El ICE, una historia de amor

Asdrubal Marín

Asdrúbal Marín Murillo *

No sé, mi memoria ya no me deja recordarlo, pero de algo sí no me equivoco, eran los últimos años de la década del sesenta o los primeros de la del setenta. Yo vivía en un remoto lugar que se llamaba “Tronconal”. Nunca supe porqué ese nombre, pero más o menos lo adivinaba. Desde el cerro donde me crié, con una vista panorámica de 360 grados, pude observar desde el dormido volcán El Congo hasta casi la frontera con Nicaragua, desde ver el sol nacer hasta que se ocultaba detrás del volcán Arenal, o sea, de norte a sur y de este a oeste. Desde ese lugar pude observar con mi mirada de niño cómo unos camiones a la distancia dejaban botados cada cien metros unos grandes “troncos”. Entre perplejo y confundido les pregunté a mis padres qué era aquello. Me indicaron que la luz eléctrica estaba llegando al pueblo. ¿La luz llegando al pueblo?, me dije, todo eso me parecía muy extraño, pues era yo precisamente, cada atardecer, quien se encargaba de “echarle canfín a las canfineras” para que la maravillosa luz iluminara nuestra casa, pero resultaba que ahora la luz llegaría al pueblo en grandes “troncos” y no en “canfineras” y sin necesidad de canfín. Poco a poco llegaron esos mágicos “troncos” y los fueron clavando en grandes huecos, luego pude ver cómo muchos trabajadores pegaban cables en ellos y al poco tiempo se iluminaron muchas casas y con la luz llegó la televisión. En las noches nos íbamos a la “pulpería de Manuel Villalobos” (qdDg) a ver la “televisión”. Que hoy en día, bien vale recordarlo, era Canal 7. “Claro”, no era “Tuyo”, ni era mío, pero tampoco era “Móvil”. Por eso teníamos que ir a la “pulpería”. ¡Cómo cambian los tiempos!

Si no me equivoco eran muy pocas las casas que para ese entonces había en “San Juan de Florencia”. Creo que los “troncos” superaban en número a las casas, pero eso no importaba, aunque mi ingenuidad infantil no lo percibía, el ICE, institución del “Estado Benefactor”, en su condición de empresa estatal solidaria, tenía como fundamento último llevar el desarrollo y el progreso a los más recónditos lugares del país y esa filosofía altruista la demostró con creces. Al poco tiempo llegaron las famosas luces de mercurio. Cuatro “geniales” lámparas se encendían “solas” cuando llegaba la noche. Junto a los abejones de mayo muchas niñas y niños dábamos vueltas alrededor de aquellos maravillosos e inexplicables “troncos que alumbraban solos” y poco tiempo después llegó el “teléfono público administrado”. Ya no había que esperar dos meses para recibir noticias de nuestros familiares. Antes de eso las “cartas” a San José duraban un mes en ir y un mes en volver la respuesta. Dos meses en la incertidumbre si le había pasado algo a nuestro familiar, pero gracias al ICE, San Juan de Florencia de San Carlos, al igual que muchos pueblos alejados y humildes de Costa Rica, hoy en día goza de telefonía residencial, luces de mercurio, televisión, telefonía celular y muchas otras cosas más. Hoy en día, a mis casi cincuenta años, me comunico con mis ancianos padres a la hora en que yo quiera y esto último, saben, gracias al ICE y gracias al ICE, a la CCSS, al AyA, al INS, a la Educación Pública y a la tan venida a menos Banca Pública muchos costarricenses hemos logrado salir adelante. Yo me quedo con el ICE, porque estoy totalmente seguro que si es necesario hacer un pequeño sacrificio a favor del bien común, bien vale la pena asumirlo. El ICE ha sido atacado brutalmente por ciertos sectores de gran poder. Cuando alguno de sus servicios falla, casi siempre “jackeados”, entonces los medios de comunicación lo denigran y acusan, pero cuando son las empresas privadas las que no cumplen con el servicio al público, esos medios de comunicación se hacen de “la vista gorda”. Hoy algunas transnacionales telefónicas nos ofrecen maravillas para que “cambiemos de chip”. Sin embargo, cuando los sectores más humildes de nuestra sociedad necesitaban de la comunicación solo el ICE escuchaba nuestros ruegos en los más recónditos lugares.

En la era de la globalización y el neoliberalismo “no hay almuerzo gratis”, las ofertas y las promociones se pagan muy caras y si usted no las paga, las pagarán sus hijos o sus nietos. No hay duda de que a lo mejor hay hasta trabajadores del ICE que lo quieren liquidar, pero yo seguiré siendo cliente del ICE, porque fue el ICE el que desde niño me iluminó el camino para abandonar la oscuridad.

* Profesor de Filosofía y Humanidades de la Escuela de Estudios Generales de la UCR

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Una respuesta a El ICE, una historia de amor

  1. Grethel Limbrick 29-11-2011 en 4:34 pm

    Muy romántico e interesante su artículo don Asdrúbal. Me parece muy importante todo ese relato que demuestra, como usted bien lo concluye al final del mismo, que el ICE fue, durante mucho tiempo, la única institución en materia de telecomunicaciones, que se preocupó y ocupó de “alumbrar y conectar” al pueblo costarricense, de mar a mar y de frontera a frontera.

    Yo no se qué se habrá hecho con la institución en la actualidad, si está muy bien o ya no tanto, pero lo que si se es que la misma siempre se encargó de dotar al país de electricidad y telecomunicaciones y que lo ha hecho de muy buena manera.

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