¿Elecciones para qué?

El sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis.alvaro@gmail.com

Álvaro Campos Solís

Mientras en el pueblo algunos ciudadanos nos preguntamos: ¿elecciones para qué? y el Tribunal Supremo de Elecciones continua con los preparativos de los comicios municipales del próximo mes de febrero y las nacionales del 2022, los partidos políticos permanecen a la expectativa, con escaso o nulo interés por lanzarse a la búsqueda de votos y hacer pública su oferta electoral.

Acudir a las urnas en un deber cívico que debe ser respetado, pero jamás interpretado como un cheque en blanco para que la clase política haga y deshaga con los recursos de los contribuyentes, en beneficio propio y de sus allegados. Los expedientes judiciales que se han venido acumulando ofrecen pruebas fehacientes de cómo ha andado la cosa con el manejo de los asuntos municipales en algunos cantones de nuestro país.

Esa conducta asumida por numerosos políticos a lo largo de muchos años es parte importante de lo que hoy provoca alarmantes síntomas de agotamiento de la democracia. Con el agravante de que las denuncias por corrupción no despiertan mayor interés ni preocupación en los partidos políticos que promovieron a esos funcionarios. En caso de que promuevan alguna investigación, los resultados no trascienden. Aprendieron lavar los trapitos sucios en casa.

Esa pregunta de ¿elecciones para qué? debe encontrar respuesta honesta y coherente entre los mismos aspirantes a cargos de elección popular que presenten una oferta clara y viable, capaz de atraer el interés de grandes sectores de la población. En medio de una crisis económica y de valores, los votantes esperan, como un milagro, la aparición de líderes con carisma, ideas renovadoras y principios apegados a la ética y a la ley.

Dicho de otra manera: que en ese proceso el votante sepa identificar a los aventureros que van en por una alcaldía, enterados de los millonarios salarios que perciben esos funcionarios o las jugosas dietas de regidores y síndicos.

Uno como ciudadano espera que las elecciones municipales y nacionales no continúen convertidas en una especie de ritual, como esos matrimonios que sea celebran en las Vegas, Nevada, en las cuales la luna de miel de la pareja desaparece pocas horas o pocos días después de la ceremonia.

Espera, más bien, que los gobiernos locales se involucren, en serio, en la solución del problema del desempleo, origen de numerosas situaciones sociales como la corrupción, la injusticia y la inseguridad. Deben entender que no es lo mismo agudizar el ingenio para crear nuevas fuentes de trabajo que aumentar la burocracia en sus municipios.

Analfabetos políticos

Acudir a las urnas para elegir gobernantes nacionales y cantonales es un deber, casi una obligación, si se toma en cuenta que con ese acto nombramos a nuestros propios administradores, que el cargo está muy bien remunerado y que uno espera honestidad y compromiso. Abstenerse significa caer en el analfabetismo político.

“El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No está enterado del costo de la vida, del precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del calzado y de las medicinas. Ignora que todo depende de decisiones políticas, adoptadas dentro y fuera del país, sentenció el dramaturgo y poeta alemán, Bertolt Brech.

“El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”, afirmó el escritor alemán.

Finalmente, la emisión del voto es un asunto de conciencia que se ejerce con la mayoría de edad. Después de los 18 años de edad a uno no lo engañan, se deja engañar. Como suele decir nuestro pueblo “aquí, ya nadie engaña a nadie”.

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