El Estado y la religión

Y usted… ¿qué opina?

Fernando Berrocal

Fernando Berrocal Soto

Ser ciudadano es bastante más que respetar y cumplir con el Estado de Derecho y ejercer el sufragio, cada cuatro años, por medio de los partidos políticos inscritos y habilitados por el Poder Electoral. La democracia es un sistema de vida institucional y social integral, en libertad y con tolerancia.

La última campaña electoral puso de manifiesto que, en Costa Rica, en el tiempo que vivimos, irrumpió con fuerza en la vida política y electoral un tema que es muy delicado y sensible: el de la religión y las relaciones con el poder político, desde la perspectiva ciudadana y desde el punto de vista institucional.

No verlo así sería un gravísimo error de concepto y una sensible equivocación.

Históricamente, ese tema no se planteaba con tanta fuerza desde que los liberales establecieron la separación entre la Iglesia Católica y el Estado en la Constitución de 1871 y, los generales Tomás Guardia y Próspero Fernández, expulsaron al arzobispo y a los jesuitas del país y secularizaron los cementerios.

La actual Constitución de 1949, establece un justo reconocimiento histórico a la Iglesia Católica y, a la vez, sanciona en forma plena la libertad religiosa y de culto. Con esa ecléctica tesis constitucional el país ha vivido en paz 70 años.

Ahora el debate y el conflicto se volvió a plantear y apasionadamente, a raíz de la opinión consultiva de la CIDH, la familia, las guías de educación sexual, las opiniones de un pastor radical sobre la Virgen de los Ángeles y la resolución del TSE sancionando a la Conferencia Episcopal y la Alianza Evangélica.

Tanto que esos temas impregnados de creencias religiosas y valores, opacaron el debate sobre las soluciones reales a los grandes problemas estructurales y las reformas que necesita realizar el país en los próximos cuatro años.

Lo mejor para cualquier sociedad y lo digo como una persona creyente en un Ser Superior, es la separación entre estado e iglesia, estableciendo la libertad religiosa y de culto, en los términos en que lo ha planteado el Papa Francisco.

Sobre todo, en el mundo abierto, transparente e intercomunicado del presente y porque, aunque la humanidad ha avanzado enormemente gracias al desarrollo científico y la tecnología, en lo básico la condición humana ha cambiado poco y el tema espiritual y religioso generan valores de mucho amor y tolerancia, pero igualmente inaceptables sentimientos de odio y rechazo hacia el que practica otra fe o no practica ninguna religión. Y cuando esos sentimientos se mezclan con la efervescencia política, esa mezcla divide innecesariamente a los países y hasta pueden hacer que se pierda la paz social.

Bien lo dijo Jesucristo: “A Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”.

Me parece por eso muy acertada la decisión del presidente electo Carlos Alvarado de mantener el debate sobre el estado laico fuera de su agenda de prioridades y concentrarse en lo que une y no en lo que divide a Costa Rica.

El animo nacional es el de trabajar por una agenda nacional de convergencias.

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