Fake news y la desinformación

El Sereno

Álvaro Campos Solís.
campos.solis.alvaro@gmail.com

Álvaro Campos Solís

En un mundo plagado de mentirosos, en el que gobiernos y políticos le mienten al pueblo sin el menor recato, los contribuyentes hacen malabares para engañar a la hacienda pública con el pago de impuestos y hasta el estudiante miente a sus maestros con tal de avanzar en la mediocridad, surge como gran novedad las fake news. Se trata de una frase en inglés que en español significa noticia falsa, cuyo propósito es la desinformación.

De ese recurso siempre han echado mano políticos y gobernantes, grandes corporaciones financieras y empresariales con una clara intención: eludir responsabilidades o crear falsas expectativas entre los miembros de una comunidad. Sin embargo, en los últimos tiempos y con el surgimiento de las redes sociales, numerosos ciudadanos lo utilizan para canalizar sus aspiraciones políticas, religiosas, deportivas, etc., incluso para provocar el enojo y el desconcierto de un determinado sector de la población. Otros para dejar en evidencia sus frustraciones, sin que falte quien lo use para descalificar a todo aquel que se le atraviese.

En ese contexto, uno de los peores castigos que gobiernos y medios de comunicación le infligen a los pueblos es la desinformación. Puede ser mediante la ocultación total o parcial de errores de cálculo, malos manejos administrativos, funcionarios de manos largas o revelando información sin sustento de ninguna naturaleza.

El castigo a los pueblos no solo proviene de gobiernos y reconocidas corporaciones empresariales. El maltrato también corre por cuenta de las grandes cadenas informativas que adaptan las informaciones a la conveniencia de sus intereses o los intereses del país que representan.
La gente se asoma a los distintos medios de comunicación para obtener información veraz. Pero termina desinformada. Luego de observar las informaciones provenientes de Estados Unidos, México y Venezuela, la otra opción es atender el tratamiento que a la misma información le da la televisión alemana. Allí las cosas mejoran sustancialmente.

Algunas de esas cadenas internacionales de noticias actúan en América Latina como entes supranacionales. Al punto que sus periodistas, cuando entrevistan a determinado presidente, se comportan según la orientación política e ideología del jefe de gobierno. Si es de izquierda moderada o radical, para ellos no merece respeto alguno. Algunos de los periodistas, incluso, se han convertido en expertos provocadores, por lo que han sido expulsados de distintas sedes de gobierno, incluida la Casa Blanca. Un periodismo desbordado.

Lo anterior significa enormes diferencias en el trato respetuoso, como corresponde, que reciben los presidentes de Argentina, Mauricio Macri, Iván Duke, de Colombia y Andrés Manuel López Obrador, de México, en comparación con el trato que le dan a los jefes de gobierno identificados a la izquierda en el espectro ideológico. La altanera conducta de algunos periodistas llega tan lejos que tampoco respetan la investidura del presidente de su propio país. Los insultos al Presidente Trump son cosa de todos los días.

El manual clásico del periodista dice que el profesional en periodismo está en la obligación de informar objetivamente; la opinión de cada medio en particular es responsabilidad del editor.
Paradójicamente, una de esas cadenas ofrece espacios en los cuales sus periodistas dan lecciones de periodismo objetivo, imparcial. Al mismo tiempo se comportan como guardianes del sistema, lo cual implica la descalificación y la crítica sin contemplaciones a cualquier atisbo de insumisión, o de condena abierta a toda muestra de rebeldía, por parte de algún “imprudente” gobierno latinoamericano. Lo normal para esos comunicadores es que pueblos y gobiernos sean sumisos y acaten en silencio toda orden que emane de la metrópoli.

Se dice que de los sublime a lo ridículo no hay mas que un paso. Un periodista de CNN en español reaccionó indignado por que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se declaró amigo de Vladimir Putin, Presidente de Rusia. Otro periodista del mismo canal cuestiónó la posibilidad de que el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, regrese a su país para postularse a un cargo de elección popular. Correa vive Bélgica, de donde es oriunda su esposa. En su país tiene asuntos pendientes con la justicia.
Esas grandes cadenas de noticias tienen dificultades para darle cobertura a las protestas de los pueblos contra decisiones del gobierno. Así, justifican los alzamientos populares contra los gobiernos y las estructuras económicas de Nicaragua, Venezuela y Hong Kong. Pero no encuentran qué tratamiento darle al alzamiento popular de los pueblos indígenas de Ecuador contra el gobierno que presidente Lenin Moreno. Tampoco han mostrado mayor interés por investigar las causas de éxodo de miles de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que huyen hacia los Estados Unidos en busca del sueño americano. Poco o nada les ha interesado denunciar las condiciones infrahumanas a que son sometidas las familias centroamericanas por parte de los distintos cuerpos policiales de los Estados Unidos.

Esas mismas cadenas noticias pasan de puntillas, para no hacerle ruido al empobrecimiento de Argentina, el recrudecimiento de los conflictos sociales y militares en Colombia y los actos de barbarie que a diario perpetra el flamante Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en contra de la naturaleza y del cambio climático. Tampoco le asignan importancia alguna a las presiones de los organismos financieros internacionales, como el FMI, cuyas recomendaciones solo contribuyen con un mayor empobrecimiento de las naciones latinoamericanas. El ejemplo más claro y más reciente es del Argentina, nación que ha visto crecer su deuda externa y de manera dramática el número de pobres y desempleados.

Esos mismos periodistas de las grandes cadenas informativas de los Estados Unidos, quizás por asepsia, prefieren no visitar los botaderos a cielo abierto en numerosas ciudades de la América de habla hispana, lugares convertidos en comedores y albergues para millones de pobres, los mismo que llegaron tarde a la ceremonia prevista para la distribución de la riqueza.

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