Entrevista a Gioconda Belli: Lejos de una Nicaragua irreal

Carolina Arenes

Desde su segundo exilio, esta vez en Madrid, la autora de El país de las mujeres repasa su obra, da claves para entender el devenir autoritario del gobierno nicaragüense y reflexiona sobre los progresismos latinoamericanos.

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Vivió en Madrid cuando era una adolescente. Como muchas hijas de familias acomodadas en la Nicaragua de la década de 1960, estudió en un internado de señoritas en la gris España del franquismo y muchas veces después, a lo largo de la vida, soñó con volver a vivir un tiempo en Europa. Pero no imaginó que esa segunda oportunidad se materializaría de este modo, en la forma de otro exilio, el segundo exilio de su vida, esta vez ya no en México y Costa Rica, escapando de la dictadura de Anastasio Somoza en tiempos de su militancia en el sandinismo, sino como parte de la oposición política nicaragüense de hoy, perseguida y encarcelada por el régimen de su ex-compañero de ruta, el actual presidente de Nicaragua Daniel Ortega.

Gioconda Belli nació en Managua en 1948 y es hoy una escritora exitosa y premiada –poeta, narradora, ensayista–, reconocida con algunos de los galardones literarios más prestigiosos del mundo y autora de una obra prolífica. Entre sus poemarios se cuentan Sobre la grama (1972), Premio Mariano Fiallos Gil de Poesía de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua; Línea de fuego (1978), Premio Casa de las Américas, y Mi íntima multitud (2002), Premio de Poesía Generación del 27. Entre los textos de ficción, destacan La mujer habitada (1988), su primera y emblemática novela, Premio Novela Política del Año de los Libreros, Bibliotecarios y Editores de Alemania (Fundación Friedrich Ebert); El infinito en la palma de la mano (2008), Premio Sor Juana Inés de la Cruz, y El país de las mujeres (2010), Premio Hispanoamericano de Novela La Otra Orilla, entre muchas otras.

Desde que una jovencísima Gioconda Belli sorprendió a la comunidad literaria de su país con la fuerza y el desenfado de sus primeros poemas, construyó una obra literaria en la que naturaleza, sensualidad y rebelión encuentran un cauce común, una voz poética poderosa y a la vez delicada, profundamente vital, que no renuncia a la alegría y que no tiene por objetivo escandalizar, pero tampoco está dispuesta a silenciarse por temor al escándalo.

Y eso, esa seguridad, esa valentía, pueden leerse tanto en el plano de sus visiones sobre el feminismo como en sus ideas políticas, antes y ahora. Así, si sus poemas de juventud sacudieron a la conservadora sociedad nicaragüense de los años 70 con esos versos candentes sobre el cuerpo femenino, el deseo y el erotismo, hoy, a los 73 años, la «poeta del erotismo», como se la llamó en algún momento, corre la discusión hacia allí donde se vuelven a instalar los tabúes: habla de menopausia aunque incomode y reivindica el derecho al erotismo más allá de la edad. Ya escritora consagrada, madre y abuela, sigue siendo una feminista lúcida que cree en el poder del ser y del cuerpo femenino y en su capacidad para construir una sociedad mejor, como imaginó en El país de las mujeres, novela en la que las líderes del Partido de la Izquierda Erótica limpian y sanan a ese país de su imaginación, Faguas, tan parecido a Nicaragua.

Y así también, si a los veintipico de años la mujer casada y ya madre de dos hijas enfrentó los mandatos de su época y de su clase al abrazar la causa revolucionaria, y estuvo dispuesta a correr riesgos, a ver morir a muchos compañeros y a pagar el precio del exilio, la intelectual de hoy se atreve a enfrentar los tabúes de su propia tradición política y a denunciar «la ceguera de la izquierda para consigo misma».

A más de 20 años de la publicación de El país bajo mi piel, el libro de memorias que selló su revisión crítica de la experiencia sandinista, y cuando la deriva autoritaria del régimen nicaragüense profundiza la represión desde las protestas ciudadanas de 2018, la ex-compañera sandinista define a Ortega como un dictador sin escrúpulos y anticipa que está por publicar un nuevo libro, Luciérnagas, en el que reúne artículos que dan una idea de cómo y por qué sucumbió el sandinismo.

