¿Jóvenes, no votaron y ahora protestan?

Por Roberto Savio

Roberto Savio

Tras la votación del “brexit”, miles de jóvenes se manifestaron por las calles de Gran Bretaña expresando su malestar por salirse de la Unión Europea. Pero según las encuestas, si hubieran concurrido a las urnas de forma masiva, y no solo 37 por ciento de ellos, el resultado del referendo habría sido el opuesto.

El sistema político asume que la mayoría de los jóvenes se abstendrán, y la agenda tiende a ignorarlos cada vez más. Eso crea un círculo vicioso y se fijan prioridades que no los representan. Pero el análisis electoral tras la demoledora crisis económica y social de 2008 y 2009 es claro y ofrece evidencia estadística.

El Parlamento Europeo realizó una investigación sobre las elecciones europeas de 2014 en los 28 Estados miembro. Los jóvenes europeos de entre 18 y 24 años son más positivos respecto de la Unión Europea (UE) que los mayores de 55, aunque pocos efectivamente votaron. La concurrencia a las urnas fue mayor entre estos últimos, 51 por ciento de ellos votaron, mientras que solo 28 por ciento de los jóvenes lo hizo. Esa distribución se mantiene relativamente igual desde los comicios de 2009.

Muchos analistas políticos creen que los partidos en el poder miran con buenos ojos las abstenciones, en términos generales; ese comportamiento reduce los votantes a quienes se sienten conectados, a quienes tienen sus prioridades claras y son más fácil de satisfacer, pues las generaciones más viejas se sienten más seguras que las más jóvenes.

Además, los jóvenes tendieron a decidir su voto el mismo día de las elecciones o poco antes, en cambio solo lo hizo así 28 por ciento de los consultados mayores de 55 años. En 2014, 31 por ciento de los jóvenes entrevistados dijeron que nunca habían votado, mucho más que 19 por ciento de los mayores que no lo habían hecho. Sin embargo, cuantos menos años tienen, más europeos se sienten, así lo expresaron 70 por ciento de las personas sondeadas de entre 18 y 24 años, muy por encima de 59 por ciento de las mayores de 55 que expresaron el mismo sentimiento.

Podría decirse, por supuesto, que las elecciones europeas son un caso especial. Pero una mirada a los últimos comicios nacionales en Europa confirma esta tendencia. En las elecciones presidenciales de Austria, en 2016, participaron 43 por ciento de los jóvenes; en 2010, habían sido 48 por ciento.

En las elecciones parlamentarias de Holanda, este año, 66 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 24 años concurrieron a las urnas, habían sido 70 por ciento en 2012. En el referendo de Italia, de diciembre de 2016, 38 por ciento de los jóvenes se abstuvieron, por encima del promedio para toda la población de 32 por ciento.

En los últimos comicios franceses, los datos son consistentes, pues 78 por ciento de los jóvenes de entre 25 y 34 años se abstuvieron, 65 por ciento de los de 24 a 35 años y 51 por ciento de las personas de 35 a 49 años, así como 44 por ciento de las de entre 50 y 64 años, y solo 30 por ciento de las mayores de 65.

En Israel, solo 58 por ciento de los menores de 35 años y solo 41 por ciento de los menores de 25 votaron en 2013, muy por debajo de 88 por ciento de los mayores de 55 que lo hicieron. Y en Gran Bretaña y Polonia menos de la mitad de los menores de 25 votaron en las últimas elecciones generales, comparado con 88 por ciento de los mayores de 55.

La creciente abstención entre los jóvenes tiene consecuencias significativas. Tomemos, por ejemplo, las últimas elecciones en Estados Unidos, que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca.

Los llamados mileniales, quienes tienen entre 18 y 35 años, representan 31 por ciento del electorado; la generación silenciosa, los mayores de 71, 12 por ciento, y la generación X, quienes tienen entre 36 y 51 años, 25 por ciento.

Bernie Sanders concentró dos millones de votos de jóvenes de entre 19 y 24 años, quienes básicamente desertaron el día de la votación, después de que este perdiera en las primarias. La abstención de los jóvenes, cerca de 67 por ciento, hizo que los mileniales se equipararan a la generación silenciosa y que perdieran su ventaja demográfica.

Alrededor de 54 por ciento de los mileniales apoyaron a Sanders, por encima del 37 por ciento que optó por Hillary Rodham Clinton. Y solo 17 por ciento de los jóvenes tenía una visión positiva de Trump.

Si los mileniales hubieran votado, Clinton podría haber logrado una aplastante victoria en las elecciones con 473 votos, frente a los 32 de Trump.

La primera observación obvia es que si el tradicional traspaso intergeneracional desaparece, tendremos poco cambio en materia política, pues los votantes mayores suelen ser más conservadores. Y la segunda es que la participación de la ciudadanía se reducirá progresivamente, pues los jóvenes envejecerán.

Lo preocupante es que tenemos muchos sondeos sobre las razones del desencanto político de los jóvenes, atribuido a que el sistema político no es consciente de ellos.

