Biden y Harris: la esperanza latinoamericana

El Sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis. alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Cuando la mitad del pueblo estadounidense festeja con fuegos artificiales, exclamaciones de júbilo y hasta lágrimas el ascenso de una nueva figura política a la presidencia de su país, puede estar seguro de que en sus celebraciones no está solo. También lo acompañan los pueblos latinoamericanos que siguen esperando alguna oportunidad de que el Tío Sam les tienda la mano, los respete y los invite a participar en un proyecto de desarrollo común. Ese es un ideal concebido por gobiernos de diversas naciones por más de cien años y que hasta el día de hoy no ha pasado de ser una ilusión, una quimera.
Dicho de otra manera, a Washington no le conviene seguir tratando a América Latina como su patio trasero, sino como su socio natural. Al respecto, los expertos recomiendan observar la correlación de fuerzas de Estados Unidos y China y sus intereses comerciales y financieros en esta región. En esencia, la nación asiática se perfila como la mejor opción comercial para la América hispana en el presente siglo.

A estas alturas, en pleno siglo XXI no tiene sentido ni lógica, es un anacronismo que los gobiernos de Estados Unidos apliquen a los países de la región la doctrina Monroe que sustenta el Destino Manifiesto, el cual les confiere el “derecho “a intervenir en los asuntos de la región “porque así lo establece la providencia”. O sea, la intervención por mandato Divino. Al día de hoy esa doctrina resulta ridícula. Dios no interviene en política, aunque los evangélicos digan lo contrario.

Tampoco tiene sentido la aplicación de la “Política del Gran Garrote” que le permite a Estados Unidos intervenir política y militarmente en la región. La frase fue acuñada por el presidente Theodore Roosevelt, en 1901. Esa política no fue una simple teoría, tuvo aplicación práctica en casi todo el continente a lo largo del siglo anterior. Una de las excepciones, en cuanto a golpes de estado, fue nuestro país, Canadá y Estados Unidos, por supuesto.

Un cambio de actitud del gobierno de los Estados Unidos debe ser complementado con fuerte dosis de dignidad por parte de los gobiernos de América Latina que aceptan el chantaje del Departamento de Estado o de organismos regionales como la OEA para que legitimen elecciones fraudulentas, caso de honduras, o avalen golpes de estado, como el caso de Bolivia. Uno espera que con el ascenso Biden-Harris, las cancillerías latinoamericanas dejen de ser “sucursales” del Departamento de Estado de los Estados Unidos.
Se supone que el virtual presidente Biden y la vice presidenta Harris estarían ocupados a partir del próximo 20 de enero en sanar las heridas que dejó la campaña política que aún genera controversia. Las heridas son tan profundas que en el curso de la campaña política se habló de guerra civil y aún el partido perdedor insiste en que las elecciones fueron fraudulentas. El respeto a las instituciones no es, precisamente, atributo del presidente Trump.

Mas aún: Trump espera el fallo de los tribunales o de la Suprema Corte para continuar por cuatro años más en la Oficina Oval de la Casa Blanca, con el botón nuclear al alcance sus manos. Si los republicanos salieran airosos, el mundo tendrá que encajar un nuevo retroceso y vivir con la incertidumbre de lo que le espera el día siguiente.

En caso de que el contencioso lo favorezca, Biden también tendrá que lidiar con los graves problemas económicos y financieros, además de la pandemia que ha contribuido a elevar los niveles de desempleo y a dejar expuesto el abismo que separa a pobres y ricos en la llamada primera potencia mundial.

En tales circunstancias es inútil, además de oneroso, que el Gobierno de los Estados Unidos, con los recursos de su propio pueblo, continúe construyendo muros o encarcelando a los latinos, en inmensas prisiones de la empresa privada, tan solo porque que insisten en buscar ese Dorado que llaman el sueño americano. Allí los negros y latinos se pudren física y moralmente ante el silencio y desinterés de los organismos de derechos humanos.

Ojalá que la cacería de latinos en el Desierto de Sonora o en la ribera norte del Rio Bravo se convierta en un mal recuerdo para miles de hombres y mujeres que en su intento perdieron su dignidad o quedaron mutilados. Miles de latinos han perdido la vida, llevados por el hambre y la inseguridad en sus naciones de origen, sin el menor sonrojo de sus gobiernos, tampoco el de esa burocracia internacional responsable de velar por el respeto de los derechos humanos.