Crítica de los gobiernos de Cuba, de Venezuela y, por supuesto, del de Nicaragua, encuentra en cambio en la experiencia de Gabriel Boric en Chile un indicio de esperanza para una izquierda democrática posible.

En esta entrevista, habla de su vida actual en Madrid, de las lecciones del pasado y de la necesidad de nuevos paradigmas: «Todavía me queda la esperanza de que de la izquierda fallida y estancada pueda salir la palabra ardiente que dibuje alternativas capaces de despertar la energía y la imaginación de la gente».

¿Cómo vive este segundo exilio?

Lo que ha pasado en Nicaragua desde la rebelión popular de 2018 nos ha enfrentado a muchos con una profunda sensación de irrealidad. Ya era irreal para mí ver los símbolos del sandinismo y de la revolución usados como parafernalia decorativa. Rosario [Murillo, esposa de Ortega y vicepresidenta de Nicaragua] resignificó al sandinismo y lo vistió de colores psicodélicos y lo volvió religioso y corporativo, para retomar el poder en 2007. Daniel [Ortega, presidente de Nicaragua] fue un lobo que se vistió de oveja. Tuvieron éxito engañando a una parte del pueblo, pero en 2018, a la más leve provocación, reaccionaron con tal violencia que ellos mismos generaron un movimiento de rechazo que los hizo tambalearse. Para salvar su poder, desde entonces, han recurrido sin escrúpulos a todos los medios posibles de represión, sin importarles la justicia, el país o la opinión pública internacional. Para mí, este exilio es una prolongación de esa sensación de irrealidad, de que mi país, por cuya libertad tantos murieron y muchos entregamos nuestra juventud, haya terminado en manos de dos desalmados. Uno quisiera no creer en lo que está pasando. El exilio tiene esa misma cualidad irreal, extraña.

¿Y cómo impacta en su escritura, en las ganas de escribir?

Todavía no sé evaluar plenamente el efecto del exilio sobre mi obra, pero mi disposición a esta nueva fase a la que me han obligado mis decisiones y posiciones es positiva. He perdido una situación vital en la que estaba tranquila, al menos en términos materiales, con mi casa en Nicaragua, mis libros, mis cosas ya en el lugar donde pensé pasaría el resto de mi vida, pero era difícil aceptar lo que iba sucediendo en el país y bueno, la pandemia fue paralizante y no conducente a la quietud creativa. Pero la vida nos da y nos quita. Hace años pensaba cuánto habría querido vivir en Europa alguna vez. Pensé que nunca sucedería y aquí estoy. Me estoy desintoxicando de una situación política infame que ocupaba todo mi tiempo y no me dejaba ver el mundo alrededor. Creo que para mi vida profesional estar en Madrid ha sido enriquecedor. Es un gusto leer buenos periódicos, tener acceso a discusiones valiosas, pensar más allá de la caja y de una forma más global, pues si en mi país hay autoritarismo, el fenómeno de estos regímenes rogue, que violan todas las reglas y se sienten impunes tras la cortina del derecho a la soberanía que proclaman, se está extendiendo. Creo que hemos entrado a una época en que los humanistas estamos obligados a intentar perfilar paradigmas nuevos, actitudes diferentes. Todavía me queda la esperanza de que de la izquierda fallida y estancada pueda salir la palabra ardiente que dibuje alternativas capaces de despertar la energía y la imaginación de la gente. Ese discurso movilizador es el que siento que no halla aún las palabras para visualizar una realidad más feliz, más igualitaria, más justa y participativa. En mi novela El país de las mujeres1, las protagonistas miembros del Partido de la Izquierda Erótica proclaman una nueva ideología: el felicismo. La felicidad por encima del pensamiento economicista, el cuidado como ética social, la tecnología como vehículo para ampliar la democracia… en fin.

¿Y cómo fue en lo personal la experiencia de emigrar otra vez, pero a los 72 años, cuando ya había elegido Nicaragua para vivir hasta el final?

