El Partido Demócrata norteamericano tras la elección de Donald Trump

Esta entrevista a James K. Galbraith forma parte de una serie sobre el futuro de los partidos de la socialdemocracia promovida por la revista digita Social Europe y la Fundación Friedrich Ebert.

El Partido Demócrata norteamericano tras la elección de Donald Trump

-En su opinión, ¿cuál es la posición histórica de los demócratas en el sistema político norteamericano y dónde se encuentran en la actualidad?

Los demócratas han sufrido una evolución en su trayectoria. Es el partido político más antiguo de los Estados Unidos, y sólo por resumir muy brevemente la parte final del siglo XX, fue el partido del New Deal, de la Nueva Frontera, de John F. Kennedy, de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson. En el periodo más reciente de los últimos treinta años, se ha convertido en algo distinto de eso: en un partido de centrismo de la Tercera Vía con lo que yo creo que identificamos en Europa como una agenda moderadamente neoliberal, pero en los Estados Unidos, fuertemente ligada al sector financiero.

Hoy se enfrenta a una crisis de esa particular orientación política, que está en buena medida desacreditada y no goza de una amplia base popular. Esto es lo que ha significado la campaña de Sanders, y el intenso atractivo de esa campaña en 2016 para los votantes jóvenes sugiere que el futuro del Partido Demócrata, en lo que respecta a su atractivo popular, está en un rumbo distinto, que verdaderamente abarque de modo substancial propuestas más de reforma y renovación.

-En relación a un análisis DAFO [de debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades], ¿dónde identificaría las fortalezas y las debilidades de los demócratas hoy en día?

Las fortalezas son evidentes por el hecho de que el partido conserva una posición sólida en las dos costas y las debilidades son evidentes por el hecho de que carece de una posición sólida prácticamente en los demás lugares. La polarización opera muy en perjuicio del Partido demócrata, pues el sistema constitucional norteamericano otorga un peso extra a los estados pequeños y las zonas rurales, y el control de estos estados significa también que el Partido Republicano ha logrado controlar la Cámara de Representantes.

El Partido Demócrata no ha logrado mantener una base nacional de organización política y se ha convertido en un partido que responde en buena medida a una clase profesional razonablemente pudiente, socialmente progresista, y que no constituye una base electoral para ganar las elecciones nacionales en los EE.UU. Eso no quiere decir que no pueda conseguir alguna base, dada la alternativa en un momento dado, pero la posición no es en modo alguno sólida, estructural u organizativamente.

-Cuando hablamos de las oportunidades y amenazas a las que se enfrenta el Partido, amenaza es evidentemente lo sucedido en las últimas elecciones con el ascenso de Donald Trump. ¿Cómo encuadraría esto en el contexto del Partido Demócrata? En adelante, ¿dónde cree que se encuentran las oportunidades?

Hasta estas elecciones más recientes, los demócratas habían ganado la contienda presidencial desde los años 80 en una serie de estados del Medio Oeste y el alto Medio Oeste sobre una base consistente. Si se miraba Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, Ohio un poco menos, pero también Minnesota, desde luego, a esto se le conocía como el Muro Azul [color de los demócratas]. Era un conjunto de estados en los que los demócratas advertían que gozaban de una posición estructuralmente sólida.

Quedó claro, sobre todo desde la crisis global de 2007-2009 y la recesión que le siguió, que esa posición se había erosionado porque estaba enraizada en empleos manufactureros y sindicalismo organizado, y esos puestos de trabajo estaban desapareciendo después de la crisis a un ritmo acelerado y este proceso se concentraba en esos estados. Trump se dio cuenta de esto y le sacó partido.

La campaña de Clinton, con hondo arraigo en las élites de ambas costas que dominaban el Partido Demócrata, no supo ver esto de modo adecuado, no logró tomar medidas que lo contrarrestaran ni atraer a esas bases electorales y, de hecho, las trataron con un cierto grado de distancia, si no de desdén. Era algo que fácilmente podría interpretarse como desdén, por la forma en que programaron su campaña.

Por ejemplo, Clinton nunca se acercó a Wisconsin, y en ciertos comentarios que hizo y en la forma en que identificó las bases electorales centrales de su campaña, no llegó hasta estas comunidades. Trump, como él mismo dijo, advirtió esa ira, la aprovechó y esa fue la historia de las elecciones.

Hilary Clinton ganó en voto popular por un margen muy substancial, principalmente gracias a su abrumadora ventaja en el estado de California, pero esos cuatro millones de votos extra no supusieron ninguna diferencia para el resultado, mientras que en esos estados del alto Medio Oeste, fueron decisivos unas cuantas decenas de miles de votos y fue Trump el que consiguió llevarse los votos electorales de esos estados.

