El litio y el golpe de Estado en Bolivia

Víctor Flores Olea*

Yacimientos de litio en Bolivia. Flickr

Después de la asonada en Bolivia, pareció calentarse una fuerte discusión que no tenía mucho sentido. Por supuesto que se trató de un golpe de Estado en su corte clásico: la concentración del poder, para aumentar la fuerza de su economía y el control de los medios productivos en el territorio, la emprendió contra el presidente Evo Morales, en este caso para intentar apoderarse del litio que apunta a convertirse en la nueva riqueza que se diseña sobre la tierra, sobre todo en los nuevos productos electrónicos y eléctricos que ya se preparan para el muy próximo futuro.

Por un lado el país más pobre de América Latina, por el otro una tecnología de punta que no posee prácticamente ningún país del sur. En principio nadie hubiera pensado que Bolivia pretendería convertirse en uno de los actores claves del mercado del litio mundial, un metal alcalino indispensable para la producción de baterías. El descubrimiento del más grande depósito mundial de este oro blanco en las salinas de Uyuni en el oeste boliviano, coloca a ese país en una situación privilegiada para el próximo futuro. Pero el presidente Evo Morales, elegido nuevamente en 2006, había imaginado otro escenario: una explotación del litio que no estuviera en manos de las empresas multinacionales del norte, sino bajo la dirección de la estatal corporación minera de Bolivia (Comibol), destinada a la explotación y el posterior tratamiento industrial del mineral.

Le Monde Diplomatique precisa: estamos frente a un complejo industrial de producción de litio y de cloruro de potasio que esperaba, como decíamos, quedar en manos bolivianas.

El propio periódico francés nos dice que tal industrialización debiera elevar al país al rango de una Arabia Saudita de litio, como le gusta decir al ex vicepresidente Alvaro García Linera, ahora exiliado en Argentina.

El planeta cuenta con un número limitado de yacimientos de litio. Ahora que la demanda explota, iPods y computadoras portátiles, incluso el más económico de los teléfonos celulares contiene de dos a tres gramos de este metal. Un automóvil eléctrico debe contar con una veintena de kilos de litio. Se estima que 260 millones de automóviles normales ­circularán en el mundo en 2040, a diferencia de los 4 millones que circulan hoy. La demanda mundial de litio que se estima en 300 toneladas en 2018, debiera alcanzar la cifra de un millón de toneladas en los próximos 10 años. Los precios se han cuadruplicado en los últimos tres años, llegando a los 30 mil dólares por tonelada.

No obstante, más allá de las voluntades gubernamentales, se perfilan con claridad algunos ámbitos de conflicto que emergen de los intereses divergentes de varios actores y de las interdependencias a escala global, nacional, regional y local. A ello se suman los dilemas ambientales: generalmente, la minería tiene considerables consecuencias negativas, y esto también es cierto en el caso de la explotación de litio, sobre todo en una región ecológicamente frágil, como aquella en que se encuentran los principales yacimientos. Las comunidades de la zona, que viven de la agricultura y la ganadería, podrían resultar afectadas por estos problemas.

Desde 2008, las reservas de litio del salar de Uyuni y de otros salares de Bolivia forman parte del debate internacional sobre la explotación de materias primas. Debido a que el país dispone de las reservas de ese mineral más grandes del mundo tiene la esperanza de salir de la pobreza. Ya antes de su llegada al gobierno a inicios de 2006, Evo Morales había prometido abandonar el modelo económico neoliberal e implementar una política orientada a los intereses locales y a la justicia social, dentro de la cual la creación de industrias nacionales debía cobrar una importancia central. En el marco de esa política, el litio tiene un papel estratégico. Su explotación ya no iba a concretarse según las condiciones de los inversionistas privados extranjeros, sino bajo la dirección de la estatal Corporación Minera de Bolivia, que se encargaría de la explotación y su posterior tratamiento industrial.

No obstante la voluntad gubernamental, se perfilan con claridad algunos ámbitos de conflicto que emergen de los intereses divergentes de varios actores y de las interdependencias a escala global, nacional, regional y local.

En mi investigación me he ocupado de las múltiples desigualdades y de los potenciales escenarios específicos de conflicto que se ponen de manifiesto en el contexto de la industrialización del litio en Uyuni.

En este artículo, el foco está puesto en los siguientes temas: los niveles de desigualdad, que configuran un marco general dentro del cual se inserta el programa del litio; dos ámbitos centrales de conflicto que surgieron con el programa del litio: la participación/control social y la distribución de los futuros ingresos y de los costos ambientales.

* Profesor universitario, ensayista, narrador, autor de libros en materia política e internacional, diplomático y fotógrafo mexicano. En La Jornada.

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