Cuando tuve que salir de Nicaragua, en 1975, yo tenía dos niñas pequeñas que tuve que dejar con mis padres. Las volví a ver siete meses después cuando logré asentarme y conseguir trabajo en Costa Rica. Yo trabajaba de día en una oficina de publicidad, pero mi vida estaba en función de Nicaragua, en preparar la lucha contra Somoza. Había un sentido épico, un propósito claro en esa vida lejos del país. Ahora es diferente porque no siento que en esta etapa me corresponda esa lucha contra la nueva dictadura; le corresponde a la gente joven, aunque no deje de estar comprometida. Yo sigo luchando, pero ya desde otra posición. Y esta lucha es más dura porque los métodos represivos son más sofisticados, las mentiras del régimen y sus acciones han desmovilizado a la oposición. Ya no hay organización de base, y al elegir la lucha cívica se hace muy difícil competir contra un ejército y una policía dispuestos a defender el poder de Ortega para conservar los capitales y prebendas con que los han corrompido. En ese sistema, ya no matan selectivamente; matan a mansalva. Esa amenaza es sobre la que sostienen el poder. Es atroz.

El exilio de hoy se vincula con sus críticas a la deriva cada vez más violenta y autoritaria del gobierno de Daniel Ortega. ¿Qué le cuentan los que se han quedado allá y cómo imagina que puede evolucionar la situación?

En Nicaragua reina el miedo. Los gobernantes están aterrados ante la idea de perder el poder. Su libertad depende de que nadie más que ellos sea libre. Ese rumbo es un abismo que solo lleva a que se hunda todo sentido de independencia ciudadana, se corrompa el Estado y su personal a todos los niveles, se empobrezca y hasta desaparezca la posibilidad de futuro. Ortega y Murillo están enfermos de miedo. No pueden gobernar ya. Eso hará que se echen en brazos de quien proteja su impunidad y eso hará que el país sea explotado por el mejor postor. Nicaragua seguirá existiendo, pero esta dictadura está matando la idiosincrasia de ese pueblo: su valentía, su alegría, su energía. Va a ser un país castrado. Estamos viviendo algo parecido al Terror después de la Revolución Francesa combinado con una restauración de la monarquía, porque la pareja y su familia se comportan como una familia real medieval. Pero estas situaciones engendran su propia destrucción. La historia lo enseña. Ellos pasarán. Sanar y reconstruir tomará tiempo.

Usted ha sido muy crítica de Venezuela, de Cuba, de la Nicaragua de Ortega, pero ha dicho que le despierta esperanzas el proceso iniciado por Gabriel Boric en Chile y estuvo en Santiago en marzo para su asunción. ¿Qué tipo de izquierda ve en la propuesta de Boric y por qué la entusiasma? El reciente rechazo de la ciudadanía a la propuesta de una nueva Constitución que debía reemplazar la de Augusto Pinochet, una Constitución que buscaba incluir una gama más amplia de voces en la norma fundamental del país, ¿puede leerse como un límite a los proyectos progresistas y la ampliación de derechos?

A pesar de cuánto queramos pensar que las personalidades no determinan los resultados políticos, pienso que la realidad ha demostrado a menudo lo contrario. Gabriel Boric, como persona, ha dado muestras de estar comprometido con la democracia y los derechos humanos. Sus críticas a Nicolás Maduro y Ortega, desde la izquierda y desde los derechos humanos, han sido importantísimas y se han desmarcado de esa supuesta y falaz «lealtad», y sobre todo de la ceguera de la izquierda para consigo misma. Pienso que el apoyo de Boric al proyecto constitucional fue significativo. No creo que se le hayan pasado por alto las carencias y el voluntarismo de algunas propuestas, pero respetó el consenso, el trabajo del colectivo y se unió al fracaso inicial, igual que se habría unido al triunfo. Me parece un hombre respetable, transparente, al que no lo seducen los juegos del poder. La pregunta es si los pueblos están preparados para un dirigente de esa calidad, si al final no le reprocharán que no sea «político» en el mal sentido de la palabra. Es una paradoja.

En su primera novela, La mujer habitada2, le dio voz femenina a la resistencia del mundo ancestral, indígena, contra la opresión del invasor español y eso a su vez se conectaba con las rebeliones políticas del presente. ¿Cómo vivió la paulatina llegada de representantes de pueblos originarios al poder, empezando por Evo Morales en Bolivia, y más recientemente, de la líder mapuche Elisa Loncón, que fue elegida presidenta de la Convención Constitucional de Chile, y ahora Francia Márquez, afrodescendiente, en la Vicepresidencia de Colombia?