-Evidentemente, la amenaza o el desafío del populismo, sobre todo del populismo de derechas, no se da únicamente en los Estados Unidos. Si se amplía un poco el debate, ¿qué recomendaría? ¿Cómo deberían reaccionar los partidos progresistas, en los EE.UU. y más allá, al desafío que plantea el derechismo populista?

Me desagrada el término populismo como peyorativo de utilidad variada en política porque tienden a utilizarlo los miembros de las clases profesionales para describir las apelaciones políticas a bases electorales, digamos, de clase trabajadora. El populismo de finales del siglo XIX en los EE.UU. consistía en un antiguo movimiento sindical. Fue un movimiento de deudores contra acreedores y de defensores del dinero fácil y la plata contra defensores del oro, ese fue el meollo.

Encuentro mucho con lo que identificarme en esa tradición y no me inclino a afirmar despectivamente que habría que oponerse al populismo. El problema del Partido Demócrata es que tenía su centro en el periodo progresista del New Deal que hundía sus raíces en el movimiento laboral organizado: la clase obrera y los sindicatos. Eso se ha visto estructuralmente minado por la desindustrialización de grandes áreas de la economía norteamericana y el partido no ha conseguido mantener una base popular.

Podría haber desarrollado y mantenido esa base, pero prefirió, de muchas maneras, no hacer eso. ¿Por qué no? Porque si se inviste de poder a una base electoral de clase trabajadora, hay que tomar seriamente en consideración lo que quiere la gente de esa base electoral. Resulta evidente que eso habría entrado en contradicción con el compromiso del Partido Demócrata en los años 90 y primeros 2000 con los acuerdos de libre comercio, por recurrir al ejemplo más flagrante.

Habría exigido una política de empleo mucho más, digamos, del mundo real. Habría exigido una capacidad de respuesta que no había a la crisis de vivienda y la ejecución de hipotecas tras la recesión. Lo que ocurrió en el periodo posterior a la gran crisis financiera fue particularmente exasperante, porque todo el mundo pudo ver que se rescató y se protegió a la clase de los grandes banqueros, mientras que la gente corriente propietaria de viviendas, sobre todo la gente que estaba en vecindarios victimizados con prestamos “subprime”, sufrió agresivas ejecuciones hipotecarias.

Existía una furia que se fue acumulando y acumulando sobre la base justificada de que el Partido no había respondido a una serie de necesidades y demandas comunitarias verdaderamente, creo, claramente entendidas.

-Mencionaba usted la base electoral, la clase trabajadora, y uno de los debates que hemos tenido en otras entrevistas de esta serie ha sido: ¿existe todavía una clase trabajadora consistente y qué significa eso? Si se compara, por ejemplo, la posición socioeconómica digamos, de los trabajadores cualificados que disponen hoy de salarios bastante buenos con el personal de limpieza de algún lugar, ¿existe todavía alguna clase de identidad de clase trabajadora o esto se está en realidad deshilachando?

Ese es ciertamente el caso, del que la clase trabajadora es sinónimo, que tiene una cierta naturaleza anticuada, desde luego, pero se da ciertamente el caso que, desde mediados de los años 70 en los EE.UU. la clase trabajadora industrial ha decrecido de modo terminante y sobre todo en las regiones del país que constituían el cinturón manufacturero que se había desarrollado, digamos, desde 1900 hasta los años 50.

Se ha producido un cambio drástico en la estructura económica del país y eso ha hecho decrecer la afiliación, poder e influencia de los sindicatos. De eso no hay duda. El concepto de clase trabajadora abarca a una comunidad divergente…Todavía existe ciertamente actividad manufacturera y parte de ella está realmente bastante bien pagada, y es desde luego mejor ser trabajador manufacturero que estar en el sector servicios de bajos salarios.

Imaginarse de qué modo atraer de forma amplia a esas bases electorales, y a las bases electorales que están en un nivel de renta más bajo, ese es el desafío. Ese desafío lo afrontó, bastante eficazmente, la campaña de Sanders en 2016. Lo que Bernie Sanders proponía era el salario mínimo de 15 dólares, cobertura sanitaria universal y un acceso sin endeudarse a la educación superior, además de un impuesto sobre la renta progresivo y una reforma estructural del sector bancario.

Esas cosas hilvanan conjuntamente algunas necesidades fuertemente sentidas, sobre todo entre la gente más joven, y eso es lo que en mi opinión hizo que despegara la campaña de Sanders. La gente comprendió que no se trataba de una lista ilimitada de la compra llena de ideas. Era un conjunto seleccionado y concentrado, que Sanders presentó y repitió de modo muy disciplinado en el curso de la campaña, y fue así que la gente joven se congregó en torno a esa campaña. Esto sugiere que existe una agenda política que podría configurar la base del Partido Demócrata del futuro.

