupos, o, en el caso de un estadista, de una colectividad. Honrar la memoria del héroe y libertador don Juan Rafael Mora no debe estimular heroicidades individuales, sino, más bien, el compromiso de sumar las propias fuerzas a las de muchas otras personas, pues solo el esfuerzo colectivo es el que nos puede permitir construir un mejor país para sus actuales y sus futuros habitantes.

Esta visión no es novedosa. En efecto, con ocasión del centenario del nacimiento de don Juan Rafael Mora, en 1914, dijo, el señor Octavio Castro:

Desde que un pueblo tiene su héroe, ya consagrado por el tiempo y glorificado por los hombres, ese pueblo vive y adquiere personalidad propia en el concierto de las naciones civilizadas. Porque en el héroe no sólo está el ciudadano, sino el país, no está sólo el hombre, sino el pueblo. El héroe constituye algo así como la estereotipia gigantesca de las costumbres, de los amores, de la religión y del patriotismo del conjunto social en cuyo medio vivió, creció y conquistó su gloria. Cuando el pueblo va a depositar sus coronas de laurel al pie de las estatuas queridas, rinde culto a su propia grandeza(2).

El Presidente Mora tenía conciencia de ello, como cuando, entre otras declaraciones, decía en su Alocución a las tropas en Rivas: “No es solo admiración el sentimiento que me inspiráis, es también afecto y ternura. Habéis hecho más que vuestro deber. Sólo por exceso de bravura es que Costa Rica ha perdido en los campos de batalla de Santa Rosa y de Rivas tan distinguidos defensores de su libertad, flor y esperanza de la patria”. “Si antes amaba a mi país como hijo, hoy, merced a vuestras hazañas, me enorgullezco de ser su jefe”.

Me resisto a buscar en la vida de don Juan Rafael Mora lecciones en vista de establecer paralelismos con la realidad presente. Más bien, deseo aprender del espíritu, de los principios y valores que guiaron sus actuaciones patrióticas. Por lo tanto, del liderazgo de este para animar la heroicidad del pueblo costarricense en su momento histórico considero que debemos aprender a deponer los reducidos intereses sectoriales en aras de buscar el bien colectivo, el bien común. En el contexto del actual proceso político que vivimos, recordar este espíritu es imprescindible. Muchos otros buenos costarricenses colectivamente hicieron su contribución a lo largo de la historia posterior al período de actuación de don Juanito Mora, legándonos lo mejor que tenemos como país. Sin embargo, este espíritu solidario, empeñado en el bien común, se ha debilitado enormemente. No parece que nuestra actual generación esté transmitiendo ese mismo legado a las futuras generaciones.

Dado que la naturaleza de esta celebración no me permite explayarme como quisiera destacando muchos aspectos del protagonismo histórico del Presidente Mora, deseo añadir solamente a esta reflexión unas palabras respecto de los aportes de este a la construcción del Estado costarricense, desde su servicio como estadista. Acudimos al apretado, pero, a la vez, elocuente panorama de la gestión pública del Presidente Mora que ofrece el historiador Tomás Federico Arias Castro:

Si ya únicamente su acrisolado liderazgo en los aciagos episodios contra la Falange Americana de Walker, bastaría para darle un privilegiado lugar entre los personajes más egregios de nuestra historia, no debe olvidarse jamás que durante la trascendente década en que Mora dirigió los destinos de Costa Rica, se dio una inmensa cantidad de acciones y obras a favor de nuestra patria en los más diversos campos, tales como la construcción de los edificios del Palacio Nacional (1855), la Universidad de Santo Tomás (1854), el Hospital San Juan de Dios (1855), el Hospital San Rafael (el primero de Puntarenas, 1852), el Teatro Mora (el primero del país, en 1851), la planta de la Fábrica Nacional de Licores (1856) y el Cuartel de la Artillería (1850); además del inicio de la edificación del Sagrario de la Catedral Metropolitana (1855); la composición de la música del Himno Nacional (1852); el establecimiento de la Fábrica Nacional de Licores (1850), el Protomedicato (1857) y la junta de Caridad (1852); la promulgación del visionario Código de Comercio (el primero del país, en 1853) y de una nueva Ley Orgánica para el Poder Judicial (1852); la adición y actualización del pionero Código General del Estado (1858); la confección del primer plano de la ciudad de San José (1851), la declaratoria pontificia de erección del Obispado de San José (1850); la firma del Concordato con la Santa Sede (1852); el otorgamiento de la categoría de pontificia para la Universidad de Santo Tomás (1853); la declaratoria del título de ciudad a la comarca de Puntarenas (1858) y el título de villa al pueblo de Desamparados (1855); la trascendente rúbrica del acuerdo limítrofe Tratado Cañas-Jerez (1858); la implementación del primer sistema de alumbrado público de San José (a base de faroles y lámparas de canfín, en 1851); la construcción de la primera vía férrea entre el puerto de Puntarenas y el río Barranca (1857); la creación del cantón de San Ramón (1856) y la […] fundación de la primera institución bancaria de nuestra patria: el Banco Nacional Costarricense (1857)(3).

