De Trump a Biden, misma música con diferente letra

Euclides E. Tapia C.

Euclides E. Tapia

A manera de introducción inicio destacando que la intención al escribir este artículo era presentar el panorama completo, a nivel planetario, de lo que podría ser la política exterior de Joe Biden. Sin embargo, reconozco que será imposible, por lo que tratare de hacerlo en diferentes entregas. Prosigo destacando que en realidad Biden cuenta con dos años y no cuatro para adelantar su agenda, tanto interna como externa. Ello es así, porque el control del Senado pende de un hilo, que suele romperse a los dos años, cuando los partidos de gobierno pierden las elecciones de renovación de un tercio del mismo.

Por añadidura, el futuro de la administración Biden se presenta complejo, pues primero debe esforzarse por destrabar la polarización interna, que le complicará hasta lo indecible la toma de decisiones, tal como le ocurrió a Obama con la postura de los republicanos sobre Siria, resultando en un serio problema de proyección externa para el nuevo presidente al momento de enfrentar los desafíos militares que se avecinan.

Ello es así, toda vez que el entorno internacional, concluidas las dos primeras décadas del siglo XXI, presenta un sistema de equilibrio de poder que hace rato dejó atrás el orden bipolar de Yalta (1945) y de reconocimiento de fronteras de la segunda postguerra (Helsinki 1975).

A decir verdad, luego del interregno unipolar liderado por Estados Unidos de 23 años de geo economía sobre geopolítica, desde a la caída de la Unión Soviética, en 1991, hasta la toma de Crimea por Rusia en 2014, el mundo cambio, en detrimento de los Estados Unidos, para no volver a ser el mismo. Tal punto de inflexión se inaugura con el repliegue definitivo de los Estados Unidos, dando lugar a un orden multipolar ratificado tan solo dos años después (2016), por el control ilegal del Archipiélago Spratley por China, a pesar del fallo favorable a Filipinas del Tribunal Permanente de la Haya, que desconoció los supuestos “derechos históricos” de Beijing, sobre el Mar Meridional.

Estos dos acontecimientos mostraron al mundo la incapacidad manifiesta de Estados Unidos para liderar con fortaleza sus postulados frente a los puños de los boxeadores rusos y chinos, que actúan al unísono en los asuntos internacionales.

Tal realidad hace del ascenso chino un problema existencial para Washington, como para China lo es el despegue de la India. En consecuencia, el riesgo de caer en la trampa de Tucídides solo disminuye de tonalidad con Biden, pues la desconfianza mutua se ahonda y de paso, en parte, explica el desconcertante apoyo electoral que logró Donald Trump.

En otros términos, es difícil que Biden pueda bajar la guardia con China, máxime, que Europa, como si el plato se quemara, sin esperar su toma de posesión, priorizó su agenda de negocios por encima de la defensa de los derechos humanos con la reciente firma del Acuerdo de Inversiones entre Europa y China.

Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá.


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