E la nave va…

Por Chico Whitaker*

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¡Listo! Llegamos al fin de 2019 acostumbrados a la destrucción de Brasil y a la impunidad de los responsables de ello, así como de asesinos y de autores intelectuales de los crímenes. Fellini diría: e la nave va.

La economía se Uberiza sin que esta invención muestre toda su perversidad, y muchos de ella se aprovechan sin darse cuenta de que se han convertido en cómplices. Las posibilidades de mejores ingresos se reducen para la gran mayoría sin causar ira. Las ganancias de los pocos en la cumbre de la sociedad aumentan a niveles estratosféricos, porque cuentan con medios para sacar provecho de la lógica de las Bolsas de Valores, sin provocar revuelta. Ya nadie se asusta con la apropiación privada y extranjera de todo. Las riquezas y ventajas estratégicas del país son entregados gratuitamente a intereses externos y se aceptan las ofensas de una reciprocidad invertida. Son sistemáticamente arrojadas a la basura, por el propio ministerio que debería desarrollarlas, las estructuras educativas necesarias para construir una nación. Los responsables por el medio ambiente aniquilan –por acción o inercia– las condiciones ambientales de vida. En las asambleas mundiales, Brasil se asocia a los más retrógrados o a los más brutales, y en su nombre se toman posiciones divergentes de todo lo que la humanidad considera un avance frente a amenazas globales. El Estado se pone al servicio de su propia desaparición, sin resistencia interna. Aumenta el número de los que sufren más duramente las consecuencias de esta debacle. Las calles ganan siempre más moradores sin techo sin conmover los que pasan, que más bien los evitan. El número de «inaceptables” y líderes sociales asesinados crece. Un Congreso Nacional co-artífice de este cuadro legaliza todo, aunque a veces las minorías logran duramente evitar lo peor. E la nave va.

Todo porque una mayoría de electores prefirió el peligroso juego de entregar el gobierno a una banda de enfermos mentales, criminales y oportunistas corruptos, que hasta ahora no tenían espacio en el mundo político, para eliminar del poder quienes trataban de dar una continuidad de izquierda al proceso de democratización del país. Ignorante y con una forma de pensar tosca, esta banda tenía una aversión casi física -construida en el mundo militar y en el mundo religioso durante la Guerra Fría- al rojo comunista o socialista, sin distinguir, en la pequeñez de sus percepciones, una cosa de la otra. Pero ganó las elecciones con interpretaciones distorsionadas de la ley y métodos sofisticados de direccionamiento de votos, inventados fuera de Brasil por la derecha política, utilizando del avance tecnológico de la comunicación horizontal y del tratamiento matemático de los grandes números.

Probados anteriormente con éxito en otros países, en combinación con las famosas «fake news”, estos métodos en realidad deslegitiman las elecciones como un mecanismo central de la democracia. Y pueden conducir a la destrucción de la propia democracia, porque permiten que aquellos que están contra ella lleguen «democráticamente» al poder, como ocurrió en Brasil. Por eso mismo estos métodos ya se están discutiendo, con el fin de combatirlos, en los parlamentos de los países políticamente más avanzados. Hoy en día se tiene acceso a películas y series de televisión que explican en detalle cómo funcionan y donde ya se han utilizado, dando nombre completo de las mentes alucinadas que los han inventado. Y también muestran cómo jóvenes conscientes de su derecho de objeción de conciencia se han negado a participar en estas actividades en las empresas en las que trabajaban.

Pero todo esto no le importa a quien busca el poder. En los armarios del Tribunal Superior Electoral, se están cubriendo de polvo las muchas pruebas que existen del uso de estos métodos en Brasil. E la nave va.

La cuadrilla dependía de un apoyo financiero, que fue proporcionado por el sector empresarial brasileño que siempre había optado por aprovechar el fantasma socialista-comunista. También interesados en recortar los derechos de los empleados para reducir sus ganancias, estos empresarios han exigido el control de la política económica y laboral, designando para esta función, en el caso de la banda ganar las elecciones, a un economista ferozmente capitalista que, una vez en el poder, pasó inmediatamente a seguir todo lo que aprendió en los Estados Unidos y se aplicó en Chile, y es lo mismo que se está intentando hacer en muchos otros países. Lanzar un proceso de privatización total de la economía, comenzando a dirigir todo y cada uno de los recursos del país a las Bolsas de Valores, área reservada de los dueños de capital. Y está tratando de cerrar brutalmente el reparto solidario de las necesidades sociales como las jubilaciones, reemplazándolo por el individualismo y la competición. La banda se ha por lo tanto asociado con lo peor del mundo empresarial brasileño, para empujar a Brasil hacia un capitalismo salvaje cuyo costo creciente será pagado, como siempre, por la gente pobre. E la nave va.