Por supuesto, buena parte de esto ya lo está asimilando incluso la corriente principal. y Ayer, martes 7 de noviembre, sin ir más lejos, tuvimos elecciones en Virginia y una victoria substancial fue la del candidato demócrata que había respaldado el salario mínimo de los 15 dólares, por ejemplo. Estamos viendo que hay avances en la redefinición de lo que constituye el orden del día, digamos, para los trabajadores, sobre todo para la gente joven que o está trabajando o espera estar trabajando algún día.

-Uno de los debates interesantes es probablemente cómo se relacionan las actividades de campaña en cuestiones tales como una estrategia de comunicación constante o permanente. Una de las cuestiones es que no resulta suficientemente bueno aparecer seis meses antes de unas elecciones, cubrir ciertos temas y, básicamente, lanzar mensajes en un terreno que está muy mal preparado para esto.

¿Cómo se crea un discurso público que afiance básicamente esas medidas políticas mucho más firmemente en los debates que te darían luego la oportunidad en una campaña de convertir esta base en medidas políticas en torno a las cuales suscitar apoyo? Parece muy difícil si la hegemonía en los debates públicos está en otra parte.

Me parece que se trata de un proceso acumulativo, pero para que un proceso acumulativo, para que un programa llegue a un sector amplio del electorado, hay que presentarlo de modo consecuente. Lo extraordinario de Bernie Sanders en 2015 era que, en lo esencial, no se le conocía en el país. Se trataba de un senador de Vermont que se identificaba como socialista democrático y así lo decía, abiertamente y con orgullo, y al que se había tratado en el curso de una larga carrera como una figura muy en los márgenes del debate político nacional.

La gente que le había oído, y yo le había visto ocasionalmente en sesiones del comité bancario de la Cámara y le había oído hablar en el Senado, sabían que se trataba de un tipo de una talla considerable que podía hablar de modo muy efectivo sobre una serie de temas. Cuando se convirtió en candidato presidencial, lo que la gente captaba de él, una personalidad improbable, por lo demás, para convertirse en presidente, es que no se trataba de un candidato refinado con un extenso y variado curriculum como el que tenía la secretaria de Estado Clinton, pero lo que notaban era que se trataba de una persona que era auténtica en lo que creía de antemano. .

Y había ido articulando sus creencias sobre una base congruente. El candidato alternativo, y se podría haber dicho si hubiera habido otros muchos candidatos en la carrera de los que había, el gobernador de Maryland, y podría haber sido el vicepresidente Biden, y así sucesivamente, eran gente que estaba en la tesitura de sumarse a la carrera sobre la base de su curriculum y de idear sus propuestas políticas y desarrollarlas y decir: “Este año aquí es donde me planto”.

Ahora bien, respecto a la secretaria Clinton, por dar un ejemplo más de los tratados de libre comercio, en el caso del TPP, estuvo a favor antes de ponerse en contra, por decirlo en una frase. A cualquiera le quedaba claro a cualquiera que aparecer así en la oposición era algo que hacía no por convicción sino porque era lo ventajoso que había que hacer en las primarias de los demócratas, teniendo en cuenta el desafío que presentaba Sanders.

La gente se da cuenta de que eso no es una posición de principios. La puedes justificar y puedes redactar una propuesta política con sus detalles que la haga parecer plausible, pero la gente no es tonta cuando se trata de estas cosas. Es capaz de advertir la maniobra política. No desprecian necesariamente las maniobras políticas, pero no van a tratar a una persona que presenta sus posiciones de ese modo, no va a otorgarle a esa persona la credibilidad que otorgaba a Bernie Sanders.

Esto es lo que provocó que mucha gente que en realidad no habría estado de acuerdo con Sanders, o que habría dicho, si les hubieras mostrado simplemente sus propuestas políticas: “Qué excentricidad, eso es ridículo, es socialismo”, que habría dicho “No creo que podamos permitírnoslo”, o lo que quiera que hubiesen dicho, cuando se encontraron con las posturas de alguien que había estado abogando por esto de modo consistente, dijera: “Bueno, eso puedo respetarlo, aquí hay una figura que podemos…”

Consiguió un tanto de confianza, digamos, por su franqueza, por su decencia y su honradez, y eso le dio, me parece, un atractivo, entre otras cosas, entre los votantes de clase trabajadora que la secretaria Clinton no fue capaz de igualar.

-Como en casos semejantes de otros lugares, los partidos progresistas tienen un problema de autenticidad, cuando el electorado percibe claramente que se adopta una postura política por razones de utilidad electoral, en vez de por convicción, eso da lugar a esta sospecha.