Asimismo, América Latina debe buscar nuevas opciones de desarrollo y evitar que grandes contingentes de su población migren hacia el país del Norte en busca de oportunidades que ahora resultan poco viables. El sueño americano dejó de existir desde el momento en que no hubo oportunidades de superación para millones de ciudadanos nacidos en esa nación. En Estados Unidos el desempleo hace estragos.

Ante esas circunstancias, América Latina está obligada a encontrar alternativas de desarrollo de tal manera que sus pueblos tengan garantizados sus derechos básicos como el trabajo, la alimentación, la salud y la educación. El día que la juventud tenga acceso a la mejor educación, se le habrán cerrado las puertas de la política y del poder a populistas como Nicolás Maduro o mercenarios como Juan Guaidó, en Venezuela, así como a otras figuras en distintos países de la región. La verdad es que ese tipo de gente prolifera y se multiplica, en todos y cada uno de los países de habla hispana y portuguesa.

Hay que aceptar que los futuros inquilinos de la Casa Blanca, Joe Biden y Kamala Harris, no son magos, tampoco alquimistas para convertir los metales en oro. Se supone los anima la mejor intención para mejorar las condiciones de vida de su pueblo.

Sin embargo, deben encarar los problemas económicos y una descomunal deuda externa. También les esperar la dura tarea de recomponer numerosas cuestiones que el saliente presidente -si es que no termina atrincherado en la misma Casa Blanca- ha dejado maltrechas, gracias a su desinterés por las implicaciones de la covid 19 y el cambio climático. Tendrán que empezar por enseñarle a su pueblo algo elemental: la conveniencia de usar cubre bocas en tiempos de pandemia. No es tarde, a pesar de que ese virus ha matado a más de 200 mil estadounidenses y las vacunas aún no llegan, a pesar de que Trump anunció que ya venían en camino.

Como si lo anterior fuera poca cosa, también deben poner manos a la obra en problemas tan serios como el racismo, la brutalidad policial, el lavado de dinero, además de la complejidad en el manejo de las relaciones exteriores, sobre todo cuando el predecesor ha dejado un reguero de enemigos y críticos en todo el mundo.

En el plano externo, el gobierno de Biden bien podría contribuir con los gobiernos de América Latina para ponerle coto a la corrupción, la misma que ahora empobrece a los pueblos de la región al tiempo que fortalece las finanzas de bancos extranjeros.
Cuando ese país americano asuma una actitud diferente, positiva, hacia las naciones latinoamericana, es posible que en todo el continente se reduzcan los niveles de violencia que genera el tráfico y el consumo de drogas, además de la migración forzada. Está demostrado que en la actividad del narcotráfico solo hay perdedores, tal y como queda en evidencia con cárceles llenas de poderosos narcotraficantes, victimas inocentes, miles de consumidores en los cementerios o centros de recuperación y los estados gastando dinero en seguridad, pudiendo destinar esos recursos al desarrollo de proyectos de interés popular.

Otro ideal sería que Washington renuncie a esa práctica de calificar y descalificar gobiernos, incluso propiciar la ruina de sus pueblos, tan solo por no estar de acuerdo con el signo ideológico que no sea la extrema derecha o el centro quienes gobiernen, según su particular forma de entender la política regional. La tolerancia siempre ha sido un buen aliado de individuos y de gobiernos. Un ejemplo es Europa. Por lo demás, nadie tiene la verdad absoluta. Autoridades mundiales sostiene que el comunismo cayó por corrupto e ineficiente y que el capitalismo agoniza por el egoísmo que lo desborda.

Ojalá que el tándem Biden-Harris renuncien a seguir imponiendo gobiernos autoritarios o dictaduras como fue costumbre de su pais en el siglo anterior y lo ha intentado en los primeros 20 años de la presente centuria.

El gobierno de Washington y los gobiernos de América Latina pueden darle oportunidad a sus pueblos para que disfruten del mayor bienestar posible y con una sólida educación obtengan la mejor herramienta para escoger a los gobernantes que mejor representen sus intereses. De lo contrario, el caudillismo seguirá haciendo estragos tanto al Norte como al Sur del Rio Bravo, con los resultados que todos conocemos. Esperemos que Joe Biden y Kamala Harris tengan presente las necesidades de América Latina. Un proyecto basado en el respeto mutuo podría hacer la diferencia entre ese país y el bloque latinoamericano.

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