Vuelven los halcones a política exterior norteamericana

Alejo Vargas Velásquez

Era previsible lo que sucedió en las últimas semanas en la política exterior norteamericana. Es el tradicional comportamiento de los ‘halcones’ republicanos que consideran que la política exterior –y de seguridad y defensa también- se debe basar fundamentalmente en el poder, especialmente el militar, y que por el contrario los tratados, acuerdos y organismos internacionales –sino están a su servicio incondicional- no son creíbles para sustentar las relaciones internacionales en los mismos; el Presidente Trump representa bien este papel. El viejo, aunque se renueve con algunos discursos, debate entre ‘realistas’ e ‘idealistas’, tan presente en la política norteamericana –también en muchas otras sociedades, incluida la nuestra-. Por eso las críticas al pacifismo de Obama –en verdad, parcialmente sin base real, recordemos la operación contra Osama Bin Laden-, situándolo como un clásico representante de las ’palomas’ demócratas.

El bombardeo a una base aérea siria por parte de Estados Unidos –algunos especulan que previa información a Rusia, el gran aliado de los sirios-, con el argumento de responder al uso de armas químicas prohibidas, por el régimen sirio –para algunos analistas esto les recordó las ‘armas de destrucción masiva’ que la inteligencia norteamericana atribuyó al régimen de Sadam Hussein-, permitió al gobierno Trump mostrarle a sus adversarios y aliados, que tenía la decisión de volver realidad lo que había planteado en la campaña. Y la situación Siria le cayó como ’anillo al dedo’, porque políticamente fue muy favorable, le permitió mostrarse como defensor de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario, frente a un régimen como el sirio que precisamente no goza de buena imagen en la comunidad internacional, especialmente de Occidente, aunque a decir verdad en el conflicto sirio es difícil saber quien juega el papel del bueno y quiénes el de los malos.

El caso, bien publicitado, del bombardeo a unas cuevas en Afganistán, utilizadas al parecer por sectores del Estado Islámico –esa fue una región afgana de gran influencia de Al Qaeda posterior al derrocamiento de los Talibanes-, usando una de sus bombas de gran poder de destrucción. Lo que se ‘olvida’ es que Estados Unidos está en Afganistán desde la invasión en 2001, posterior a los atentados de Washington y New York y que ha estado colaborando con los gobiernos afganos, primero para combatir a Al Qaeda y los Talibanes y más recientemente a ISIS y sus aliados.

La tercera situación, que por ahora sólo son amenazas verbales y movilización de unidades militares, que podrían ser disuasivas más contra China, es contra otro régimen, el de Corea del Norte, considerado un rezago exótico del estalinismo, que parece no tener ningún sentido en el mundo globalizado contemporáneo. Allí, sin embargo, la política de Trump apunta más a involucrar a China para ‘apaciguar’ al régimen norcoreano, a cambio de fortalecer una relación económica conveniente para las dos partes.

Se trata, en los tres casos, de ir mostrando los rasgos de la nueva política exterior norteamericana; eso no significa, como lo titulaba un portal sensacionalista, el inicio de la tercera guerra mundial; claramente los europeos no estarían interesados en una especie de ‘nueva guerra fría’. Queda pendiente la respuesta de Rusia y de China, no sólo en el caso de Siria, sino en los demás escenarios mencionados y en otros en que sus intereses estén en juego.

Profesor Universidad Nacional

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