El hospital de Heredia y el deterioro de la seguridad social

El Sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis.alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Hará unos cinco o seis años que un tornado arrancó la mitad de una de las losetas del anfiteatro del Hospital San Vicente de Paul, justo a la entrada del centro médico. El espacio vacío que dejó la fuerza del agua y el viento sigue allí, a cierta distancia se aprecia como un símbolo del abandono que poco a poco se va apoderando de aquel nosocomio, inaugurado hace tan solo doce años.

Inaugurado en mayo del 2010, el Hospital de Heredia resulta insuficiente para atender una población en franco crecimiento que satura y colapsa servicios esenciales y cada día hace más difícil la convivencia entre el personal y el paciente.

Es posible que la situación del citado Hospital no sea más que el ejemplo del deterioro que evidencia todo el sistema de la seguridad social que el algún momento fue orgullo de los costarricenses. La seguridad social marcó un hito en la historia de nuestro país y se convirtió en modelo en el ámbito latinoamericano.

La razón de tal descalabro la encontramos en un combo con cuatro componentes. En determinado momento las máximas autoridades de la CCSS encontraron que el negocio era prestar dinero que en principio estaba destinado al pago de pensiones y la atención del sistema de salud. Miles de millones de colones, cuya recuperación es una incógnita.
En el 2019 los sindicatos del sector salud convocaron a una huelga mediante la cual convirtieron a los asegurados en rehenes para defender sus intereses de gremio.

Vino la pandemia del covid 19 y para rematar un grupo de delincuentes dañaron el sistema informático de una institución que vela por la salud de una población que supera los cinco millones de personas.

Como no hay sistema, tampoco hay citas. Los médicos escriben a mano las recetas de los pacientes.

Ahora surge una nueva crisis mundial. Es posible que esa crisis repercuta en nuestro país provocando un incremento en la demanda de los servicios que prestan hospitales y clínicas del Seguro Social, pues muchas familias verán reducidos los ingresos que hoy les permite disfrutar de las comodidades que ofrece la medicina privada. El empobrecimiento no para de crecer.

En la actualidad, el paciente que requiera atención en el servicio de emergencias del hospital herediano se va encontrar con que la puerta principal permanece cerrada las 24 horas. Detrás de una amplia puerta de vidrio se mantiene apostado un oficial de seguridad que apenas la entreabre para preguntarle al paciente: ¿qué se le ofrece?

Ese momento hace posible que una bocanada de aire fresco penetre en aquel recinto en el que decenas de personas esperan un diagnóstico o el medicamento que les atenué una dolencia que presagia una lejana cita en consulta externa, una visita a sala de operaciones, o el final de su existencia.

A la intemperie un médico le pregunta por su dolencia. Hasta hace algún tiempo el ingreso o rechazo del paciente quedaba a discreción del oficial de seguridad. Por lo visto ha mejorado la atención. No es sarcasmo, es una realidad.

En el citado hospital ocurren cosas difíciles de entender. A los pacientes de emergencias, tras ser atendidos, se les prohíbe salir por la puerta de ese servicio que está a unos diez metros del portón principal. La gente debe salir por la puerta principal, lo cual significa tener que caminar unos 150 metros.

La disposición resulta ilógica e inhumana, pues se trata de gente enferma o lesionada.

La experiencia en un hospital público es dura. El San Vicente de Paul no es la excepción. Si el paciente llega en estado crítico existe la posibilidad de que el personal pueda conseguirle una camilla. En su defecto, tendrá que conformarse con una desvencijada silla de ruedas que desde hace mucho tiempo perdió los descansa pies. Si hay presupuesto, evidentemente no hay voluntad para arreglarlas. Además de estar en pésimas condiciones, las sillas de ruedas son pocas.

Una experiencia difícil puede vivirla cualquier paciente cuando es enviado a una de las salas de observación. Allí lo espera un artefacto que no es cama, tampoco una silla. Son unos sillones, algo así como un diván. Permanecer en un mueble de esos, uno o más días, resulta un tormento que pone a prueba la paciencia y fortaleza de los enfermos. Si llamamos las cosas por su nombre, aquello es un tormento que rinde homenaje a la pobreza.

Si tiene suerte, puede que le corresponda ser atendido por profesionales en medicina y enfermería que desbordan mística y solidaridad. En el peor de los casos, puede ser que tropiece con profesionales que no estén en su mejor día, pues ellos, como seres humanos, también tiene sus propios problemas.

Miembros del personal médico, enfermería, asistentes y administrativos dan signos de cansancio. Además del estrés que genera el ambiente, tampoco se puede descartar que se hayan equivocado de profesión A la par de ellos se mueven los jóvenes recién contratados.

Uno de los focos de mayor tensión se presenta en la relación del asegurado con algunos agentes de seguridad. Obvio, no se debe generalizar. Sin embargo, alguno de los uniformados se tornan groseros a la hora de mantener el orden y prestarle ayuda al paciente. Otros oficiales mantienen el orden y procuran la mejor opción para ayudarle al enfermo, al herido y al familiar que lo acompaña.

Como experiencia personal puedo contar que hace pocos días acudí a emergencias. Una vez que la doctora me valoró recibí la indicación que tenía que esperar entre tres y cuatro horas, hasta que salieran los exámenes de Rayos X y laboratorio. Opté por salir a buscar desayuno. Cuando regresé los guardas no me permitían ingresar a ningún área del San Vicente. Les pedí que me dieran el número de teléfono de su jefatura. Su respuesta: “no tenemos”.

En el mencionado hospital para obtener cama, en una sala, atendida por especialistas, con muy buena comida -conviene destacarlo- hay que tener paciencia. En los salones la atención es excelente, excepto al cambio de guardia cuando el personal de enfermería rompe el silencio y la paz de los enfermos.

Evidente que obtener una cama resulta una odisea. Pero más increíble resulta conseguir la salida. Conozco el caso de una adulta mayor, a quien le colocaron un implante de cadera. A las10 de la mañana le anunciaron que podía regresar a su casa. Para apegarse al protocolo y llenar el papeleo, sus familiares debieron esperar hasta las cinco de la tarde.
La posibilidad de quejarse ante la dirección del nosocomio resulta imposible. La persona a cargo de la dirección vive en una burbuja y para llegar hasta su despacho se necesita pasar por diversos filtros, incluyendo personal de seguridad y secretarias que, actuando como cancerberos, hacen muy bien su trabajo, por supuesto, en contra de los intereses del asegurado.

Perodista

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