Epidemias, pandemias y cuando el estigma nos alcance

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María Cristina Rosas

Epidemias, pandemias y cuando el estigma nos alcance

Las políticas de salud demandan una mejor comunicación entre gobiernos y sociedades, amparada en educación, por un lado, y un sistema de salud promotor del bienestar y del acceso con equidad, responsabilidad y alejado de los estigmas.

Con motivo del brote del coronavirus 2019-nCoV de Wuhan, muchas personas me han preguntado si es buena idea repatriar a los connacionales que se encuentran en la República Popular China (RP China). Su argumento es: “¿qué tal que vienen enfermos y nos contagian?”. Si bien se puede entender que exista preocupación respecto a la posibilidad de contagio frente a una enfermedad nueva y para la que no hay vacuna, es verdad que la estigmatización conduce a pensamientos y reacciones xenófobas, muchas veces en contra de los derechos humanos más fundamentales. El argumento parte de varios supuestos e hipótesis: que si los mexicanos que se encuentran en el territorio chino están enfermos, mejor no vengan -pero entonces, ¿deben quedarse allá, aislados, lejos de sus familias?-; que casi casi es su culpa estar en el país asiático justo cuando apareció el brote del coronavirus; que hicieron mal en ir allá, sin importar el motivo de su presencia en ese país -sea por estudios, intercambios, negocios, comercio, turismo u otra razón.

Así, una de las consecuencias más importantes de las epidemias y las pandemias es el estigma que se genera en torno a ellas. Esto es quizá más dramático en el momento actual, justo a la luz de la globalización, de la facilidad con la que las personas pueden viajar, lo que abona a la posibilidad de que el brote que se produce en cierta parte del mundo, se expanda rápidamente a otras latitudes, incluso remotas. Pero también las enfermedades viajan en el planeta casi a la misma velocidad que la información, veraz o no, sobre ellas. Las noticias falsas, la opinología, las profecías que van desde Rasputín hasta Los Simpson, apoyan la creación de percepciones erróneas sobre la salud y sus flagelos.

En su Informe sobre la salud en el mundo 2007, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recordaba que, en 2003, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), un coronavirus en ese tiempo nuevo (SARS-CoV), fue asociado, en el imaginario colectivo, con el miedo generado dos años atrás de cara a la amenaza bioterrorista por esporas de ántrax diseminadas deliberadamente en paquetes postales en Estados Unidos justo días después de los atentados terroristas perpetrados en Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania. La posibilidad de que alguien manipulara un patógeno para hacer daño a una determinada comunidad, generó miedo y ansiedad y el contexto político abonó a esa percepción. El SARS, lamentablemente, fue percibido en esos términos.

Así, cuando irrumpió el SARS-CoV, primera enfermedad grave en el siglo XXI, las reacciones fueron de la mano de sus potenciales repercusiones en la salud pública y en la economía de la RP China y otras naciones, al igual que en el resto del mundo. Como explica la OMS, el SARS tenía características que lo perfilaban como una enfermedad de importancia internacional y como amenaza a la seguridad sanitaria: si bien fueron gatos civeta quienes lo transmitieron al ser humano (zoonosis), a continuación su propagación era de persona a persona. Por si fuera poco, y a diferencia de otras enfermedades, no necesitaba vectores, no mostraba afinidad geográfica concreta, su período de incubación silenciosamente tomaba una semana, se parecía a otras enfermedades de las vías respiratorias y, peor, afectó especialmente al personal hospitalario que atendía a los pacientes. Con una tasa de letalidad estimada en un 10 por ciento, el SARS no parecía tan grave a comparación de otras enfermedades más mortíferas -la rabia, por ejemplo, al atacar al sistema nervioso central tiene una tasa de letalidad cercana al 100 por ciento, en tanto el ébola es mortal en el 83 por ciento de los casos. Sin embargo, por ser muy contagioso y por haberse extendido a diversos países del mundo a través de rutas aéreas internacionales -un caso dramático fue la ciudad de Toronto, en Canadá-, se sabía que todas las ciudades con un aeropuerto internacional podían recibir casos importados.

Estos elementos favorecieron la estigmatización de la enfermedad y de quienes la padecían: por ser un padecimiento nuevo, mortal y del que se sabía poco, el SARS dio pie a una ansiedad pública que llevó a que las personas cancelaran viajes a las zonas afectadas, mientras que las economías asiáticas enfrentaron pérdidas económicas millonarias. Los costos del SARS se estiman en 40 mil millones para la economía internacional, porque además de la enfermedad, la globalización posibilitó que los efectos económicos se extendieran a los ámbitos financiero, el de viajes, el comercio, etcétera. Cierto, uno de los beneficiarios fue el sector farmacéutico, pero su desempeño no pudo paliar la estigmatización que se generó en torno a la nueva enfermedad. La presencia de asiáticos en diversas latitudes -fueran o no chinos- generaba reacciones xenófobas, de miedo y rechazo. Los vuelos hacia y desde los países del continente asiático lucían vacíos. Las exportaciones chinas declinaron ante la percepción de que pudieran ayudar a la propagación de la enfermedad a otros países -algo que los expertos se cansaron de desmentir -aunque la narrativa de los medios de comunicación en diversas partes del mundo potenciaba los temores y la estigmatización.

