De la Revolución de Octubre a los progresismos

Emilio Cafassi

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Los muy diversos actos políticos y debates recordatorios de la Revolución Rusa, los imagino transitando sobre dos rieles. Uno de ellos destacando el rol que la antigua URSS cumplió en la transformación del mundo, incluyendo el aliento indirecto al propio desarrollo capitalista con cierta predisposición redistributiva a fin de no rezagarse en la competencia, además de su contribución a la contención militar del siniestro nazismo. El otro, en la exaltación del culto a Lenin y su modelo táctico-organizativo con el que -en circunstancias históricas muy particulares y probablemente irrepetibles- logró que el partido bolchevique tomara el poder. Este último eje es hasta nuestros días una suerte de arquetipo asumido por la casi totalidad de las expresiones políticas revolucionarias de inspiración marxiana. Se ha galvanizado resistiendo el paso de las etapas histórico-sociales y las transformaciones del capitalismo. Se lo encuentra intacto en las múltiples variantes trotskistas, en las maoístas y obviamente en las continuidades de los antiguos partidos comunistas. Quizás las únicas excepciones sean aquellas referenciadas en el luxemburguismo y el socialismo libertario pero resultan prácticamente inexistentes como opciones partidarias u organizativas.

Para ponerlo en pocas palabras, Lenin enfatiza en su libro “¿Qué hacer?” de 1902, la función del partido como “vanguardia” o “dirección” de la clase explotada, para lo cual concibe una arquitectura organizativa centralista y profesionalizada. Las prácticas resultantes de ella, a la par que las propias ideas de sus integrantes, no provendrán de la propia clase a la que se proponen dirigir. Noción contrapuesta a la que Marx y Engels formulan en 1848 en el “Manifiesto Comunista” según la cual, la “emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Personalmente creo que las cuestiones del partido y las del carácter y naturaleza del Estado posrevolucionario no resultan estancas. Por el contrario, las prácticas al interior del primero, prefiguran y anticipan las concepciones del último. En varios textos posteriores, particularmente en las polémicas e intervenciones en la construcción de la “Asociación Internacional de los Trabajadores”, más conocida como I Internacional, se aprecia la insistencia en que los comunistas no forman una estructura separada, sino que están presentes y actúan en el conjunto del movimiento de la sociedad. El acento estaba puesto en particular sobre la autoactividad y la autoorganización del proletariado en los sindicatos y cooperativas, englobando y movilizando a la clase en su conjunto. Por lo tanto entendían que el desarrollo de la conciencia de clase surgía principalmente de ese proceso, incluido su aspecto específicamente político.

Sin embargo, las ideas marxianas sobre la autoorganización resultaban muy vagas, tanto para inferir una teoría del partido, cuanto del Estado transicional. Al respecto, las diferencias con el anarquismo, ocuparon un lugar preponderante que luego el leninismo hereda y continúa polémicamente. El contenido inicial de los debates puede ser recorrido, retrospectivamente, en las controversias de Marx con Proudhon ya en 1847 en su libro “La miseria de la filosofía” y posteriormente con Bakunin a lo largo de artículos varios, con particular profusión de Engels. Los bolcheviques, sea por los móviles imperiosos de las propias discusiones, sea porque estaban convencidos de que su culto centralista respondía a la demanda de eficacia revolucionaria, reducían las diferencias con los anarquistas, a una discrepancia táctica respecto de la desaparición del Estado. En ese sentido, no se plantea avance alguno respecto a la polémica del siglo XIX. Estratégicamente, ambos concordaban en la necesidad de la disolución del Estado como condición de la instauración de la sociedad comunista. Pero mientras los anarquistas reclamaban la decisión de abolirlo, inmediatamente después de producida la revolución, los marxistas sostenían la necesidad de mantenerlo provisionalmente durante el periodo de transición para garantizar, a través del nefasto significante de “dictadura del proletariado”, una centralización eficaz que demoliera el poder burgués, para luego llegar, con la desaparición de las clases, a su virtual extinción.

