Grutas, huellas de dinosaurios y vacas felices en Portugal

Por Anika Reker (dpa)

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Algún acontecimiento extraordinario -probablemente una erupción volcánica- preservó las huellas de los dinosaurios hasta nuestros días. Foto: Anika Reker/dpa

Desde una meseta la vista cae sobre la mayor reserva de piedra caliza de Portugal. El paisaje escabroso, casi árido de las Sierras de Aire y Candeeiros está atravesado por laberintos de piedras naturales amontonadas.

«Seguramente algunos de estos muros están así desde que las personas se establecieron aquí», dice la guía turística Adelina Ferreira, de 52 años. En aquel entonces, se usaron las piedras que estaban alrededor para delimitar pastizales para los animales y espacios para las huertas. Sin cemento, aguantaron así durante siglos el viento y las inclemencias del clima. «En todo caso, si alguna vaca se apoya contra el muro puede hacer que se derrumbe».

Hay muchísimo espacio. La mayor parte de los animales son vacas criadas en libertad. Para ser considerada tal, debe tener disponible al menos una hectárea de tierra para pastar.

El ecosistema sensible del Parque Natural

También hoy nos encontramos muchas manadas de vacas, que en los recintos de piedra se llenan los estómagos de hierbas frescas. Pero, según Ferreira, esto no siempre fue así.

A principios de los 80, la Unión Europea impidió la exportación de leche de esta región de Portugal, de manera que las vacas desaparecieron de la zona. Y con ellas también las chovas piquirrojas, amenazadas de extinción, que se alimentan de los escarabajos que hay en el estiércol vacuno.

«Eso pasa cuando uno aleja un componente de un ecosistema». Con el regreso de la cría de ganado para carne, se recuperó la población de estas aves poco comunes.

Adelina Ferreira descubre durante nuestra caminata tomillo y romero silvestre. También recoge flores de una planta delicada de color rosa. «Esto es centaurim auténtico, muy útil por ejemplo para tratar problemas digestivos». Una verdadera planta medicinal.

El suelo en el Parque Natural es muy fértil, a pesar de que en los 400 kilómetros cuadrados que se extienden por los distritos de Santarém y Leiria no hay lagunas ni ríos de superficie. «Y eso que el parque en realidad es un reservorio de agua enorme. Pero se encuentra a unos 400 metros de profundidad», explica Antonio Fael, de 66 años, colega y esposo de Adelina. Muchas veces él guía los paseos junto con su esposa y trabaja como espeleólogo para el parque.

Antonio explica que todos los ríos en el entorno cercano provienen del lago subterráneo, que aún no fue descubierto. «Cada vez que nosotros los investigadores descubrimos una gruta nueva, intentamos seguir el curso del agua, pero lamentablemente hasta ahora sin éxito».

Agricultura y ganadería como hace cientos de años

Subimos al jeep de la pareja y pasamos por varios baches. Atravesamos pueblos medio dormidos. Una campesina va arriando sus cabras por la calle. Adelina la conoce. Bajamos y nos muestra el corral, desde el que nos miran cabras de unos pocos meses. Le compramos algunas bolsas de queso de cabra y continuamos camino. «No encontrarás mejor calidad», dice Adelina en el coche.

Añade que a ella le gusta mucho que las personas aquí trabajen la tierra y críen a sus animales como hace cientos de años. También eso forma parte de los bienes culturales que merece la pena proteger en el parque. Y es una de las razones por las que ella y su marido decidieron hace algunos años comprar una casa en la zona. Dejaron sus trabajos anteriores, empleada bancaria e ingeniero. Desde entonces, le muestran a turistas interesados la zona que eligieron para vivir.

«Mi corazón está en este parque desde que de adolescente comencé con la espeleología», relata Antonio. En aquel entonces, ayudaba a investigadores a llegar de manera segura a las profundidades del Parque Natural. En el transcurso de los años desarrolló un gran interés en los murciélagos y se siguió formando, por ejemplo, en los efectos de las turbinas eólicas sobre las 26 especies de murciélagos que viven en el parque.

Desde 2007, al borde del parque se levantan cada vez más aerogeneradores. «Los murciélagos, al contrario de los pájaros, no son atrapados por los rotores. Pero cuando se les acercan, estallan sus pulmones por la presión del aire», explica Antonio. Pero por suerte los animales tienen la capacidad de aprender. Después de unos dos años, cambiaron su ruta de vuelo.

Una catedral de estalactitas y estalagmitas

Entonces alcanzamos la cueva Algar do Pena, que fue descubierta en 1983 por trabajadores de una cantera. Antonio reparte cascos de seguridad y linternas frontales. Un elevador nos baja 33 metros hacia las rocas calcáreas. Una vez abajo, lleva un tiempo que nuestras narices se acostumbren al olor húmedo, ligeramente mohoso. Y los ojos, a la oscuridad. Una escalera lleva más abajo a una especie de mirador.

