El Mal

De José Calvo

José Calvo

José Calvo

Las advertencias de catástrofe que se hacen ahora sobre la crisis económica mundial no son de ninguna manera apocalípticas, ni se parecen en nada a los gritos de “lobo” del pastor bromista, porque estamos oyendo los balidos de agonía de las ovejas Lo que si es verdad es que la clase dominante no los oye, y que hasta los confunde con los gritos de placer que se deben esperar en la sociedad de consumo, y extrema la conducta que nos llevó a este estado calamitoso. El otro día leí un titular de periódico que decía: “13 millones de ganancias para el MOPT rinden las cámaras”. Fuera de la conducta irresponsable en el manejo de sus carros tan características de nuestra población, está el hecho alarmante de que las autoridades vean como una ganancia las multas desproporcionadas que les imponen, y que esa es la característica dominante del paradigma global.

Según dice don Fernando Leal en La Nación, también lo consideran una bonanza los bancos que financian esas multas que los automovilistas no podrían pagar si no es pidiendo prestado. Por cierto que también es excesivo nuestro índice de intermediación bancaria; como lo son los intereses que se cobran, a pesar de que ya se ha identificado el papel de la usura como causante de la crisis. Por supuesto que la razón es el consumo conspicuo porque de otra manera la gente no se endeudaría. Pero todo el paradigma de mercado tiende hacia el consumo conspicuo; generalmente de cosas superfluas o aun socialmente dañinas, y de cosas que ponen en peligro al ambiente porque chocan con el límite natural.

Quinientos mil millones de colones es la deuda que los ticos tienen acumulada en sus tarjetas, y a intereses usureros, y en una época en que están en peligro sus empleos; que dependen mayormente de que la economía sigua creciendo; lo que es muy poco probable que suceda; porque eso depende de que aumenten nuestras exportaciones, y principalmente porque nuestros maestros en materia de crecimiento y de consumo en los EEUU y en Europa, están empeñados en salvatar a los bancos de la quiebra a que los expone el impago de sus préstamos a gente que siguió al pie de la letra el consejo de consumir mas, y de usar el crédito para ello. “Chofer, chofer, mas velocidad / métale la pata y verá cómo se va” cantan los niños en el bus escolar, y nosotros en el mercado.

Si nuestros amos y maestros allá arriba aceptaran que son los artífices del problema, y adoptaran en carrera las políticas que pudieran salvar el sistema, aunque fuera ralentizado, habría alguna esperanza. Pero no solo están opuestos al gasto público para restablecer el consumo, sino que se empeñan en usar el dinero de todos para salvatar a los bancos que vuelven a estar en apuros por la práctica viciosa de la usura: no hay salida mientras sigan dándole vueltas a ese círculo, porque seguro que la rebelión de los indignados llega muy tarde, y porque barrerá al sistema mismo, y habrá que empezar de cero: con los que queden.

Se puede decir que somos víctimas de la angurria, que está más allá de la codicia. Lo que se discute es desde cuándo somos así. Yo he visto un artículo reciente en que eso se hace empezar en el siglo XX, y algunos dicen que fue hace 20 años cuando occidente “ganó” la guerra fría. Pero también leí el excelente prólogo de Bernard Shaw a su obra Androcles, en que lamenta “el oscuro comercialismo de la Europa del siglo XIX, que practica el código de conducta de Barrabás y lo llama cristianismo”.

Yo pienso que esta actitud codiciosa ya se ve en Génesis, cuando Dios nos dijo: “creced y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” a lo que nos hemos dedicado con ahínco; por lo menos desde que terminó la última glaciación y comenzó la civilización. Y todavía no hemos logrado separar lo que es del césar y lo que es de Dios.

Pero es cierto que hay una hipertrofia notable de la angurria desde que desapareció el contrapeso de la Unión Soviética. y se desbocó el capitalismo consumista dirigido por Margareth Thatcher y Ronald Reagan: el desafío anglosajón más bien que l´americain que ahora es ¿qué hacer? Y el propósito es tan contradictorio que Reagan se embarcó en el gasto multimillonario de La Guerra de las Galaxias al mismo tiempo que predicaba que la inflación era “muchos dólares persiguiendo a muy pocos bienes”, y que una rebaja en los impuestos a las empresas las haría producir más. También acabó Reagan con las regulaciones del New Deal, y preparó así el escenario para la crisis financiera, que es la crisis total, incluyendo a la ambiental. La alimentaria es producto del “libre mercado”. No hay nada redimidor en esa inmoderación neoliberal.

Aquí, con la mitad del presupuesto deficitaria, los ricos se oponen a pagar mas impuestos, me imagino que porque no quieren perder la entrada de los bonos de la deuda, que compran ellos, ganándose esos altísimos intereses que les tiene que pagar un pueblo miserable. Alegan que si son ricos es porque tienen talento y han trabajado muy duro, como dice el señor Mesalles de Steve Jobs, un héroe del empresariado norteamericano y de algunos de nuestros ricos, quien también era una persona muy desagradable, humillador de sus subordinados, cuya contribución a la tecnología pudo haber sido mucho mas grande si no hubiera hecho tasajos a sus competidores con su obsesión en hacer plata; igual que Bill Gates que es otro héroe del sistema.

