Editorial: Silencio, miedo y la espera de un mundo mejor

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Ahora el silencio se impone. Es como si el mundo hubiera enmudecido y permaneciera a la espera de que con el alba del día siguiente aparezcan noticias buenas. Una vacuna y el control absoluto de un virus.

Mientras se desarrollan los acontecimientos, en grandes sectores de la población mundial domina la sensatez, en otros el miedo gana la partida y en muchos casos prevalece la irresponsabilidad.

Una vez que desaparezca este castigo a la humanidad, habrá de comenzar la recomposición de la economía mundial. Esperemos que sus ejecutores tengan como objetivo fundamental el bienestar de las grandes mayorías y no el enriquecimiento de unos pocos, como ha ocurrido por siglos y hasta por milenios. Entonces la exclusión social habrá de convertirse en un mal recuerdo para las grandes mayorías de todo el mundo.

La experiencia vivida habrá impactado de tal manera que tendrá que promover el surgimiento de un sistema más justo, más equitativo, verdaderamente solidario. Es lo que el hombre común espera; tenemos derecho a soñar con un nuevo orden económico mundial.

No debemos perder de vista que podríamos estar al final del ciclo de la explotación, para entrar en el ciclo de la inteligencia artificial, en la cual el individuo corre el riesgo de convertirse no en el explotado que ha sido, sino en un ser irrelevante, según el vaticinio del escritor israelí, Yuval Noah. Se supone que, a la vuelta de tan solo diez años, numerosas tareas que hoy ejercen los humanos, serán ejecutadas por robots y computadoras. El fantasma del desempleo asomará algo más que sus orejas.

Tenemos que abordar estos temas convencidos que la crisis pasará y que habrá dejado como herencia el dolor por los seres que perdimos, que en algunos casos ni siquiera tuvieron un funeral rodeado de cierta dignidad.

También será de dominio público la advertencia a científicos y a políticos para que no se dejen sorprender cuando se avecine otra pandemia. En esta oportunidad su escepticismo le ha costado muy caro a la humanidad. Es el problema cuando los países ricos están gobernados por políticos y no por estadistas. Tal es el caso del presidente Trump y el Primer Ministro Inglés, Boris Johnson, quienes a pesar de la información de que disponían creyeron que el coronavirus era un catarro con pinta de gripe.

Con similar torpeza se han comportado algunos presidentes de América Latina, como el mexicano, Andrés Manuel López Obrador, quien pretendía detener la pandemia con amuletos y estampitas y además no ha parado de abrazar y besar a sus compatriotas; Nicolás Maduro, de Venezuela, sugirió tomar frescos de tamarindo y Jair Bolsonaro, de Brasil, quien se resistió hasta que las fuerzas armadas le “tocaron el hombro” para que impusiera medidas sanitarias. Se atrevió, incluso, a impulsar una campaña en contra de la cuarentena. Fue necesario entonces amenazarlo con mandarlo para la casa.

Mientras tanto, las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento, el distanciamiento social y practicar estrictas medidas de higiene. Los expertos insisten en que el miedo nos puede hacer más daño que la misma enfermedad que hoy se desplaza por el mundo entero matando a miles de personas y dejando la economía mundial en estado agónico. Nadie debe olvidar que el miedo paraliza y nos convierte en seres indefensos.

El fenómeno produce angustia, sin darnos cuenta que el daño que genera es inferior al recuento de muertos y heridos que dejan las guerras inventadas y ejecutadas por los productores y comerciantes de armas.

Por su parte, el silencio permite abandonar la prisa y encontrarnos con nosotros mismos. Disfrutar de la familia y tomar conciencia de las pequeñas pero importantes cosas que ocurren allí en el jardín de nuestra casa, en el vecindario, en el país, en el mundo. Nos habíamos acostumbrado a correr sin prestar atención al amigo y mucho menos al vecino. De alguna manera esa pandemia nos humaniza, nos hace más conscientes.

El silencio también resulta como un arma de doble filo. Es la ausencia de ruido, lo cual nos permite disfrutar o condenar todo cuanto ocurre a nuestro alrededor. También guardamos silencio cuando nos conviene y frente a la injusticia preferimos mirar para otro lado

“El silencio es el único amigo que jamás traiciona”, sentenció Confucio, celebre filósofo chino que vivió 500 años antes del nacimiento de Jesús.

“El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”, dijo Friedrich Niestche, filósofo alemán.

“Nuestra generación no se habría lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos” opinaba Martín Luther King.

Tres diferentes interpretaciones del silencio. Ya los romanos hablaban del conticinio, palabra que define la hora de la noche en que reina el silencio.

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