Algunos de los empresarios que han entrado en esta aventura comienzan sin embargo a ver que la confusión aumenta, sus negocios están estancados y crece la desigualdad social que durante siglos ha marcado el país, lo que aumenta la inseguridad que sienten. Pero no saben qué hacer para evitar lo que puede ser peor que el régimen rojo que temen. E la nave va.

Sin proyecto ante la tierra devastada, la pandilla en el poder ve, como la única manera de mantenerlo, el uso de la violencia y el estímulo al odio, lo que hace parte de su propia forma de actuar, que dejarían de ser medios para tornarse fines en sí mismos. Y decidieron crear para esto un partido adecuado para la nueva era, con un número de identificación igual al número de los revólveres de los criminales ordinarios y teniendo como símbolos cartuchos y balas. E la nave va.

Frente a todo esto el más mínimo sentido común exigiría un clamor, con todos los pulmones: ¡basta! Y es cierto que muchos lo dicen, reaccionando y tratando de defender derechos. Pero lo hacen aisladamente. Los movimientos sociales se movilizan para reducir daños particulares o curar heridas localizadas. Se multiplican actos públicos y debates de denuncia y de re-denuncia de lo que ya se sabe y a menudo las calles están llenas de manifestantes contra esta o aquella nueva medida destructiva. En las redes sociales las informaciones y los comentarios de muchos youtubers mantienen a sus seguidores atentos y advierten para que lo peor no venga a ocurrir. Pero si una sensación de protesta planea por sobre el país, cuando ella comienza a convertirse en clamor no moviliza mucho más que una minoría que siempre ha librado combates a lo largo de los años que ya han pasado. Lo que crea un sentimiento de impotencia. E la nave va.

Mientras tanto, la gran mayoría sigue su vida cotidiana como puede, encontrando incluso maneras de sobrevivir con dignidad y de tratar de mejorar sus condiciones de vida. Todos serán llamados a votar de nuevo en octubre. Las máquinas electorales ya afilan los dientes y los proyectos personales buscan espacio como si todo no fuera que tiempo de elecciones. No surge ninguna iniciativa más valiente intentando cambiar efectivamente el curso de las cosas y reunir los esfuerzos de todos. E la nave va.

Es la banalización de la tragedia. Introyectada en nosotros sólo causará enfermedades. ¿Pero nuestros egos atraerían tanto nuestra atención que nos impedirían buscar con los demás una manera de poner fin a la debacle en la que vivimos, antes de que conduzca a daños aún peores, cuya recuperación será extremadamente difícil con un retorno lento y costoso?

¿Cómo, Dios mío, parar este barco casi fantasmal, aunque estemos en un mar lleno de sorpresas? ¿Dónde se ha ocultado nuestra capacidad social de acción política? ¿O nunca la hemos tenido? ¿No existiría, en el enmarañado de nuestras leyes y preceptos constitucionales, una forma más rápida que el impeachment – alrededor del cual parece estar siendo construido algún acuerdo – para prevenir nuestra destrucción como nación, en situaciones límite de supervivencia como esta en la que nos encontramos?

Me atrevo a plantear una hipótesis: ¿sobre la base del conocimiento jurídico de las muchas mentes privilegiadas de que disponemos, no podríamos ver más de cerca las denuncias del direccionamiento fraudulento de los votos dados en las elecciones de 2018, y de ahí cuestionar el TSE y la Corte Suprema para que esta elección sea anulada y se llamen inmediatamente nuevas elecciones generales – incluso junto con las próximas municipales – en las que tal direccionamiento sea cohibido, prohibido, severamente castigado? Ningún liderazgo político estaría dispuesto a lanzar, junto con otros líderes, un llamamiento para que toda la nación se ponga de pie – o por lo menos los ciudadanos y ciudadanas que ven el doloroso y rápido deterioro del país – en torno a una decisión como esta? ¡Elecciones generales ahora!

* Chico Whitaker es miembro de la Comisión Brasileña Justicia y Paz y su representante en el Consejo Internacional del Foro Social Mundial, del cual es uno de sus co-fundadores. Artículo de opinión enviado a Other News por el autor.

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