El auge de los partidos de extrema derecha es un eco escalofriante de la década de 1930

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John Palmer (SINPERMISO)

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Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos”.

Después de haber restado importancia a sus simpatías fascistas, la extrema derecha reaparece, después de un lavado de cara de relaciones públicas. Hay que frenarlos a tiempo.

Desde la crisis bancaria mundial en 2007, los comentaristas de todo el espectro político han predicho con toda seguridad no sólo el inminente colapso del euro, sino la implosión inevitable, más pronto que tarde, de la propia Unión Europea. Nada de ello ha ocurrido. Pero el proyecto europeo, que se inició después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, se enfrenta a la amenaza más grave de su historia. Esa amenaza se ha prefigurado escalofriantemente esta semana con el lanzamiento de una alianza pan-europea de partidos de extrema derecha, encabezada por el Frente Nacional francés y el Partido de la Libertad holandés liderados por Marine Le Pen y Geert Wilders respectivamente, que se han juramentado para acabar con “el monstruo de Bruselas”.

Es evidente que el crecimiento del apoyo a los partidos de extrema derecha, anti-europeos, y contra los inmigrantes ha sido alimentado por la peor recesión mundial desde la década de 1930: el desempleo masivo y la caída de los niveles de vida, agravado por la obsesión derrotista por la austeridad de los líderes europeos. Los partidos que se escondía en las sombras, disimulando sus simpatías con el fascismo y el nazismo han reaparecido, después de haberse lavado la cara en una operación de relaciones públicas. Marine Le Pen, la dirigente del FN francés, minimiza el registro antisemita de su partido. El líder de la extrema derecha holandesa ha arado un surco ligeramente diferente, movilizando el miedo y la hostilidad no contra judios, pero si contra los inmigrantes musulmanes. Al igual que Le Pen, Wilders esta obsesionado por una supuesta amenaza cosmopolita de la Unión Europea a la identidad nacional. Es un coro del que se hacen eco en otros países el Partido Popular danés, el Partido Finés y el Vlaams Belang flamenco, entre otros.

Los populistas franceses y holandeses están manteniendo cuidadosamente la distancia, por el momento, de partidos abiertamente neo-nazis, como Amanecer Dorado en Grecia, cuyas milicias paramilitares (Sturmabteilung) han aterrorizado a los refugiados e inmigrantes en Grecia, y a los fanfarrones húngaros de Jobbik, que acosan a la minoría romaní.

Según algunas encuestas, la extrema derecha podría ganar casi un tercio de los escaños del Parlamento Europeo en las próximas elecciones de mayo de 2014. Los partidos de centro – democristianos, socialdemócratas y liberales – seguirán teniendo muchos más eurodiputados. Pero a la hora de formar una mayoría creíble en el Parlamento Europeo, todos estos partidos podrían verse obligados a una cohabitación cuya proximidad no es precisamente lo mejor para la democracia.

Tal situación recordaría inquietantemente a 1936, cuando el centro y la izquierda – sobre todo en Francia – frenaron temporalmente el apogeo del fascismo a costa de crear una coalición sin principios e ineficaz. Su caída en vísperas de la Segunda Guerra Mundial aceleró la llegada del régimen colaboracionista de Philippe Pétain. La historia no suele repetirse de forma automática, pero sería absurdo correr el riesgo.

Más preocupante que el crecimiento de la extrema derecha son los gestos apaciguadores a los racistas y anti-inmigrantes de los principales políticos conservadores e incluso demócratas liberales y de algunos de los nuevos ideólogos populistas del “laborismo azul”. La advertencia de los David Blunkett y similares de que la hostilidad hacia los inmigrantes gitanos podría dar lugar a una “explosión” popular recuerda la retórica de Enoch Powell.

Un antídoto contra la extrema derecha requiere que la izquierda europea articule y desarrolle una alternativa global al estancamiento económico, la creciente disparidad de renta y riqueza y la degradación de nuestros derechos sociales, libertades civiles y derechos democráticos. Pero esa alternativa tiene que construirse tanto a nivel nacional y local como europeo, así como, y requerirá más, no menos, integración europea.

El tiempo se agota, no sólo para los socialdemócratas europeos, sino también para la izquierda socialista en general y los verdes, para demostrar que pueden crear un contrapeso a la deriva hacia la derecha del centro. Sin el, la nueva alianza de extrema derecha sólo tiene que mantener unida y esperar su momento para atacar.

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John Palmer fue el editor europeo del Guardian y fundador y director del European Policy Center.

Traducción: Enrique García.


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