Etiopia, la resonancia de una voz silenciada

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Guadi Calvo

Hachalu Hundessa, cantante asesinado

Miles de jóvenes recorren las calles de Addis Abeba, la capital de Etiopia, con remeras negras que rezan “Yo también soy Hachalu”, en recordación de la estrella musical Hachalu Hundessa, de 35 años, quien, en un hecho no esclarecido, tras ser herido de varios disparos en su automóvil, la noche del pasado 29 de junio, en el área de Gelan, un suburbio capitalino, moría horas más tarde en el Hospital General Tirunesh Beijing.

La noticia hizo que miles de sus seguidores se convocaron frente al hospital, y se iniciaran una serie de protestas, que se generalizaron en diferentes barrios de la ciudad, como en Addisu Gebeya, Lam Beret, CMC, Kara y Ayat Real State y particularmente en el cotizado barrio de la Cumbre, donde residentes dijeron estar armados durante toda la noche, para defender sus propiedades.

Los choques que se generaron entre los manifestantes y la Ambo, el pueblo natal del ídolo asesinado, a cien kilómetros al oeste de la capital a lo largo de los días alcanzó a los 170 muertos. Además, cerca de 300 autos y colectivos fueron asaltados e incendiados en Addis Abeba. Dado el caris que habían tomado las primeras protestas, la policía informó la detención de varios sospechosos del asesinato, sin especificar más nada.

El cantante, en una entrevista televisiva, la semana anterior denunció haber recibido amenazas de muerte, ya que Hundessa, además de ser un reconocido artista popular, llevaba una intensa actividad como militante político: durante los años más duros de la represión, cuando muchos artistas y referentes políticos escapaban del país, eligió seguir denunciado al gobierno, por lo que su voz encarnó el reclamo de las grandes mayorías de todo el país por libertad, justicia y bienestar.

Sin embargo, su prédica se centraba en favor de la etnia a la que pertenecían los oromos, la más numerosas de las nueve que conforman Etiopia, con cerca de 25 millones de miembros, del total de los 105 millones habitantes que tiene el país del Cuerno de África. Esa etnia, históricamente ha sido la más postergada por los sucesivos gobiernos centrales, desde la creación de la moderna Etiopia durante el gobierno del emperador Menelik II (1889- 1909) quien unificó el país. El mes pasado, el cantante, montado en la ola del Black Lives Matter que está derribando estatuas de figuras controversiales de las historia prácticamente en todos los países del mundo, reclamó que se eche abajo la del viejo emperador, emplazada en el barrio de Piasa, de la capital del país.

Hachalu Hundessa, más allá de que sus composiciones se centraban en su etnia, fue seguido por miles de jóvenes pertenecientes a otras, al punto que sus canciones que denunciaban la marginación económica y política de los oromos, durante las manifestaciones antigubernamentales de 2018, que terminaron con el gobierno de Hailemariam Desalegn, se convirtieron en la música que alentó aquellas protestas.

Tras la renuncia de Desalegn, envuelto en cargos de corrupción y acusaciones de autoritarismo y acosado por las intensas manifestaciones, sería reemplazado por Abiy Ahmed, quien se convertiría entonces en el primer oromo en llegar a ese cargo, siendo, además, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, por haber logrado el fin de la guerra entre su país y Eritrea, que desde 1981 dejó entre 60 y 300 mil de muertos, según estimaciones de distintos observadores.

El crimen de Hundessa, netamente político, ha hecho estallar el endeble equilibrio que mantenía el actual Primer Ministro, con una complicada agenda electoral, dado que el próximo 29 de agosto se disputarían las presidenciales, aunque el 10 de junio pasado, la Cámara Alta del Parlamento resolvió postergarlas entre nueve meses y un año, por el estallido de la pandemia, por lo que se prolongó el mandato de Abiy hasta entonces. Demasiado tiempo para un Primer Ministro que estaba sufriendo un desgaste importante en su gestión de gobierno, ya que no ha respondido a las expectativas de los oromos, que esperaban ser revindicados con la llegada de uno de los suyos. A lo que hay que sumarle la cada vez más tensa relación con Egipto por el llenado de la Gran Presa del Renacimiento (ERGE), que producirá una grave merma en el curso del Nilo (Ver: Egipto-Etiopía: Las aguas bajan turbias) que podría precipitar un conflicto bélico, con sus vecinos del norte.

Tras conocerse la noticia de la muerte del cantante, sus fanáticos no solo han aturdido las calles de Addis Abeba, sino también las de Ambo, su pueblo natal, a cien kilómetros al oeste de la capital, e incluso muchos de los casi 100 mil etíopes o descendientes, que viven en el Reino Unido, el pasado día tres se manifestaron frente a las puertas de Downing Street, la residencia del Primer Ministro británico Boris Johnson, en Londres, para reclamar el esclarecimiento del asesinato.

La disputa por el símbolo

Sin duda las circunstancias de la muerte de Hachalu Hundessa lo catapulta a la estatura de leyenda y símbolo para su etnia y también para muchos de los jóvenes de otras etnias que, sin futuro, se debaten entre el permanecer o buscarse la vida fuera de país, (Ver: Etiopía: La larga caravana de los invisibles.), por lo que ya ha traído controversias el destino de sus restos.

A pocas horas de conocerse su muerte, el gobierno, obedeciendo la “voluntad” de su familia, decidió trasladar el cuerpo a Ambo, en Oromia, el estado más grande de Etiopía que rodea a la capital y que tiene un tamaño similar al de Alemania.

Cuando el cortejo fúnebre había hecho apenas 15 kilómetros, de los cien a recorrer, se detuvo en Burayu, donde durante las protestas de 2018 fueron asesinados por el gobierno cerca de setenta oromos, miles de personas, llegadas en camiones, buses e incluso a pie, desde la capital y otros puntos del país, esperaban la caravana que trasportaba el cuerpo del nuevo mártir. Muchos se encontraban en estado de shock, transidos por el dolor y la indignación, que pretendía llevar a su ídolo otra vez a Addis Abeba, para que sea enterrado allí. Entre ellos, se encontraba el ex magnate de los medios de comunicación, Jawar Mohammed, que tiene claras apetencias políticas, quien finalmente fue detenido junto a un importante político oromo, Bekele Gerba y otras 35 personas, lo que provocó una trifulca en la que murió un policía.

Dado que todas las rutas se encontraban bloqueadas por los fanáticos, las autoridades decidieron trasladar el cuerpo hasta Ambo, en helicóptero, donde sería enterrado el día jueves. A partir de la disputa en Burayu, se incrementaron las protestas, con la consiguiente represión policial lo que disparó el número de muertos que, según los últimos datos, se aproxima a los 170, a los que se debe agregar centenares de heridos y miles de detenidos.

Durante la semana que prácticamente duraron las manifestaciones, una multitud pretendió derribar la estatua del emperador Menelik II, para cumplir con uno de los últimos deseos de Hachalu, pero fueron dispersados por la policía, la que, además debió montar un fuerte cordón de seguridad a su alrededor que todavía se mantiene.

Son muchos los interesados en desprestigiar el gobierno del Primer Ministro Abiy Ahmed, el que, de ser el responsable de la muerte de Hachalu, prácticamente habría firmado su suicidio político, por lo que quizás se tendría que poner la mirada en sus enemigos políticos locales, hasta llegar al propio rais egipcio, el general Abdel Fattah al-Sisi.

Más allá de cualquier presunción, la muerte de Hachalu, significa para el pueblo etíope un golpe profundo y quizás el anuncio de tiempos en el que el silencio será atronador.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC


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