El hecho de que la exigencia anarquista me resulte hasta pueril (no así sus advertencias sobre el potencial autoritarismo de las formas de Estado conocidas) no le concede al leninismo ideación alguna de un Estado transicional específico. Como ante todo vacío conceptual, será la práctica heredada junto con las condiciones histórico-materiales (desde el atraso, el deterioro por la guerra mundial, la invasión del ejército blanco) las que condicionen el devenir. De hecho, rápidamente, se fue consolidando la reproducción de la antigua forma previa de dominio, agravada.

El examen de la burocratización que posteriormente realiza Trotski en la década del ´30 resultó un gran avance. Condición necesaria, pero insuficiente, no sólo para develar los problemas que se suscitaron tanto en la sociedad como en el partido. Sigue resultando ausente una teoría del poder, que explique no sólo las estructuras realimentadas de éste y el funcionamiento de las instituciones, sino además los posibles diagramas institucionales que permitan su distribución. De este modo, lo que constituyó una herramienta teórica termina dogmatizada al erigirse en tesis omnicomprensiva, salvo para el propio proceso de burocratización, que a la vez no se atribuye a estructuras y debilidades teóricas, sino a traiciones palaciegas e hipótesis conspirativas.

Pero el análisis de la burocracia no debe ser soslayado, no sólo en la historiografía revolucionaria en general y soviética en particular, sino en el análisis y lucha política contemporánea porque las sociedades capitalistas y sus instituciones resultan tanto o más burocráticas aún que lo peor del apogeo estalinista en la URSS. Resulta útil y extensible a la dominación capitalista actual, al igual que la conclusión de Trotski de la necesidad de una revolución política. Su argumento se basaba en la consideración de la burocracia como una capa social -ligada a un modo de producción cuyos instrumentos fundamentales no debían ser modificados como la propiedad colectiva de los medios de producción- por lo que se trataría pues de terminar con los privilegios y poder de esta capa para que la sociedad en su conjunto guíe sus propios destinos tomando esos instrumentos en sus manos. No es otro que el viejo ideal moderno de que sea la humanidad la que rija sus destinos a diferencia de todo mandato divino.

Así como Trotski concebía que la burocracia había expropiado la capacidad decisional al proletariado en la URSS, en las sociedades capitalistas, tanto la tecnocracia cuanto la representación fiduciaria de las democracias liberales contemporáneas, excluyen a la ciudadanía de las decisiones sobre los problemas que la afectan, requiriéndose de este modo, idéntica revolución política para intervenir en ellos. Ya no para sustituir un gobierno por otro, sino para limitar mediante mecanismos de ejercicio directo de toma de decisiones colectivas, el poder que ellos ejercen sobre la sociedad. No solamente en el ámbito de la dinámica política de los estados-nación, sino también de cada una de sus instituciones tanto estatales, políticas (como los partidos) y civiles (desde sindicatos a movimientos sociales). Obviamente esto no resolvería en modo alguno la desigualdad de clase, la pervivencia de las relaciones de producción capitalistas con su carácter depredatorio. Pero se aproximaría mucho más a las condiciones mínimas de un posible estado transicional, además de empoderar a la sociedad en la compenetración con los problemas políticos y la participación en sus asuntos.

Por último, también es extensible a las sociedades actuales el concepto trotskista de revolución permanente, con el que concebía la incapacidad de las burguesías para llevar adelante tareas democráticas básicas, otorgándole al proletariado el rol histórico de suplir esta impotencia de sus dominadores. Estas formas de expansión progresiva de ciertas libertades y derechos se viene disputando y en ocasiones logrando, sin que sea el proletariado necesariamente quien las encabece o aliente, sino cortes transversales de la sociedad incluyendo estratificaciones sociales varias, basadas en delimitaciones identitarias.

La revisión de la implosionada experiencia de la URSS, no debería servir exclusivamente para la historiografía o la filosofía política. Tampoco para concebir un futuro que tan sólo contenga igualdad material, desentendiéndose de una arquitectura institucional crecientemente emancipatoria. Sino fundamentalmente para revertir mediante el análisis crítico y el diseño de dispositivos de poder colectivo, la falaz asociación ideológica entre socialismo y autoritarismo que la URSS facilitó. Desde ahora mismo, pensando y luchando día a día, sin esperar que una revolución venga por nosotros.

De lo contrario el riesgo es la repetición.

Emilio Cafassi es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, cafassi@sociales.uba.ar

Diario La República


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