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Álvaro Campos Solís

El tren eléctrico rápido pasará, pero hasta dentro de diez años

El Sereno

Álvaro Campos Solís

Álvaro Campos Solís

¿Se imagina usted lo que significa esperar en la estación ferroviaria la oportunidad de abordar el tren y que alguien le informe que ese convoy pasará dentro de nueve o diez años? Es como si estuviéramos leyendo una pieza de literatura fantástica con una historia de esas que se empotran en nuestra memoria para el resto de nuestras vidas.

En ese sentido, el Incofer impulsa un proyecto con miras a construir un tren rápido de pasajeros (TRP), movido por electricidad, que cubra los 85 kilómetros que separan a Paraíso de Cartago con el Coyol de Alajuela. Se trata de un ambicioso proyecto con un costo aproximado a los 550 millones de dólares que incluye 46 estaciones, pasos a desnivel y viaductos o puentes sobre profundas hondonadas, lo cual vendría a cambiar el paisaje urbano y sub urbano de la Gran Área Metropolitana.

El objetivo de ese proyecto es encontrar una solución al grave congestionamiento de tránsito que sufren hoy numerosos cantones de la Gran Área Metropolitana, afirma Elizabet Briceño, presidenta ejecutiva de esa institución, de acuerdo con informes de prensa.

Sería ese un tren rápido, confortable, que al prescindir de combustibles fósiles no contaminara el ambiente. ¿Pero habrá que esperar una década? ¿Dentro de nueve o diez años qué no habrá ocurrido en mi casa, en mi pueblo y en el mundo? A lo mejor en el 2030 la gente se desplace por otros medios que ahora ni siquiera imaginamos. Para entonces, algunos modelos de transporte no serán otra cosa más que piezas de museo.

Nada de raro sería, si nos atenemos al vertiginoso desarrollo tecnológico, que para el 2030 millones de autos en todo el mundo descansen en enormes chatarreras y que la gente solo se desplace de su casa a los centros de recreación y por supuesto, al cementerio. Entonces los obreros no tendrán que ir a las fábricas, tampoco los burócratas a sus oficinas pues los robots y la inteligencia artificial se encargarán del trabajo respectivo.

Sin embargo, el tiempo para convertir ese proyecto en una realidad que nos permita viajar con rapidez y comodidad esta condicionado a decisiones de distinta naturaleza que toman muchas personas dentro y fuera del país, lo cual contrasta con la rapidez y la seguridad que impera en la construcción de obras de gran calado en los países ricos y aquellos que caminan hacia el desarrollo.

En esas naciones las carreteras, puentes, puertos, aeropuertos y otras obras de infraestructura no se construyen de un día para otro, pero tampoco hay que sentarse a esperar, siendo joven, a que nos sorprenda la vejez para verlas funcionar.

En China un hotel de 15 pisos fue construido en dos días, ahora construyen el puente más alto del mundo a 565 metros desde su base. Sus vecinos y el mundo lo podrán disfrutar en poco tiempo. Construyeron una estación de tren en tan solo 9 horas, utilizando la mano de obra de 1.500 trabajadores. Ese ritmo de trabajo es el que ha convertido a China en una nación solvente en el plano financiero, pues ahora también se dedica a prestar dinero, como cualquier país capitalista. En menos de 50 años paso de ser un país pobre a competir con la primer potencia económica y militar del mundo. La reconstrucción de Europa, luego de la devastación que dejó la Segunda Guerra, se hizo en un tiempo razonable

En el caso de Costa rica la situación es distinta. Aquí hay que comenzar por diseñar el proyecto, buscarle financiamiento y luego aceptar lo que digan instituciones como la Contraloría General de la República, la Asamblea Legislativa, el Colegio Federado de Ingenieros y Arquitectos, además de la academia y otros grupos con intereses en los negocios del Estado, sin que falte la Autoridad Reguladora de los Servicios Públicos.

Unos y otros buscan errores técnicos, así como cerrar hendijas para que nadie meta las manos en las arcas de un proyecto del estado. No habrá de faltar algún pichón de político que diga: “esa obra la inauguro yo cuando me conviertan en Presidente de Costa Rica” Hasta allí llegaron los esfuerzos del funcionario y las ilusiones del pueblo. El tipo si acaso alcanza a ser diputado, pero desde su curul torpedea el proyecto porque a él y a su partido no les interesa el progreso de nuestro país. Algunos políticos son como chiquillos: si no los dejan jugar, se llevan la bola.

Es el sistema. Es el único que tenemos y ya vemos lo que nos ha costado, incluso cuando desaparece el dinero para la construcción de alguna obra importante o en el caso de otros proyectos que siguen inconclusos 50 años después de haber comenzado. La pregunta es legítima: ¿Por qué los costarricenses somos tan lentos a la hora de tomar decisiones y echar a andar el carro del progreso? ¿Por que tanta desidia de las autoridades cuando una obra pública se paraliza, lo cual provoca el robo y deterioro de los materiales?

Por si lo anterior fuera poca cosa, los impulsores del proyecto deben contemplar las expropiaciones que pasan por un lento sistema de justicia y las apelaciones, pues a países como el nuestro llegan contratistas de todo pelaje. O gobiernos que impulsan proyectos sin sustento alguno y luego le dicen al pueblo que pague esa cuenta, como ocurrió con un posible basurero en Esparza y la ampliación de la carretera Alajuela San Ramon. Miles de millones de colones que han pagado y seguimos pagando cada uno de los costarricenses.

Un cuento de hadas

Aun así, el proyecto resulta como un cuento de hadas, como una ilusión para miles de personas, nacionales y extranjeros, que todos los días viven la experiencia de salir de un embotellamiento para caer en otro y así hasta llegar a su lugar de trabajo, estudio o de regreso a casa, incluso abordar un avión para que lo traslade a otro país. Briceño admite que la idea del proyecto es sacar del carro a miles de personas y de esa manera reducir las presas en la Gran Área Metropolitana.

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