Esa ascendencia de los pueblos originarios es necesaria y la celebro. América Latina es obra del mestizaje. La literatura lo ha reflejado en muchas obras seminales, pero la sociedad en su conjunto sigue siendo racista y desconfiada de doble vía. Y claro, a los líderes de extracción indígena se los observa con lupa, o se los rodea de un halo romántico. Un poco lo que nos pasa a las mujeres, pero la realidad se impondrá aunque el tránsito hacia la aceptación plena habrá que pasarlo porque así es la humanidad. No cambia de un día al otro. La literatura puede ayudar en ese tránsito, está ayudando, pienso.

En El país bajo mi piel3, escribió una memoria política de su generación, la alegría de la lucha colectiva, el sentimiento de un nosotros por sobre lo individual, la euforia emocionada del triunfo y luego el desencanto y la ruptura. Ese libro se publicó en 2001, apenas diez años después del comienzo del fin del proyecto sandinista. ¿Cómo fue el proceso íntimo de esa ruptura? ¿Fue claro desde el principio o hubo momentos de contradicciones, de dudas, de temor a estar «haciéndole el juego a la derecha», por ejemplo, como se decía entonces?

Odio la descalificación implícita en ese «hacerle el juego a la derecha», porque así se suele calificar la crítica que no complace a los dirigentes «revolucionarios». Son muletillas de propaganda, acusaciones fáciles que buscan el desprestigio del mensajero sin ahondar en el mensaje. Creo que hubo mucha levedad entre la dirigencia sandinista con el caso de Daniel Ortega. Sabían sus defectos, pero no lo enfrentaron con valentía. Eso es para mí uno de los misterios de quienes veíamos el proceso, pero no teníamos la autoridad para actuar. Los dirigentes sí tenían autoridad, pero no hicieron uso de ella. Creyeron en la supuesta popularidad de Ortega, a pesar de que había sido derrotado en las elecciones de 1990. Pudieron haber tomado las riendas del fsln [Frente Sandinista de Liberación Nacional], pero se amilanaron, o quizás fueron vencidos por las disputas de poder entre ellos mismos. Ortega se impuso porque carece de escrúpulos. Creo que los otros, hasta su propio hermano calculador, Humberto Ortega, al querer protegerlo del oprobio de la derrota le hicieron el juego. Muy pronto se publicará un libro de ensayos mío que he llamado Luciérnagas, que reúne artículos que escribí en esos años, que dan una idea de cómo y por qué sucumbió el sandinismo.

¿Cómo se relaciona con ese pasado para que la revisión crítica de la experiencia revolucionaria no se convierta en la aceptación de los límites de lo posible? ¿Qué le dice hoy la palabra utopía?

A estas alturas de mi vida, creo que hay que aceptar los límites de lo posible. Aceptar que estos procesos de cambio tienen que tomar en cuenta la realidad de lo que existe y lo que eso significa en términos psicológicos y culturales. Pensar que tener el poder es el pasaje para viajar a la utopía es inmaduro. La compasión y la empatía deben prodigarse hacia el conjunto de la población, embarcar a todos en los proyectos de cambio con un concepto de gradualidad. El enfoque estrictamente economicista falla una y otra vez. Creer que la justicia social se puede hacer a la fuerza aleja la realización de ese objetivo. En Las fiebres de la memoria, contó una historia relacionada con el origen de su familia y con los cruces y mestizajes entre dos mundos, cuando ese duque francés que debe abandonar su país después de un crimen se establece finalmente en un pueblo de la remota Nicaragua, donde debe adaptarse al nuevo lugar y reinventar su identidad para sobrevivir. ¿Cómo fue para usted la experiencia de la emigración y el encuentro con la otredad?

