Birmania, un ejército que controla “un sistema económico complejo”

Arnaud Vaulering entrevista a Renaud Egreteau

Birmania, un ejército que controla "un sistema económico complejo"

La confrontación se ha instalado en Birmania. Pero corre el riesgo de concluir rápidamente para quienes se oponen al golpe de Estado de la Junta. Ante la ola de resistencia y desobediencia civil lanzada desde el martes 2 de febrero de 2021, los generales ordenaron el bloqueo de Facebook, un importante canal de oposición en este país en el que la mitad de los 53 millones de habitantes tienen una cuenta, hasta el domingo. La mensajería de WhatsApp también fue suspendida parcialmente el jueves 4 de febrero. Y ante la explosión de solicitudes de VPN (Red Privada Virtual) para escapar de la censura, el Ministerio de Comunicaciones anunció que también bloquearía los servidores. La caza de opositores, activistas y miembros de la sociedad civil continúa. Según la asociación de asistencia a presos políticos, al menos 147 personas han sido arrestadas desde el lunes.

“El ejército hará todo lo posible para bloquear la expresión y no renunciará al poder”, analiza un consultor en Yangon conectado por teléfono. “Recuperó viejas tácticas de los peores años de la Junta: liberar a los criminales para liberar espacio en la cárcel y armar, remunerar milicias del pueblo y de los pobres en las regiones periurbanas para imponer el orden. Ante esto, me temo que el movimiento de resistencia popular no logrará mucho”.

Por tercer día, los conciertos de cacerolas y claxones estallaron en el país el jueves 4 de febrero a las 20 h, comienzo del toque de queda. Previamente, trabajadores de la salud, abogados y estudiantes habían participado en acciones de protesta. Pequeñas manifestaciones tuvieron lugar en Yangon y Mandalay. A las 8h, 70 diputados electos de la Liga Nacional para la Democracia (NLD) celebraron una sesión parlamentaria simbólica en la capital Naypyidaw. Juraron “servir al público”, aunque desde el lunes, el General Min Aung Hlaing ha estado ejerciendo los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

La noche anterior, el comandante en jefe del Ejército había dicho a un grupo de empresarios que podría conservar el poder durante seis meses después del final del estado de emergencia de un año, para organizar elecciones. No es seguro que Aung San Suu Kyu pueda participar en ellas. Si es procesada por importación ilegal de walkie-talkies, el pretexto fútil presentado por el Ejército para encarcelarla, se enfrenta a tres años de prisión.

El Ejército es más que nunca dueño de la situación política, recuerda Renaud Egreteau, profesor asociado de la Universidad de la Ciudad de Hong Kong y autor de Caretaking Democratization. The Military and Political Change in Myanmar (Oxford University Press, 2016), un análisis de las fuerzas militares y el cambio político en Birmania.

En vista de las declaraciones del General Min Aung Hlaing desde agosto y las acusaciones de fraude por parte del partido pro-Ejército USDP (Partido de la Unión, Solidaridad y Desarrollo) el día después de las elecciones, ¿estaba en germen este golpe desde hace mucho tiempo?

Obviamente, este golpe no fue una operación de última hora. Fue planeado, ejecutado con organización y llevado a cabo el primer día de una nueva legislatura elegida democráticamente. La negativa de la LND a convocar al Parlamento saliente para discutir el hipotético fraude electoral denunciado desde noviembre por el Ejército, la falta de claridad y transparencia de la comisión electoral sobre este tema, dejaban entrever una situación extremadamente tensa para el nuevo gobierno.

¿Son los militares birmanos malos perdedores?

Las elecciones de 2015 y 2020 fueron una formidable denuncia del control sobre la sociedad birmana de una institución militar. Esta última tiene dificultades para aceptar el hecho de que es incapaz de ampliar su base social. Pero el USDP no es el partido de los militares, hay otros dos o tres con los que la jerarquía militar comparte la misma ideología, pero ninguno es el instrumento directo del Ejército, a pesar de que haya connivencias. El Ejército, gracias a la Constitución de 2008, tiene una cuarta parte de los escaños en las asambleas legislativas nacionales y provinciales y, además, cada soldado tiene derecho a votar para elegir a su diputado civil entre el 75% restante de los escaños.

La puestas en cuestión de las elecciones y las listas electorales, la falta de convocatoria del Consejo de Seguridad y Defensa se mencionaron para justificar este golpe, pero ¿cuáles son las razones más profundas del Ejército y de Min Aung Hlaing que debía jubilarse en julio?

Min Aung Hlaing ahora parece ser el dueño indiscutible del aparato militar. Líder supremo de los ejércitos durante diez años, ha logrado no solo convivir con el pesado legado de su predecesor, Than Shwe, jefe de la Junta de 1992 a 2011, sino también garantizar la lealtad del cuerpo de oficiales superiores que ya no deben sus posiciones a los equilibrios internos y tensiones del régimen militar anterior, sino al propio Min Aung Hlaing. Es conveniente mirar más allá de las posibles ambiciones y enemistades personales dentro de las élites birmanas.

El Ejército -y su nueva generación de dirigentes- es una institución autónoma que también debe su supervivencia a un complejo sistema económico basado en el control y la explotación de territorios ricos en recursos. La perspectiva de un cuestionamiento de este lucrativo sistema por parte de un gobierno civil con instrumentos legislativos legítimos preocupa al ejército mucho más que las sanciones impuestas desde el exterior. Estas últimas han tenido dificultades para identificar objetivos creíbles en el pasado, debido a la opacidad de la economía birmana y la importancia de sus dinámicas subterráneas.

Min Aung Hlaing comenzó una carrera como dictador a los casi 65 años. ¿Se unió al club de dictadores birmanos: Ne Win [1962-1988], Than Shwe [1992-2011]?