En ese gran país americano, que un economista de la derecha nuestra quiere que imitemos, el 20% de la gente vive por debajo del límite de la miseria, mientras que unas pocas personas, que supuestamente tienen mucho talento y han trabajado mucho, tienen fortunas de decenas de miles de millones de dólares. ¿Habría que decir que el mal es tener talento y trabajar mucho? ¿O que a falta de solidaridad se necesitan controles? Para no hablar de que se habla de competividad cuando hay monopolio.

Nuestros ricos alegan que estamos contra el rico, y que practicamos un serruchado de piso al éxito; que para ellos está solo en hacer dinero. Pero nosotros sabemos bien que el dinero puede venir de robarse la plata para comprar las armas de una revolución; o de pegar un braguetazo; si sabe usted a qué me refiero. En todo caso, este es difícilmente el tiempo de alabar el estilo adquisitivo americano como virtud y censurar el tico como defecto. A los inversionistas americanos, que según la AmCham tienen el 80% de la industria nacional, ni siquiera se les puede cobrar un 15% de una renta que tienen bien escondida, con la aprobación decidida de nuestros ricos, que en cambio se oponen al gasto social. Pero ese intento de democracia no ha de ser “un canto a la bandera”, puesto que ha ido una nutrida delegación de exonerados a disuadir a don Ottón para que lo deje totalmente desbalanceado en contra del pueblo. ¡Qué vergüenza! O mas bien, ¡qué desverguenza! Igual a los Estados Unidos, y a Europa.

La hipertrofia del mercado cambió completamente el concepto del éxito, que pasó a ser tener más plata. A Za Za Gabor, que había conocido la pobreza en Hungría, esto le parecía: an embarrasment of richess, pero a los ricos de esta época hipertrófica no. Don Paul Benavides ha citado recientemente a un sicario colombiano que dijo “el que tiene plata lo consigue todo”. ¿Quién iba a decirnos que este evangelio fatal lo convertiría en religión un actor mediocre de películas de vaqueros? O tal vez si, ¿por qué no? ¿qué otra cosa se podría esperar? O como dicen los gringos: it figures. Pero no puede funcionar.

Las señales de la hipertrofia son alarmantes. La delincuencia es rampante. La usura es rampante. La inflación es rampante. La corrupción es rampante. El descaro es rampante. Tome usted de ejemplo la institución que maneja la seguridad social de Costa Rica, un país que hace poco se vanagloriaba de su sensibilidad social y en donde un médico de la Caja se puede ganar 18 millones de colones mensuales; mientras un montón de gente se muere porque no hay con qué tratarla. Y eso no es culpa del médico millonario, sino de las autoridades de la Caja que lo saben, lo permiten y lo ocultan, hasta que lo revela una comisión investigadora. Pero ya lo sabíamos.

Todavía es peor, porque esa conducta se considera normal y propia, porque es parte del paradigma del mercado. Igual que es parte de ese paradigma el enorme privilegio que recibe en la Caja una profesión a expensas de las otras. La crisis tendrá que cambiarlo. No queda mas remedio. Aunque algunas personas de esa clase opulenta ven a la crisis como un preámbulo del milenio con la apoteosis de la especie humana, la mayoría la vemos como uno de la miseria. Y esos ricos que alaban el paradigma del mercado en medio de su agonía, nos suenan como el optimista defenestrado que decía “todavía por aquí voy bien”.

El punto es que la ambición excesiva de dinero, que lo hace sinónimo con el éxito, conduce a la inmoralidad; ya sea la del sicario colombiano, o la de la empresa que manejó el empréstito finlandés, o la del banco Lehman Brothers, o la de la ideología que subyace en toda nuestra política comercial. Cuando Heminway le contestó a Scott Fitsgerald que los ricos difieren de nosotros en que tienen más plata, bien le pudo haber dicho que también son más inmorales. Pero el éxito es muchísimo más que tener más plata, y esa reducción excesiva tiene que desembocar en la crisis. De hecho, el éxito es ahora evitar la crisis.

El mundo tiene que cambiar de valores, o por lo menos debe dejar de menospreciar los valores tradicionales, y tiene que eliminar el significado del éxito, o el de la propiedad, para justificar la rapiña, como la “intelectual”. Usar la plata de todos para salvatar a un banco mal administrado por la angurria puede estar bien, pero entonces hay que nacionalizarlo para que no haya que salvatarlo de nuevo, y para que se pueda usar la plata del pueblo para darle empleo al pueblo y restablecer el consumo –aunque dejemos sin respuesta el límite ambiental–, en vez de desperdiciarla ayudando a los cómplices, y agravando la crisis.

Para que recuperáramos un poco la confianza, se tendrían que acabar las acciones desfachatadas del más poderoso: como el salvataje y la exoneración, o como el montaje contra Strauss-Khan para seguir sacándole el jugo de moneda internacional al dólar. O por lo menos habría que denunciar esos extremos.. Y tendrían que apresar a Bush en Canadá como violador de los derechos humanos, aunque no lo juzgaran. Y de otra manera quitar un tribunal internacional que solo puede procesar a los criminales de lo países pobres.

Y es mejor atender las quejas de los indignados antes que provocar una revolución maltratándolos, lo que debería saber cualquiera con la inteligencia necesaria para gobernar. Pero los seguirán maltratando, y seguirán creciendo, hasta cambiar el paradigma. De la peor manera posible. La blasfemia al decir que estamos hechos a imagen de Dios es presumir que Dios es malo y tonto.

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