Estalactitas de varios metros de largo cuelgan del techo. Y estalagmitas se levantan desde el suelo. Como en una gigantesca catedral. «Pero es más impresionante, porque las formó la naturaleza y no el ser humano», dice Adelina. La cueva mide casi 100 metros del techo hasta su punto más bajo. Antonio ya bajó hasta allí con una cuerda en busca del curso del agua.

En el ecosistema bajo tierra viven, entre otros, escarabajos sin ojos que se orientan con antenas. Se permite el acceso de un máximo de 12 personas por día para que la temperatura, la concentración de CO2 y la humedad del aire mantengan el equilibrio. Solo se puede realizar esta visita con una reserva previa y algo de suerte. Por lo demás, la cueva está reservada solo a investigadores.

Antonio asegura que en esta cueva ahora no hay murciélagos. «Viven en colonias y se mudan todos juntos tres veces al año de la cueva invernal a la cueva en la que arman nido y, finalmente, a la cueva estival». Por eso también es que cambian constantemente las cuevas que pueden visitar los turistas.

Huellas de 175 millones de años de antigüedad

Al día siguiente nos encontramos con Adelina y Antonio otra vez en la localidad de Porto de Mós, bien al norte del parque. Vamos con el coche hacia el oeste, por un valle que se distingue del resto de la zona por una vegetación verde frondosa. «Cuando llueve mucho, aquí surge un lago, que permanece algunos días, hasta que el suelo lo absorbe. Los árboles que están viendo quedan sumergidos entonces hasta la copa», dice Adelina.

Hacia el mediodía, alcanzamos el destino del día: la cantera Pedreira do Galinha. Dejó de funcionar cuando sus trabajadores descubrieron aquí en 1994 huellas de tiempos pasados.

Durante unos diez minutos se camina por el antiguo recinto de la cantera hasta una elevación. Desde allí, se pueden admirar las huellas de saurópodo más largas conocidas en el mundo. Las huellas del lagarto gigante, que vivió hace unos 175 millones de años, se extienden por casi 150 metros. América y Europa entonces aún eran un solo continente.

¿Cómo se preservaron estas huellas todos estos años? «Los dinosaurios pesan toneladas y las huellas que dejaron en esta antigua zona pantanosa eran muy, muy profundas», explica Antonio. «Algo debe haber pasado ese día que llevó a que las huellas fueran cubiertas y conservadas, posiblemente la erupción de un volcán».

El camino lleva hacia abajo. Está permitido, en senderos demarcados, caminar entre las huellas del dinosaurio. Desde la cercanía es difícil distinguirlas de un bache común.

«Desde que fueron puestas al descubierto hace más de 25 años el sol y el clima lamentablemente afectaron bastante a estas huellas, que estuvieron tantos millones de años debajo de capas de piedra calcárea», dice Adelina. Pero hasta ahora faltó el dinero para cubrirlas con un techo.

Extracción de sal como en el siglo XII

Nos despedimos de nuestros guías. Ahora nos dirigimos a otro lugar de importancia histórica, aun cuando su historia se remonta a solo 884 años. En la punta más al sur del parque se encuentran las Salinas da Fonte de Bica. Son de las pocas salinas de la península ibérica, en las que la sal se extrae de una fuente y no de agua marina.

Los primeros registros de la extracción de sal se remontan aquí al año 1177. Según una leyenda, una joven pastora bebió de una fuente y percibió un sabor desagradable del agua. Los habitantes del pueblo cavaron en la zona hasta un pozo. Y así comenzó la historia de la extracción de sal. Hoy en día la Marinhas de Sal de Rio Maior -como también se llama la mina- es la única en Portugal que todavía funciona de esta manera.

Viejas cabañas de madera rodean las salinas al aire libre. Hoy en día sirven como restaurantes, tiendas de souvenirs y, sobre todo, como superficie de venta de todo tipo de productos de la sal. Una de las casillas al borde de la mina de sal ofrece información turística.

La mina es administrada por una cooperativa, que en total emplea a 20 «salmineros». Los turistas pueden pasear entre las pequeñas fuentes de sal y mirar a los trabajadores por encima del hombro.

Uno de ellos es Fernando Machado Lopes, de 60 años. «El trabajo es duro, pero es divertido y ya no es tan difícil como antes», relata mientras mueve la sal con una pala. Hasta los años 80, el pozo se vaciaba de forma manual. Mientras tanto el sistema fue sustituido por bombas motorizadas. Casi todos los miembros de la familia Machado Lopes trabajaron en la mina. No puede imaginarse otro trabajo, dice.

Cuándo y cómo visitar el parque

El mejor momento para visitar el parque es entre mayo y octubre. En esa época hay pocas precipitaciones y temperaturas agradables. Las salinas en Rio Maior pueden visitarse todo el año, pero solo se trabaja en ellas de mayo a septiembre.

Desde Lisboa, se puede ir en coche unos 85 kilómetros hasta la punta sur del parque, mientras que desde Coimbra son 95 kilómetros hasta Porto de Mos en el norte.

 
dpa

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