Junta de notables no, gobierno de notables sí
Claudio Alpízar Otoya
Politólogo
Siempre que escucho hablar de juntas o comisiones de notables, para esclarecer o recomendar las soluciones que deberían tomar quienes han sido escogidas y encargadas de dirigir algún ministerio o institución pública descentralizada, entro en desazón. Me preocupa esa evidencia de la poca capacidad de los designados para tomar las decisiones más trascendentales del país. De paso, siempre viene a mí aquella frase que dice que “las comisiones no tienen cuerpo que patear ni alma que condenar”, o sea, no hay a quien castigar ni a quien culpar, son tan solo un impasse más para no tomar decisiones.
Costa Rica seguramente es el país más estudiado y evaluado por comisiones y consultorías; ya conocemos todos nuestros problemas, las soluciones han sido discutidas en demasía, pero las decisiones y acciones siempre quedan relegadas por la incapacidad de quienes están encargados de definir y generar los resultados esperados. Por otra parte, la nación esta en una encrucijada en la cual parece que los “notables” no quieren ser parte de la estructura de Estado, o -a lo mejor- es que ya no tenemos notables.
Bien decía Aquileo J. Echeverría en uno de sus versos “lo que a mí me ha sucedido, a nadie le sucedió, que en la Junta de notables, me cacharon el reloj”. Frase que podría aplicar cada costarricense para reclamar el robo del tiempo y la ilusión de acciones prontas, que se posponen con cada comisión de notables que implementan quienes desconocen las tareas para las que fueron seleccionados por los ciudadanos.
Diferente sería si nuestros 57 diputados fuesen todos notables costarricenses dispuestos a sacrificar sus intereses particulares y partidarios para estudiar y plantear en su verdadera dimensión los problemas y las soluciones que requiere el país. Diferente sería si al momento de conformar su gabinete el presidente electo se preocupara -desde antes de serlo- por imaginar el grupo de notables que le acompañarían en sus cuatro años de gobierno. Y diferente sería sí nuestros partidos políticos estudiarán los problemas nacionales, como lo hicieron aquellos verdaderos notables de mediados del siglo pasado, que coordinados por Rodrigo Facio en el Centro para los Estudios Nacionales, sugirieron el diseño de lo que sería la Segunda República, plasmado luego en la Constitución Política.
La guía para que nuestros líderes y partidos políticos escojan con atinó a sus representantes se sustenta en una premisa fundamental: ser político y ser administrador es diferentes. El presidente de la República, sus ministros y sus presidentes ejecutivos deben ser políticos en el verdadero y sustantivo sentido del término, no administradores. No es que la actividad política y administrativa sean antagónicas, todo lo contrario son complementarias. Pero la notoriedad de la política es fundamental en la visión de un estadista, que lo distingue por su preocupación por los fines de la convivencia social; siendo “arquitecto” que imagina como debería ser la vida en sociedad y teniendo el deseo de llevar sus ideas a la práctica. Esto le exige al político ser reflexivo y de inmediato tomar medidas específicas -comprometiéndose de lleno con ellas- pues no puede quedarse solo en la reflexión, esto le haría filósofo más que político.
El político busca el poder -en democracia con la legitimación ciudadana- con miras ha convertirse en un conductor social con acciones determinadas. El administrador ejecutará esas decisiones políticas. En un régimen presidencialista -como el nuestro- el o la Presidente y sus ministros son los depositarios de la responsabilidad de proveer a la esfera administrativa sus propios mandatos y los dictados por la Asamblea Legislativa.
En conclusión, la administración es un instrumento del político y cuando en aquella se presentan difusiones que complican al político su accionar, es su responsabilidad corregir esas enfermedades, no es un asunto que competa a juntas de notables, es espacio para acciones. Un “notable” no debería prestarse para hacer lo que le corresponde a un designado, aunque la vanidad le tiente.
Ortega y Gasset en algún momento -refiriéndose a los gobernantes- afirmó que “administrar carece de visión; que es simplemente existir, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí hechas por otros; y que la política es hacer, crear cosas, organizar la historia”. En síntesis cuando se requieren notables para gobernar es porque quienes gobiernan no tienen la sensibilidad social amplia que diferencia al político sobre el administrador; característica urgente, clave, pues es la que le dota de la sensibilidad para descifrar y conocer los deseos, problemas y las máximas aspiraciones de los gobernados, los ciudadanos.
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Brillante análisis de un gobierno opaco. Nombremos un gobierno de notables y que se vayan todos de una vez. Así nos evitamos ese macabro desfile de ministros, diputados y alcaldes renunciando cada semana. Apoyar a Laura Chinchilla fue el gran error político del presidente Oscar Arias… y tan bien que estábamos con él.
Con este gobierno se aplicó la teoría del péndulo, después de un gobierno fuerte (Oscar Arias) viene un gobierno débil (Laura Chinchilla) espero que en el 2014 se vuelva a mover el péndulo y que venga un gobierno fuerte.
Hay momento en la vida de cualquier persona que siente que ya no tiene salida para sus inconvenientes, y es justamente donde puede tener de cerca potenciales soluciones a el infortunio.
En el caso de la Señora Presidenta de este país, siento que los que están cerca de ella no son tan notables para que las cosas que se intenten concretar sean las mejores, por lo menos en cuanto a forma forma…
Esperemos que ciertamente los notables no Gobiernen, ya que Constitucionalmente tenemos solo una presidenta, que tiene las mejores intenciones.
Pero podremos vivir de intenciones??????
Don Claudio, la introducción de tu artículo es como siempre genial, digna de tu intelecto. Es sencilla, robusta y sin discusión, porque se apoya en hechos concretos y no hipotéticos. Al menos es un alivio para uno saber que existen en Costa Rica personas de Usted. Saludos