Ampliaría la alusión haciendo hincapié en que la influencia política y social de los birmanos tiende a aumentar con la edad. Más allá de la esfera militar, la composición sociológica de los partidos políticos birmanos, incluida la LND de Aung San Suu Kyi, revela características bien conocidas de aquellos que estudian los sistemas gerontocráticos.

¿Por qué este golpe, cuando el Ejército ha dotado al país de una Constitución que le otorga amplios poderes y sistemas de bloqueo para controlar la acción política de las y los civiles?

Esto es de hecho lo que parece más singular. La generación anterior de líderes militares, la que calibraba el golpe de 1988, trabajó durante dos décadas para dar forma a un sistema político semicivil en el que se garantizaran muchos privilegios e inmunidades al Ejército y el derecho a controlar los asuntos del Estado mientras dejaba la intendencia (y los problemas relacionados) en manos de una administración civil. Sin embargo, este sistema llamado pretoriano tenía debilidades que la LND se había negado a explotar después de su victoria electoral en 2015.

Pensamos en el método de votación que promueve la tiranía mayoritaria y en las posibilidades de control legislativo y presupuestario del sector de la defensa. La segunda victoria de la LND en noviembre de 2020 y la incapacidad del Ejército para encontrar un terreno común con Aung San Suu Kyi en los últimos tres meses probablemente han elevado el temor del Ejército de que los defectos del sistema puedan ser explotados por la Señora cuya popularidad permanece intacta.

¿Una forma de intransigencia, una práctica solitaria de poder de Aung San Suu Kyi explica estas malas relaciones con los militares y, por lo tanto, también, este golpe?

Más que la personalidad y el carácter elitista de Aung San Suu Kyi, son su aura, mito y linaje [hija de la defensora de la independencia birmana Aung San, asesinada el 19 de julio de 1947] lo que no soportan los miembros de un Ejército que se ve como una casta superior, cuando no elegida, para gobernar el país desde su independencia. De ahí el uso abusivo y mezquino de leyes improbables, cueste lo que cueste.

Los únicos soldados con los que supo llegar a una buena relación pertenecen a la generación de la era Ne Win que fundó la LND con ella en 1988. Desde entonces, la LND no ha sido capaz de atraer a sus filas a militares de alto rango a pesar de la popularidad de Aung San Suu Kyi entre las tropas. Esto ilustra la creciente insularidad del ejército desde la década de 1990.

¿Al final, el Ejército nunca ha aceptado el proceso electoral y la democratización?

El Ejército no lanzó un proceso de democratización redactando la Constitución de 2008 y aceptando un reparto de poder con civiles durante la década siguiente. Más bien, fue una política de apertura lo que la generación anterior de jefes aceptó a principios de la década de 2010; una especie de Glasnost. Pero no hubo Perestroika ni revisión fundamental de las estructuras de poder, a pesar de un intento de reequilibrar esta distribución del poder político y legislativo en las dos elecciones de 2015 y 2020.

¿Así que el Ejército birmano sigue siendo un Estado dentro del Estado?

El alto mando del Ejército es una estructura tan opaca que es difícil identificar sus arcanos y dinámicas internas. Es incluso singular observar que en la era de las redes sociales, se sabe menos sobre los procesos internos de la institución que en la época de la censura y la ausencia de Internet en las décadas de 1990 y 2000. El carácter insular y la mentalidad de asedio permanente del Ejército y sus altos mandos se han fortalecido en las últimas dos décadas, incluso desde que comenzó la apertura en 2010. Esta nueva generación de generales creció en el contexto del golpe de 1988 y fue formada en academias militares reestructuradas durante la década de 1990.

¿Cuáles son las bases ideológicas y la visión de este poderoso Ejército?

La ideología y la visión del mundo de esta nueva generación de oficiales siguen guiándose por hitos intelectuales y morales violentamente supremacistas (basados en un grupo étnico bamar mayoritario en el país) y teñidos de nacionalismo religioso que buscan defender el lugar primordial de la sociedad y el orden budistas. Ciertamente, esta visión dogmática es compartida por muchos birmanos1/. Pero este exclusivo y agresivo nacionalismo budista no atrae a toda la población, incluida la comunidad de monjes budistas, tan diversa y compleja. Esto atestigua las dificultades que el ejército encuentra en sus esfuerzos por ampliar su base social y autoridad moral más allá de sus simpatizantes históricos. (Entrevista publicada en el diario Libération del 4 de febrero de 2021)

http://alencontre.org/asie/birmanie/birmanie-une-armee-qui-controle-un-complexe-systeme-economique.html

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

1/ Michael W. Charney – profesor de historia asiática y militar en SOAS, Universidad de Londres (institución en la que se educó Aung San Suu Kyi) – escribió en un artículo en The Conversation, fechado el 3 de febrero de 2021: “En 2017, el Ejército de Birmania lanzó un brutal ataque contra el grupo étnico rohingya en la provincia de Rakhine, en el oeste del país. Mediante campañas en los medios sociales en plataformas como Facebook, la mayoría de la población budista bamar se ha visto arrastrada a un frenesí antiislámico. Aung San Suu Kyi no se opuso a las acciones del Ejército como esperaban los militares, lo que la habría causado perder mucho apoyo popular. En cambio, negó la culpabilidad de los militares, se unió al juego político del Ejército de no reconocer a las y los rohingya como una cuestión nacional. Apoyó la detención de periodistas que habían descubierto pruebas de las acciones del Ejército e incluso defendió al ejército, más recientemente en 2019 ante la Corte Internacional de Justicia”. (Red. A l´Encontre).


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