El caso Crucitas

¿Y usted qué opina?

Fernando Berrocal

Fernando Berrocal Soto

No me propongo opinar en absoluto sobre el juicio contra el expresidente Óscar Arias y su capaz ministro Roberto Dobles. Eso corresponde a los Tribunales de Justicia conforme a nuestro Estado de Derecho.

Sí voy a opinar y firmemente sobre Crucitas, desde el punto de vista del modelo de desarrollo y la opción entre una concesión reglada y controlada, frente al desmadre, la anarquía y el desastre ecológico final de Crucitas.

Lo hago no solo por la evidencia de una realidad frente a la otra, sino porque el país debe decidir y optar, de una vez por todas, entre la apertura y la inserción inteligente en la globalización y el mundo real en que vivimos, frente a los cantos de sirena de unos falsos contestatarios, disfrazados de ambientalistas y profesionales del NO al progreso y al desarrollo nacional.

En este largo debate estamos desde hace muchos años y no terminamos de definirnos como país. Ahí está la fotografía actual de Crucitas y el desastre ecológico sin precedentes al que nos han llevado los adversarios de todo y los mismos que decían, irracionalmente, que de aprobarse el TLC con los Estados Unidos nos iban a robar hasta el agua potable, la isla del Coco y la soberanía.

Con la concesión canadiense, el oro de nuestro subsuelo se habría explotado racionalmente y bajo controles estatales y normas probadas, con impactos positivos en las exportaciones, pagando impuestos, trabajadores asegurados en la CCSS y otras ventajas derivadas, en el plano ambiental y ecológico, de los importantes niveles de inversión privada y de la larga experiencia canadiense.

Esa empresa habría estado bajo el control del Estado costarricense, en una relación normal y reglada estrictamente, al igual que otras inversiones extranjeras directas, como debe ser siempre. No el desmadre actual.

Lo que resultó, finalmente, fue una tierra de nadie, arrasada por decenas de coligalleros e ilegales robándose el oro y un auténtico desastre ecológico, en que casi no ha quedado piedra sobre piedra, ni árboles y guacamayas, excepto huecos, contaminación, destrucción, explotación humana, delincuencia, inseguridad y retroceso económico y social.

Es la fotografía de dos modelos de desarrollo y de un país en donde lo absurdo se hizo virtud, contra toda lógica económica y el mínimo del sentido común.

En esa dimensión de la realidad y el desarrollo nacional, los técnicos y expertos mineros que recomendaron esta concesión con la empresa canadiense y quienes la otorgaron tenían toda la razón. La prueba está en los hechos.

Los que estaban equivocados y le hicieron un enorme daño ambiental, ecológico, económico y social al país, son por el contrario sus detractores y enemigos, sean cual sean las razones de su oposición. Las pruebas son contundentes y abrumadoras.

Igual habría sucedido si nos hubiéramos quedado fuera del TLC con los Estados Unidos, aislados y encerrados entre las montañas del Valle Central, como si el mundo exterior no existiera y la globalización fuera una artimaña y una mentira, cuando es la realidad misma y diaria del mundo actual y del siglo XXI.

¿Cuándo lo aceptaremos como país?

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