Para el momento en que la influenza A H1N1 apareció en abril de 2009, una vez más predominaron los miedos que generaron respuestas racistas, xenófobas y la estigmatización, esta vez en torno a los mexicanos. Entre abril y noviembre de 2009 se tuvieron 54 mil casos confirmados de influenza A H1N1 en México con una tasa de letalidad sumamente baja -398 muertes o bien 0. 73 por ciento. Empero, el desconocimiento de la población sobre los protocolos para prevenir el contagio ante una emergencia sanitaria, desencadenó una suerte de histeria colectiva, alimentada por las medidas que las autoridades, de conformidad con el reglamento sanitario internacional (RSI) de la OMS -aprobado en 2005, que entró en virgo en 2007 y que México estrenó- pusieron en marcha. La interacción social a la que la población está acostumbrada en el país, se vio súbitamente modificada ante la suspensión de clases a todos los niveles; el cierre de restaurantes, estadios y lugares de entretenimiento y espectáculos; y otras medidas que para el ciudadano de calle equivalían a esperar lo peor. La epidemia se produjo también en muy mal momento, pues en 2008 el mundo había padecido una terrible crisis económica y como Estados Unidos, principal socio comercial de los mexicanos, entró en recesión, los impactos de este hecho en la economía nacional fueron terribles. A ello se sumaron las pérdidas económicas emanadas de la epidemia, estimadas en 57 mil millones de pesos o bien el 0. 7 por ciento del producto interno bruto (PIB).

Pero México no sólo tuvo que lidiar con eso: el sector salud se vio rebasado ante el flujo de personas que, preocupadas por la sintomatología que presentaban, abarrotaron los hospitales. En 2009, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tuvo un déficit del 316 por ciento en su presupuesto ante la demanda social. En el exterior, el mundo veía a México con recelo. Diversas naciones suspendieron vuelos a México -un caso muy comentado y criticado fue la decisión de la entonces Presidenta de Argentina, Cristina Fernández, de suspender vuelos entre su país y el nuestro, repatriando además a 229 argentinos. Otros países latinoamericanos que adoptaron medidas similares fueron Cuba, Ecuador y Perú. La RP China también canceló vuelos a México y repatrió connacionales. Estudiantes mexicanos que se encontraban en diversos países fueron agredidos y discriminados -en la RP China se les aisló y cuarentenizó aun sin presentar síntomas. Las exportaciones mexicanas fueron rechazadas, por ejemplo, las de carne de cerdo, por considerarlas fuentes de contagio. Haití, un país al que México envía ayuda con frecuencia, rechazó en mayo que un barco mexicano que portaba víveres y otros implementos con fines humanitarios llegara a la nación caribeña por temor a contagiarse de influenza. Es muy posible que el que México estrenara no sólo el RSI sino que aplicara las medidas ahí previstas -como proveer información a la OMS sobre el brote y su propagación, entre otras cosas, lo que abonó al escrutinio público- contribuyera a que el mundo, poco acostumbrado a que se proporcionara información epidemiológica en esos términos, reaccionara de la manera en que lo hizo. Cuando el SARS vio la luz, el RSI imperante, databa de 1969 y sólo estaba pensado para brotes de cólera, peste y fiebre amarilla. Esto no significa que México debió quedarse callado y no notificar: más bien se trata de informar de una manera veraz sobre un brote y su evolución, lo que no sólo puede posibilitar el flujo de asistencia y la cooperación internacional para enfrentarlo, sino también la reducción de las posibilidades de que países con sistemas de salud precarios colapsen ante su arribo. Mucho se ha hablado de lo costoso que es para un país notificar, pero rara vez se menciona lo costoso que sería no hacerlo.

