La Patrulla de Bares: Volviendo al pueblo

Especial para Cambio Político

Patrulla de Bares Misión: Bar El Migueleño
Dónde: San Miguel de Santo Domingo de Heredia (ver mapa)

Hace poco más de tres años en el aciago día en que elegimos el actual gobierno, este Cronista pletórico de emoción procedió a disfrutar de las bondades del primer día de elecciones sin la odiada ley seca. Aprovechó incluso para sacar a pasear a una amiga extranjera por lo que era de rigor visitar alguna comarca rural y así se terminó visitando esa extraña zona al norte de la capital en donde los santos tienen apellido de santo y todavía otro apelativo más, concretamente se arribó a Sanmigueldesantodomingodeheredia a una linda escuelita frente a una pequeña iglesia que parece muy antigua y frente a una coqueta plaza de fútbol que al frente posee un orgulloso local con el nombre de “El Migueleño”. Conocedor de la fama del lugar, el Cronista orgulloso convidó a su invitada a una merecida bebida espirituosa, sin embargo el intento tuvo que ser abortado ante la cara de horror que puso la foránea, atildada funcionaria internacional, quien solamente atinó a decir “no podríamos ir a un lugar menos ruidoso?”.

El Migueleño

Frustrado su intento, este Cronista hubo de esperar largos meses para poder saciar su curiosidad y verificar con su riguroso juicio científico la extendida fama de “El Migueleño”. La verdad es que suena a estar muy distante, pero la realidad está apenas a 10 minutos de San José, siguiendo la carretera a Guápiles y doblando luego en el cruce que va a San Miguel, obviamente. En la agraciada noche cuando la Patrulla llegó a cumplir su noble misión, sobrevino un inevitable sentimiento de déjà vu, pues el lugar estaba realmente poblado de carruajes, al igual que años ha sucedía con la mítica “La Barata”, que distaba no muy lejos de ahí*. Además, un paisaje cantinesco cada vez más escaso de ver desde la aprobación de la nefasta Ley de Tránsito que de repente ha convertido en delincuente a quien ose tomarse más de tres birritas, como si alguien de verdad se pusiera borracho perdido con semejante ingesta.

Una vez dentro de “El Migueleño” pudimos comprobar que estábamos en presencia de una verdadera oda al mal gusto, que con razón espantó a la foránea, pero que solaza a la Patrulla. Se conservan los pisos de mosaico artesanal herencia de cuando se era un verdadero bar de pueblo, pero por otro lado el mobiliario es con esas sillas de metal con pinta de discoteca canalla y el entorno se encuentra poblado de pantallas de televisión, que en el día de la visita tenían el canal VH1, cuando el lugar era más propicio para escuchar Sinfonola. En síntesis, todavía queda un aire de cantina campesina aunque con pretensiones de modernización y como afortunadamente los cantineros ticos no destacan por su buen gusto en la decoración, las inversiones en nuevo mobiliario no alcanzan a disimular el medio rural en el que se encuentra ubicado. Y en cuanto a la clientela, es tan variopinta como la decoración, mucha gente madurona, pero también jóvenes, algunos del pueblo pero la mayoría de afuera, de eso daba fe el carrerío en la entrada.

Por supuesto, lo que atrae a las legiones de forasteros son las bocas de enorme tamaño, buen sabor y exiguo precio, precisamente el objeto de estudio favorito de la Patrulla. La infaltable en las crónicas sopa de mariscos requirió de un buen tiempo de espera, señal de que la preparan en el momento pero aunque tenía muy buen sabor, la arruinaron con una sobreabundancia de especias, más bien parecía una sopa de apio, lástima. El gallo de chorizo agradó por su generoso tamaño y buen embutido. Su pariente cercano el gallo de salchichón resultó con méritos semejantes y aunque por definición doctrinal en la Patrulla no se suele hacer referencia al zacate, en este caso hay que admitir que la ensalada estaba muy buena, con el repollo picado muy finito. Una de las más espectaculares a la vista resultó la costilla de cerdo, la cual viene ahumada y con una salsa de barbacoa, como bien dice uno de los patrulleros titulares, el chanchito no murió en vano. La quesadilla de carne la hacen con tortilla de trigo, carne mechada y una salsa muy buena. Los espaguetis son de esos con legítimo sabor a pueblo, con esa salsa de tomate criolla bien aguada sin ningún tipo de ligamen culinario con Italia, faltó una cucharita no para enrollar elegantemente la pasta, sino para beberse todo el caldo. Los chicharrones estaban tan buenos que el patrullero que los cató obstinadamente no quiso comer nada más y repitió la orden, la yuca que lo acompañaba fue algo especial. En el menú hay una torta de huevo y otro de los comensales imaginativamente pidió que se la prepararan con carne, para lo cual fue alcahueteado y complacido, el resultado tuvo muy buen sabor porque aquí si emplearon con mejor resultado la abundante condimentación. Y para terminar, una mariscada al ajillo, tan grande y gustosa como todo lo que se ordenó. No se pudo complacer la gula con un maduro con queso, porque se les había terminado el queso.

La distinguida diplomática mencionada sucumbió ante sus prejuicios y se perdió de una buena muestra del único campo en donde la cocina típica costarricense destaca: las bocas. Y este Cronista probablemente regresará allí el próximo primer domingo de febrero a autodesagraviarse y celebrar que al fin nos libramos de nuestro gobernantes, aunque parafraseando a Beto Cañas “este gobierno es peor que el anterior, pero mejor que el que viene”.

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* Nota aclaratoria: “La Barata” no se llamaba así, pero todo el mundo le decía así. La atendían los hermanos Piña, tres solterones que se disputaban el título de cuál era el más viejo y el más chichoso. El éxito del lugar eran los licores finos a precios ridículamente bajos. Eso sí, el que osare pedir algo de comer, aunque fuese un confite, quedaba desterrado de por vida.

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