Evita, una gran impulsora de la economía social, creadora de miles de pymes, falleció hace 65 años

Fernando Del Corro

Evita Perón

Nacida probablemente como Eva María Ibarguren, nombre cambiado luego por María Eva Duarte y más recordada por su apelativo de casada, Eva Perón y por el afectuoso Evita, 65 años atrás, el 25 de junio de 1952, exactamente tres años de haber fundado el Partido Peronista Femenino, falleció esa mujer que aprovechando el poder político que poseía se convirtió en la gran impulsora del emprendedurismo convirtiendo a miles de mujeres muy humildes en pequeñas empresarias.

Evita como las legendarias Ismat ad Din Khatum, la esposa del sultán kurdo Salah ad Dyn (Saladino); Isabel I de Inglaterra, hija de la plebeya Ana Bolena; y particularmente la chipriota Teodora, esposa del emperador bizantino Justiniano, se ocupó de atender las necesidades de los más necesitados mediante importantes transformaciones y que, no sacó de su estado de pobreza a sus beneficiarias mediante meras dádivas sino que las hizo partícipes del crecimiento de la economía.

Amada por la mayoría del pueblo argentino, pero odiada también por muchos, se la conoce por los primeros como una suerte de hada buena que se condolía de los necesitados y los hacía objetos de beneficencia, como las bicicletas a los niños, y calificada como “la yegua” por los segundos, resulta casi desconocido que en 1951, un año antes de su muerte, fue visitada por la luego primera ministra de Israel, Golda Meir, entonces ministra de Trabajo, interesada en su política de desarrollo productivo.

Fue clave para pergeñar su iniciativa la bautizada por ella como “Gira del Arco Iris” entre el 6 de junio y el 23 de agosto de 1947, acompañada por el sacerdote Hernán Benítez, cuando recorriese el Brasil y el Uruguay en Suramérica e Italia, España, Mónaco y Francia en Europa, oportunidad durante la cual se entrevistó con dirigentes demócratas cristianos, comunistas (con los que tuvo excelentes relaciones), fascistas (a los que cuestionó) y hasta con el cardenal italiano Ángelo Roncalli, luego ungido papa como Juan XXIII.

“Si de verdad lo va a hacer, le recomiendo dos cosas: que prescinda por completo de todo papelerío burocrático, y que se consagre sin límites a su tarea”, fue la sugerencia de Roncalli, la que fue clave para la tarea puesta en marcha a partir de su regreso a la Argentina, no sin antes del mismo haber obtenido del dictador español Francisco Franco de quién logró la conmutación de la pena de muerte a la que había sido condenada la guerrillera comunista Juana Doña Jiménez.

“A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de rojos porque habían participado en la Guerra Civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada” fue el comentario de Evita respecto de su conversación con Carmen Polo, la esposa de Franco, a la que cuestionó las duras condiciones de los pobres en España.

Ni bien regresó a la Argentina con el mismo Hernán Benítez y el médico Ramón Carrillo lanzó la “Cruzada de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón” que devino, el 8 de junio de 1948, en el lanzamiento de la Fundación Eva Perón, mientras el 28 de agosto dio a conocer el decálogo sobre los derechos de la ancianidad, luego incorporados a la Constitución Nacional de 1949, y con el correr del tiempo se crearon varios hospitales y otros organismos sociales, desde la sede de la Fundación, Paseo Colón 850, hoy Facultad de Ingeniería.

Con espíritu keynesiano consideraba prioritario generar trabajo y así apuntando sobre todo a mujeres desprotegidas obsequiaba máquinas de coser y tejer, y otros bienes de capital que permitiesen desarrollar tareas productivas no sólo para atender las necesidades del hogar sino también para vender por lo que se encargó de la distribución de la mercadería producida convirtiéndolas en micropymes, muchas de las cuales, con el correr del tiempo crecieron y devinieron en pymes.

Aunque con una participación modesta, esas mujeres que como subsidio habían recibido máquinas de coser o de tejer, en su mayoría, contribuyeron a incrementar el Producto Interno Bruto argentino y a que ellas mismas, asociándose en cooperativas y hasta incorporando luego empleadas, se sumaron a la generación de riqueza, al tiempo que ella también ayudaba a construir el poder político de las mujeres, una necesidad planteada en el Siglo XII por el gran pensador cordobés Ibn Rusd (Averroes).

Fernando Del Corro es periodista, historiador, docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.



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