De imperios e invasiones militares

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

E estas alturas de mi vida no voy a jugar de impoluto y purista, en mi pasado acumuló muchos apoyos a invasiones de un imperio contra un país más pequeño y débil. Me recuerdo en La Habana, en 1978 en el XI Festival de la Juventud y Los Estudiantes discutiendo con Mario José Zaragoza sobre las invasiones de la URSS a Hungría y Checoslovaquia, las que defendí airadamente al punto de dar un manotazo y quebrar una botella, de ron por supuesto, ante lo que Mario se retiró discretamente por la derecha. También me recuerdo en la FEUCR junto a Anatoli Kanunikov, defendiendo la invasión contra Afganistán, cuestión de defensa del sistema socialista mundial. Viene a mi memoria la justificación de la guerra entre dos países comunistas en la Sede Regional de la UCR en San Ramón. Vietnam contra Camboya, los primeros estaban con la URSS y los segundos con China, yo defendí a los primeros y por supuesto condené el genocidio de Jemeres Rojos, pero no por principios, sino porque eran enemigos del imperio que yo apoyaba, la URSS.

De allí en más, condené todas las invasiones del otro imperio a Vietnam, a Corea del Norte, a Dominicana, a Panamá, a Irak, a Siria. Etc. Es muy largo ese recuento.

De ese recuento queda claro que no he sido una persona de principios, es decir que mis apoyos o condenas a las invasiones militares han dependido de quién las cometió.

Pero en mi solicitud de clemencia alego lo siguiente: No he estado solo en ello, me acompaña toda la humanidad a lo largo de la historia. Bueno si les parece exagerado, al menos toda la humanidad desde que yo nací y un poco antes, al menos desde el siglo XX. Los humanos somos curiosos, hoy vamos y nos admiramos de las pirámides egipcias, de las aztecas, del coliseo, los circos y demás construcciones del imperio romano. Todos ellos despanzurraron a millones de humanos, invadieron naciones y mataron sin compasión; y amasados con carne y sangre construyeron esas obras arquitectónicas ante las que nos inclinaciones reverentemente sin acordarnos de los océanos de dolor, humillación y muerte que las hicieron factibles. La historia la modelan los vencedores y nuestra tendencia a admirar a los “grandes hombres”, aunque no hayan sido más que unos asesinos en masa sin compasión alguna como Gengis Kan. Aún los púdicos griegos del pasado que gozan de muy buena prensa por la cosa de la democracia, invadieron y le cortaron la cabeza a los nacionales de muchos países de la antigüedad.

Al igual que en el deporte, en eso de las guerras y las invasiones también tomamos partido y lo que le criticamos al adversario, se lo cohonestamos al tótem que idolatramos. Y en eso no hay nada de ingenuidades ni actitudes correctas, que en el amor y la guerra todo se vale y la hipocresía es el primer recurso, junto al disimulo.

Permitir que la disputa política en Venezuela sea resuelta mediante una invasión militar es continuar en esa tesitura de sangre y negación de la civilidad y del respeto a la legalidad. Aunque la ley sea una puta, es mejor tenerla a ella que a la ausencia absoluta de toda barrera moral y contención normativa, porque sería volver a la horda. Permitir que Maduro y el PSUV continúen con su despótica y criminal opresión del pueblo venezolano, y sus formas cuasi fascistas de gestionar el poder estatal, es perder también todo sentido de la más elemental humanidad. La única forma civilizada de resolver ese entuerto es IMPONIENDOLE a Maduro y toda su gavilla de malandros, unas elecciones en las que el pueblo pueda realmente decidir. Desde el 2015 lo han evitado a toda costa, como a la peste. Esa farsa no puede continuar y se vale torcerles la garra para obligarlos a aceptar a lo que temen con odio feroz, el ejercicio real de la democracia, de la libertad de pensamiento, opinión, prensa, organización y protesta.

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