Sí. El Partido Demócrata tiene un enorme problema de autenticidad y lo ha tenido durante toda una generación. De hecho, se puede decir que la conquista de la presidencia que se produjo en 1992, con Bill Clinton, y en 2008, con Barack Obama, se erigió sobre una base de inautenticidad. Es decir, las ganaron candidatos que gobernaron de manera muy distinta de cómo habían hecho campaña. Con Obama hubo un inmenso arrebato de entusiasmo popular, por el que no mostró ningún interés en lo tocante a desarrollarlo como base política.

Una vez en el cargo, gobernó en asuntos cruciales y, de modo fundamental en la cuestión financiera, como presidente de las élites financieras, que le habían suministrado un sólido apoyo financiero a su campaña. En cuestiones de seguridad nacional, estableció una continuidad esencial con la administración anterior, manteniendo a un secretario de Defensa que quizás no era mal nombramiento, pero sin que viéramos el cambio o la ruptura para la que la opinión pública estaba lista en ese momento.

-Por ultimo, si se mira al futuro, ¿cuáles son las cuestiones políticas o las medidas políticas que cree usted que deben abordar los demócratas con el fin de volver a conectarse y reconstruir esa autenticidad que está claro es condición previa para resucitar su suerte?

Creo que el Partido Demócrata tiene que afrontar el hecho de que perdió las elecciones en 2016 porque había perdido una parte esencial de su base electoral, que no pudo substituir en ninguna otra parte. No perdió las elecciones ni por tejemanejes ni pirateo informático ni los anuncios de Facebook ni Vladimir Putin ni nada de ese género. Perdió las elecciones porque trataba de recuperar la coalición política que había elegido a Bill Clinton y que eligió, con un empujón extra gracias a circunstancias especiales, a Barack Obama.

Esa coalición se había visto debilitada de modo fundamental por la demografía y el cambio estructural e industrial. Esa debilidad se está hacienda más profunda en estos momentos. No es que las condiciones se estén volviendo más favorables para los demócratas. Se trata simplemente, una vez más, de demografía y también de cambios políticos, y a medida que van cayendo estados bajo el control de administraciones republicanas derechistas a escala de los estados, se hace más difícil votar para la población negra.

Hay un asunto de eliminación del voto, que es un hecho real. Al Partido Demócrata le hace falta disponer de una estrategia para volver a ser una organización política que funcione con una base masiva y que sea capaz de aprovechar, bien la posibilidad de recuperar terreno allí donde lo ha perdido, bien de construir una nueva coalición en lugares en los que anteriormente no ha podido vencer.

Si se echa un vistazo al cinturón del sudoeste y algunas partes del sur, se pueden ver tendencias que favorecen a los demócratas, pero que tendrían que acelerarse con el fin de que esos estados pasaran de ser modestamente republicanos a ser sólidamente demócrata. Ese proceso ya ha tenido lugar en Virginia. Carolina del Norte es el límite. Georgia es un lugar que tiene potencial, y Arizona, incluso Tejas. De hecho, en Tejas, Hilary Clinton tuvo mejores resultados en 2016 que Barack Obama en 2012.

Se ve cierto movimiento que se está produciendo en partes del país en las que los demócratas no han ganado en treinta o cuarenta años, desde Jimmy Carter. Una vez más, para que eso funcione, no puede ser un partido que recaude dinero de Wall Street, se lo gaste en anuncios de televisión y espere que la gente se avenga a eso. Puede pasar cualquier cosa cuando tienes a alguien como Trump. Hemos visto que para los demócratas ha sido ésta una buena semana pero no es algo a lo que se pueda uno atener como estrategia para ganar las elecciones presidenciales dentro de tres años.

-Veremos dónde termina todo esto, las elecciones de mitad de mandato son el año que viene, creo.

Las elecciones de mitad de mandato para la Cámara de Representantes se celebran el año que viene. La Cámara resulta extremadamente difícil debido a la manipulación de las circunscripciones, que está muy afianzada Por otro lado, en la mayoría republicana buena parte de sus miembros se retira, lo cual deja escaños vacantes en los que hay mejores oportunidades para la elección de demócratas.

Hay, no obstante, un problema subyacente, puesto que los demócratas tienen que recuperarse en los estados, de modo que no sufran una desventaja estructural en la Cámara de Representantes. Pase lo que pase en 2018, por supuesto, viene luego la Casa Blanca en 2020.

James K. Galbraith es profesor de gobierno y relaciones empresariales en la Escuela Lyndon B. Johnson de Asuntos Públicos de la Universidad de Texas en Austin. Presidente de la Association for Evolutionary Economics, su últimos libro son “Inequality and Instability”, una soberbia investigación empírica y teórica sobre el capitalismo de nuestros días, y “The End of Normal” (“El final de la normalidad”).

Fuente: Social Europe, 6 de diciembre de 2017
Traducción: Lucas Antón


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