El Síndrome Respiratorio del Medio Oriente (MERS-CoV) es un coronavirus identificado por primera vez en Arabia Saudita en septiembre de 2012 –si bien estudios retrospectivos encontraron casos del MERS en Jordania en abril del mismo año-, y desde entonces ha causado enfermedades graves e incluso la muerte de personas en varios países. En el año 2014 se produjo un incremento sustancial en el número de casos de individuos aquejados por la enfermedad. En 2015, los casos de brotes más relevantes del MERS acontecieron en los Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Corea del Sur. Hacia 2018 se tenían confirmados 2 144 casos de los que al menos 750 fallecieron involucrando a nacionales de 27 países. Esto sugiere que la tasa de letalidad del MERS-CoV ha sido significativamente mayor que la del SARS-CoV y la de la influenza A H1N1 oscilando entre el 30 y el 37 por ciento. Comparativamente con el nuevo coronavirus 209-nCoV, el MERS es el que ha resultado más letal y su estudio y características se tornan de la mayor importancia en previsión de nuevos brotes y enfermedades por esta familia de patógenos. Si bien se han documentado más ampliamente las consecuencias económicas del MERS-CoV en Corea del Sur, en donde se propagó la enfermedad cuando viajeros surcoreanos que visitaron países de Medio Oriente se contagiaron, el impacto de la enfermedad en el turismo de la región fue visible. Quizá la estigmatización no fue tan extendida en contra de nacionales de los países árabes, posiblemente porque a pesar de su tasa de letalidad, no tuvo una propagación tan dramática como la vista en torno al SARS, al A H1N1 y menos respecto al nuevo coronavirus 2019-nCoV que al 2 de febrero de 2020, según datos de las OMS, cuenta con 14 557 casos confirmados, de los cuales 14 411 se encuentran en la RP China. La enfermedad se ha propagado a 23 países y se han producido 304 víctimas fatales, todas, salvo una, en la RP China -el primer caso de un deceso fuera de ese país ocurrió en Filipinas. Cabe destacar que estos datos corroboran que el coronavirus 2019-nCoV tiene una baja tasa de letalidad, de apenas el 2 por ciento.

Ante la posibilidad de que el nuevo coronavirus 2019-nCoV llegue a México, cabe preguntar qué tan preparado se encuentra el país para hacerle frente. México ha padecido brotes de influenza del serotipo H1N1 posteriores a 2009, algunos con tasas de letalidad superiores. No hay que olvidar que la influenza tiene prevalencia cíclica y suele ser estacional. Empero el coronavirus 2019-nCoV ha generado una psicosis en todo el mundo, como se explicaba, no en función de su letalidad que, afortunadamente es muy baja, sino por la rapidez con la que se contagia. Esto no significa que no pueda derivar en un grave problema de salud pública en México, donde no se cuenta en estos momentos, con una cobertura amplia para la población tras la cancelación del seguro popular. Aunado a ello, la infraestructura existente para hacer frente a una emergencia sanitaria es limitada. Sólo un reducido grupo de hospitales de primer nivel, la mayoría asentados en la Ciudad de México, cuentan con la capacidad para realizar pruebas de reacción en cadena de la polimerasa -que permite efectuar estudios genéticos en cualquier campo de la ciencia y que, de manera específica, en el caso de la medicina, posibilita la identificación de patógenos que se encuentran en nuestro cuerpo-, entre ellos el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), el Hospital Siglo XXI y La Raza del IMSS, el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, y el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Si se considera que el desmantelamiento del seguro popular ha dejado a la mitad de la población sin acceso a servicios de salud y que la prueba de reacción en cadena de la polimerasa tiene un costo superior a los 10 mil pesos en hospitales privados, se tiene un panorama preocupante, al que se suman la escasez de medicamentos para una amplia cantidad de padecimientos, y la saturación y sobredemanda de los hospitales y centros de salud existentes, tan sólo para lidiar con los problemas de salud del día a día de millones de mexicanos.

La salud es una condición que no se aprecia cuando se tiene, sino en ausencia. Cuando no está presente, las personas simple y llanamente no pueden desarrollar sus actividades cotidianas y, sin el acceso a tratamientos, medicamentos y expertos, puede ser empobrecedora al requerir desembolsos de bolsillo muy onerosos para los enfermos y sus familias. Por eso las políticas en materia de salud no pueden ser políticas de gobierno: necesariamente deben ser políticas de Estado, lo que abonaría a favor de la prevención a través de la regulación del sector salud más allá de los cambios de gobierno.

El efecto de las epidemias y pandemias en el mundo, se ha visto que es costoso en diversos ámbitos: el económico, el político, y el social. Sin embargo, también han generado cuestionamientos respecto a las percepciones sobre los riesgos asociados a las enfermedades emergentes, dando a la salud un protagonismo que debe mantener, por el bien de las sociedades. Como se ha visto, la ignorancia genera estigmas y posibilita violaciones a derechos humanos fundamentales. Las políticas de salud, entonces, demandan una mejor comunicación entre gobiernos y sociedades, amparada en educación, por un lado, y un sistema de salud promotor del bienestar y del acceso con equidad, responsabilidad y alejado de los estigmas.

– María Cristina Rosas es catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Preside el Centro de Análisis e Investigación sobre Paz, Seguridad y Desarrollo Olof Palme A. C. Miembro del Consejo Consultivo de la Agencia Espacial Mexicana y del Panel de Expertos de la Comisión de Cooperación Ambiental del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

https://www.alcaldesdemexico.com/de-puno-y-letra/epidemias-pandemias-y-cuando-el-estigma-nos-alcance/


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