Enterré a mi segunda Madre

Pandemia

Yayo Vicente

Tía Yayo

El domingo por la mañana (10 de octubre del 2021) mi Madre le pidió el desayuno a “Bella” (Evelyn Osaba Casco), diligentemente fue a preparárselo. Al volver con el café humeante, galletas de soda y un huevo pasado por agua, ella parecía estaba en su último sueñito. De puntillas salió, sin hacer ruido. Llegué para darle el beso de buenos días, y con mi protocolo golfiteño, abrí la puerta y le prendí la luz.

Mi Gorda había fallecido, estaba plácida, la describiría como linda. Los sentimientos me revolcaron, ¿cómo puede ser?, apenas el día anterior conversamos sin parar. Me decía que por dicha ya no tenía dolores y que el apetito le había vuelto. Brincamos de un tema al otro: política, fútbol, el desempeño de tía Inés en “Quien Quiere Ser Millonario”, la finca, la futura cosecha de aguacates. Nos reímos de las bromas que daba mi tío Nanique y de la travesuras del tío Pavo.

La pandemia nos quitó mucho

Durante esta pandemia, la Tierra siguió orbitando alrededor del Sol. El reloj no se detuvo para nada ni nadie. Por cuidar a nuestra gente querida y cuidarnos nosotros, el contacto social lo bajamos drásticamente. Gente muy querida ha muerto mientras tanto, imposible hacer una lista exhaustiva e imposible no mencionar a mi tía Carmen (Gómez Ash) y a mi segunda Madre.

Las visitas a tía Carmen las reduje mucho. Su súbita muerte fue una desagradable sorpresa y una sensación en el pecho, de si hice lo correcto al dejarme llevar por el consejo racional y sanitario o perdí la oportunidad de disfrutarla más.

Madre, ¿solo una?

Ese cuento de “Madre solo una” es para los salados y yo soy afortunado. Cuando Papá quedó por segunda vez como diputado por Golfito, nos vinimos para San José y nos acomodamos -mientras tanto- en la casa de mis abuelos paternos. Vivían ahí Secundino, Clotilde y mi tía Pilly (María Felicia). En la época Pilly casi me triplicaba la edad, yo con 10 y ella con 27. No era solo la diferencia de género, eran edades incompatibles, intereses muy distintos. Bajo la sentencia de solución provisional, en su cuarto me pusieron mi cama. No hay nada más permanente que lo provisional …

Pilly leía, leía y leía, a mí me molestaba la luz. Un día me puso una lámpara en mi mesa de noche y me dijo, vos también vas a leer. Un hombre que no lee nunca será ni atractivo ni interesante. No era solo leer, ¡qué va!, había todo un cuestionario al terminar: ¿qué te gustó más?, dejame ver las palabras nuevas que anotaste, ¿sabías que cuando él lo escribió sucedía … Sobre Héroes y Tumbas, El Lobo Estepario, Ficciones, El Hambre de Inmortalidad, todos los de Jardiel Poncela, Cien Años de Soledad, El Tercer Ojo, Los Miserables y un sin fin de libros esotéricos … leíamos y leíamos para después hablar y hablar.

Además de compañeros de cuarto y lectura, fui su chaperón, quien la acompañaba a Cinelandia a comprar un disco, o irnos escapados a tanda de tres y después comer un helado en La Garza. Si mis notas no bajaban de nueve, el premio era ir al Restaurante Ana, en Paseo Colón. La relación creció y creció. Ella acompañó mi crecimiento, me hacía los disfraces para “Halloween”, me quiso enseñar a bailar, me consolaba cuando “quebraba” con una novia.

Pilly no se casó, tuvo amores profundos, intensos, dolorosos. También pasajeros y poco significativos, pero no se casó. Hoy mientras escribo, pienso que su fracaso en el amor, me permitió adueñarme de su corazón. Mi primera Madre, murió hace más de 30 años y estando Pilly soltera, no había competencia y las cosas fueron cayendo solas. Pilly se fue convirtiendo en mi segunda Madre y yo en su hijo, mis hijos en sus nietos. Juntos, correspondidos y en una relación simbiótica de ganar-ganar.

Una mujer inteligente

Mi segunda Madre es sumamente inteligente, si me guío por Howard Gardner y Daniel Goleman, tiene en su haber varias inteligencias: – la interpersonal, que le permite ayudar a las personas a identificar y superar problemas, – la intrapersonal, con la que controlaba su propio pensamiento, – la lingüística, con la puede destacarse con sus lecturas y su enorme capacidad de hablar y escuchar, – la corporal, fue una artesana, sus regalos de cumpleaños y navideños los confeccionó ella, hasta quedar incapacitada por su enfermedad, – la emocional, tiene un dominio de sus emociones que raya en el desdoblamiento.

Todas sus virtudes derivan de sus inteligencias, tan suyas y que reunidas en una sola persona, la hicieron singular. Cuando lee el Tarot, oye y aconseja sabiamente. Sensible al sufrimiento del Otro y consigue ponerse en los zapatos ajenos con enorme facilidad, eso la convierte en una mujer empática que le cae bien a tirios y troyanos.