Nuevamente, no debemos ver en tan notables resultados de la Administración Mora la figura individualizada de este presidente, sino el liderazgo, la capacidad de dirigir la orquesta de tantos funcionarios que compartieron con él sueño de un proyecto país. Sueño compartido por muchas otras personas, como lo refleja la amplia mayoría –84 de 94 electores– que votó a favor de don Juan Rafael Mora en las últimas elecciones en las que participó y en las que fue reelegido para dirigir las riendas del Gobierno.

Podemos ver subyacente a esta fecunda administración el factor positivo de que haya ocurrido a lo largo de un decenio. No es que yo proponga tan largos períodos para la gestión pública, pero sí desarrollar una cultura “largoplacista” que genere acuerdos interpatidarios que impulsen consistentes políticas no solo gubernamentales, sino de Estado. El inmediatismo nos ahoga y frena el auténtico desarrollo integral. La generación de esta nueva cultura política es tarea de todas y todos los ciudadanos.

Solo de esta manera podremos, en consonancia con la primera lectura, del profeta Isaías, convertir el desierto de la pobreza y la extrema pobreza, de la crisis fiscal, de la inseguridad ciudadana y la violencia, del desempleo y del empleo informal, de las largas listas de espera en la CCSS, de las limitaciones para que se robustezcan nuestros pequeños y medianos agricultores y pescadores, del ejercicio de la actividad económica (tanto de producción como de consumo) devastadora del medioambiente, de la expulsión del sistema educativo de jóvenes vulnerables, de la infravivienda de cientos de miles de personas… en un vergel y en un bosque. La gran utopía isaiana nos recuerda que el fruto de la justicia será la paz, la paz verdadera, que no es la mera carencia de violencia, sino el goce pleno de los derechos humanos. “El derecho, dice Isaías, traerá calma y tranquilidad perpetuas”, y “mi pueblo disfrutará de los beneficios de la paz y vivirá en moradas tranquilas y en mansiones seguras”. Comprometernos, por consiguiente, con la justicia y el derecho nos hará constructores de paz y, por ende, según las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en la lectura del Evangelio el día de hoy, nos permitirá ser llamados “hijos de Dios”.

Nos ponemos en las manos del Dios de la Vida y en las de la intercesión de nuestra madre, nuestra Señora de los Ángeles, para que nos aliente en la búsqueda del bien común, vale decir, del desarrollo integral, solidario, inclusivo y sostenible.

Homilía Morista

Académicos Carlos Alberto Ramírez y John Cravens, Pbro. Luís Carlos Aguilar. Armando Vargas Araya, Jorge Eduardo Arellano, Lissette Monge Ureña y Manilo Argueta. Mons. Oscar Fernández Guillen y Pbro. Daniel Torres Coto. Catedral de Nuestra Señora del Carmen, Puntarenas Ciudad Morista. 30 de setiembre de 2017.

Notas:

1. Morista 1. adj. Perteneciente o relativo a Juan Rafael Mora, libertador costarricense. Diccionario de la Lengua Española, 2014.

2. Citado por Víctor Hugo Acuña Ortega. Costa Rica: la fabricación de Juan Rafael Mora (siglos XIX-XXI). Disponible en línea: https://caravelle.revues.org/1545#bodyftn12.

3. Tomás Federico Arias Castro. Los asesinatos del presidente Mora Porras y del general Cañas Escamilla. San José: EUNED, 2016: 167-168.



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