Concebí Las fiebres de la memoria4 como una novela sobre la migración. ¿Por qué historias pasadas nacimos donde nacimos? ¿Cuántos pasados no fueron borrados para que alguien pudiese rehacer la vida en otra parte? Ese antepasado que puebla las leyendas de mi familia, que debió pretender que había muerto, desclasarse, reinventarse, ¿acaso no representa a tantos que hoy cruzan fronteras? Ese dejar de ser para pertenecer a la otredad ha sido parte de la historia humana desde el principio de los tiempos. Y ha sido doloroso, pero también ha creado espacios multiculturales que, si no se rechazan, y si se rodean de un contexto generoso, suelen dar frutos inesperados. Pienso en los españoles refugiados de la Guerra Civil y su efecto en México, en Cuba; los italianos en Argentina; los alemanes y daneses que iniciaron el cultivo del café en Nicaragua. El problema de las grandes migraciones modernas es la pobreza, no la migración en sí. Es la mirada calculadora en términos económicos que lo mira como una carga, es el miedo a lo diferente, la falta de una discusión profunda en cada país que recibe, de cómo hará para que quienes migran puedan hacer vidas útiles y felices. Se ponen parches en las políticas de Estado, pero no se busca cómo tomar ese enorme capital humano para mejorar la vida de todos. Mira que en Europa la demografía es crítica. No se reproducen. Están envejeciendo. El problema es que somos tribales todavía, territoriales. Y que no se le hizo frente al problema de la desigualdad. El colonialismo, el sometimiento, la explotación fueron como una bomba de tiempo. Es metafóricamente parecido al cambio climático. El problema se ve, pero no se hace lo suficiente.

Se la llamó «la poeta del erotismo», una etiqueta que usted solía poner en discusión aunque ya desde su primer libro, Sobre la grama5, su poesía dio voz propia a las mujeres y se atrevió a nombrar el cuerpo, a hablar del deseo, del poder de lo femenino, de la mujer como sujeto y no como mero objeto erótico. ¿De dónde nacía esa búsqueda de libertad, esa rebelión contra los mandatos de la época, que también se extendía a su práctica política?

Así vine de fábrica. No planeé mis «atrevimientos», aunque una vez que se convirtieron en escandalosos, me dio gusto ahondar y expandirme sobre esa zona prohibida de la feminidad. Creo absolutamente en el poder del ser y del cuerpo femenino. Creo que es liberador porque es la primera piedra sobre la que se basa todo el constructo de la dominación de la mujer por el hombre. Apropiarse una de su poder y proclamarlo es como tocar esas trompetas que, en la Biblia, derrumbaron las murallas de Jericó. Como digo en un poema: «En verdad, en verdad os digo; no hay nada en el mundo más poderoso que una mujer. Por eso nos persiguen». Y nos matan, en todas partes y en todas las culturas. Es un horror. Pero la igualdad llegará. No tengo la menor duda.

¿Qué reivindicación había en la cuestión del erotismo al comienzo de su carrera y qué sentido le sigue encontrando hoy? ¿O los tabúes se desplazan y el que una mujer adulta, a los setenta y pico, escriba sobre sexualidad, sobre menopausia y reivindique el derecho al deseo y al erotismo, más allá de la edad, como la Emma de El intenso calor de la luna6, sigue generando incomodidad?

¿Hasta cuándo es lícito el deseo o el placer? ¿Quién cuestiona a los hombres mayores que se casan o se juntan con mujeres jóvenes? La medicina inventa el Viagra y santo remedio. Yo escribo sobre los tabúes porque son eso: tabúes elaborados con la mujer en mente. Como dice mi personaje en El intenso calor de la luna: ¿que acaso vamos a aceptar que a las mujeres solo se nos concedan los 20 años con piel de manzana? ¿Pensar que después de los 40 ser sexy es «indecente»? En mi experiencia, a los 40 es cuando se alcanza la plenitud sexual femenina y nosotras, además, tenemos la sexualidad muy vinculada a lo emotivo, de manera que mientras haya emociones, hay sexualidad. Todo lo que se diga al contrario no es real, es aprendizaje de una sociedad que desvaloriza el cuerpo femenino cuando deja de ser fértil. Craso error masculino.

Antes mencionó su libro El país de las mujeres, en el que imaginó una sociedad gobernada por mujeres. ¿Sigue pensando que si nosotras ejerciéramos el poder político, desde la experiencia y la perspectiva femenina, desde la empatía y el cuidado hacia los otros, el mundo sería un lugar mejor?

Sí, lo sigo pensando.

1. Norma, Bogotá, 2010.
2. Vanguardia, Managua, 1988.
3. Plaza & Janés, Barcelona, 2001.
4. Seix Barral, Barcelona, 2018.
5. Anamá, Managua, 1972.
6. Seix Barral, Barcelona, 2014.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 302, Noviembre – Diciembre 2022, ISSN: 0251-3552

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