Su longanimidad o resiliencia es característica de personas inteligentes. Mi segunda Madre no duda en ver la mitad del vaso lleno. Cuando se le quemó su casa y se quedó literalmente con la ropa que andaba puesta, pudimos reconstruírsela y reponerle las cosas materiales. Imposible fue rehacerle su biblioteca con sus libros, todos con anotaciones en los márgenes, fotos de una vida, objetos heredados, pinturas de reconocidos artistas, colecciones de los artículos más variados. Entró, recorrió cada uno de los aposentos de la casa, para terminar diciendo: “quedó más linda de lo que era”, ni una sola expresión negativa.

Su preparación autodidacta, le permite platicar con el erudito más preparado y también con personas de escolaridad básica. Esa plasticidad todavía me causa asombro, lo hace con soltura y naturalidad. Para reírse de la vida, para reírse de uno mismo, para poner en perspectiva un hecho puntual, se requiere inteligencia, así que pueden imaginarme esmorecido de risa con sus salidas, con sus novedosos e inusuales comentarios producto de un pensamiento lateral.

Pilly sufrió artritis reumatoide, una enfermedad crónica e incurable y que no mata, al final la dejó con sus manos inútiles. El tratamiento es un diablo para amansar a otro diablo, lastima el estómago y los huesos se descalcifican y los dolores no desaparecen con los medicamentos. Con los años dejó de caminar, dejó de ponerse de pie y no dejó de sonreír. Su mente lúcida le decía que la vida era para ser disfrutada, a pesar de los pesares.

No mato a mis muertos

En la tradición judeo-cristiana se nos trata de enseñar que nuestros muertos pasan a un mejor lugar, que están mejor en un universo paralelo, celestial, eterno en felicidad y luz. Un concepto idílico y tan perfecto que en este mundo terrenal nunca seremos capaces de ofrecer algo ni parecido. Con ojos llorosos y un nudo en la garganta los mandamos y nos consolamos… yo no puedo, es que se me sale el indio, se me sale mi propia visión de vida y muerte, de la existencia y la inexistencia.

Desde el punto de vista de cada uno, solo existe lo que nuestro imaginario reconoce como real. Algunas veces porque lo percibimos con alguno de nuestros sentidos, otras porque lo creamos de la nada. El mono congo que murió recientemente en Corcovado, no existe. El caballero que vende los pasajes de tren allá en Calcuta, no existe. La terrible tormenta que sucedió en Venus, no existe. La mente humana tiene el privilegio de ignorar casi todo.

A veces, por la escasa información disponible, tenemos una concepción difusa. Cuando dejo el carro en la oficina, saludo a Marjorie, la persona que cuida el parqueo, la reconozco y nos sonreímos, “pasá un día maravilloso”, un gesto amable de un humano al otro. No se casi nada de ella: qué la hace feliz, cuáles son sus anhelos, que la pone triste. El asunto es que en mi cerebro Marjorie existe y es real, aunque no tengo la mayoría de sus datos.

Si mañana no despertara
sólo cree que me he dormido.

Piensa en la paz de mi sueño,
te sueño y no me he ido.
También escucha mi música
lee mis libros
usa mi ropa
toma mi copa
bebe mi vino.

No me recuerdes ausente
no me busques en el olvido

Mario Benedetti

Antes de la pandemia, en el parque Braulio Carrillo, me lustraba los zapatos Melvin (Castro Marín), de él se un poquito más. No sabe ni leer ni escribir (no por falta de oportunidades generales, él necesitaba adecuación y no estaba disponible). De Melvin conozco su fecha de cumpleaños, su número de celular, que Elba Mercedes es su pareja. Cuando cerraron los parques, Melvin se quedó con su cajón de betunes y sin clientes, una mañana de lluvia me lo encontré debajo de un alero que no era suficiente para guarecer a Elba y a él. Buscamos una cuartería que he pagado durante esta pandemia, así que también se a dónde vive.

De mi segunda Madre, poco no se. Una vida a la par suya, interminables horas de conversación, situaciones agradables y desagradables en las que ambos nos acompañamos y nos alegramos o consolamos. Es imposible que no exista, no es una negación histérica, mi constructo, sólido y vívido no desaparece con tanta facilidad. Los Aztecas, Mayas y demás pueblos originales, nos enseñan que la muerte ocurre con el olvido. A mi nada se me perdió en el Medio Oriente.

Mi Padre, mi Primera y Segunda Madre, siguen vivos y coleando. No me da la gana olvidarlos, no los voy a mandar a comer arroz con leche en una nube. Viven dentro de mi corazón. Alguna generación venidera matará a mis muertos.

* El fenómeno salud-enfermedad, es complejo y cuando se escala a una población, se le suman infinidad de nuevas variables, haciéndose todavía más intricado. Poner en palabras simples lo que todavía no termino de comprender, ha sido mi reto durante la pandemia por covid-19.


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Un comentario

  1. Gustavo Elizondo

    ¡Qué pena Yayo, con esa pérdida de un ser tan querido! Lo siento y lo comprendo, aun no superamos el duelo de mi hermana. Rescato esa reflexión de que las personas queridas no mueren, se quedan pegadas en la mente, en cada uno de los recuerdos. Gracias por recordarlo.

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