Sin embargo, muchos analistas políticos creen que los partidos en el poder miran con buenos ojos las abstenciones, en términos generales; ese comportamiento reduce los votantes a quienes se sienten conectados, a quienes tienen sus prioridades claras y son más fácil de satisfacer, pues las generaciones más viejas se sienten más seguras que las más jóvenes.

El tema de los jóvenes desaparece del debate político o queda solo en el plano retórico. Un buen ejemplo es que el gobierno italiano destinó en 2016 la friolera de 20.000 millones de dólares a rescatar cuatro bancos, mientras que solo 2.000 millones a luchar contra el desempleo de los jóvenes en un país donde 40 por ciento de este sector no tiene trabajo.

Para ellos el mensaje es claro: las finanzas son más importantes que su futuro. Entonces no votan y son un factor con un peso cada vez menor en el sistema político.

La educación y la investigación son las primeras víctimas, junto con la salud, una tendencia hacia la austeridad, y los resultados son evidentes.

En Australia, donde 25 por ciento de los jóvenes dicen que “no importa qué tipo de gobierno tengamos”, los mayores de 65 no pagan impuestos sobre la renta cuando cobran menos 24.508 dólares. En cambio, los trabajadores jóvenes comienzan a tributar con ingresos a partir de los 15.080 dólares.

En los países ricos, las personas mayores de 65 años tienen varios subsidios y beneficios como descuentos en el cine y en otras actividades, no así los jóvenes.

Pero cuando aparece alguien con un mensaje dirigido a ellos, la participación cambia. En Canadá, solo 37 por ciento de las personas de entre 18 y 24 años votaron en las elecciones de 2008, y 39 por ciento lo hizo en las de 2011. Sin embargo, cuando Justin Trudeau apareció con un mensaje de esperanza, en 2015, la participación de ese sector se disparó a 57 por ciento.

La verdadera preocupación para la democracia, en tanto que institución basada en el menguante concepto de participación, es que los jóvenes no son del todo apolíticos. De hecho, conocen muy bien prioridades como el cambio climático, la igualdad de género, la justicia social, los bienes comunes y otros conceptos, y mucho mejor que las generaciones mayores.
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Por lo menos 10 por ciento de los jóvenes son voluntarios en distintas organizaciones, a diferencia de tres por ciento de las generaciones mayores. Sienten una conexión mayor con las causas humanistas, tienen menos preconceptos raciales, creen más en las instituciones internacionales y se interesan más en los asuntos internacionales.

Un buen ejemplo es Chile. En 2010, la abstención general fue de 13,1 por ciento de los habilitados. En 2013, trepó a 58 por ciento, pero entre los jóvenes llegó a 71 por ciento. Si estos votaran, cambiarían los resultados. Pero sencillamente, abandonaron las instituciones políticas por corruptas, ineficientes y desconectadas de sus vidas.

Un estudio del 2016 concluyó que 72 por ciento de los estadounidenses consultados que habían nacido antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) creían que era “esencial” vivir en un país con un gobierno democrático. En cambio, menos de una persona de cada tres nacidas en 1980 respondieron que tenían la misma opinión.

Tenemos que señalar que la caída de la participación electoral es un fenómeno mundial, y no una característica específica de los jóvenes.

Las últimas elecciones en el mundo antes de terminar este artículo fueron las de Bahamas, donde solo 50 por ciento de la población concurrió a votar. Anteriormente, en Eslovenia, la abstención había sido de 57,6 por ciento, en Malí, de 54,2 por ciento, en Serbia, 53,7 por ciento, en Portugal, 53,5 por ciento, en Leshoto, 53,4 por ciento, en Lituania, 52,6 por ciento, en Colombia, 52,1 por ciento, en Bulgaria, 51,1 por ciento, y en Suiza, 50,9 por ciento, regiones tan distintas como América Latina, Europa, África y Asia.

La crisis de participación política va desde la cuna del sistema parlamentario, Gran Bretaña, con 24 por ciento de abstención, en 1964, a 34,2, en 2010, hasta Italia, con 7,1 por ciento de abstención, en 2003, a 24,8 por ciento, en 2013.

Hay un consenso general entre analistas que sostienen que los daños de la globalización y el descrédito de los partidos políticos son las principales causas de la caída de la participación. Pero los ganadores nunca toman en cuenta las razones de los perdedores.

El triunfo de Emmanuel Macron en las últimas elecciones francesas fue bien recibido en Alemania. Pero en cuanto el nuevo presidente francés se refirió a la necesidad de fortalecer a Euorpa, por ejemplo creando un Ministerio de Finanzas europeo, la reacción de Alemania fue que no pondría ni un euro de su bolsillo al servicio de otros países que gastaban su dinero en mujeres y bebidas y que luego esperaban la solidaridad del norte de Europa.

¿Cuánto tiempo se necesitará para que los ganadores dentro de la UE comprendan que la crisis política es global y debe atenderse de forma urgente?

La participación electoral cae en picada en Alemania, de 82 por ciento, en 1998, pasó a 70,8 por ciento, en 2009. Al igual que en los últimos comicios, se prevé que el número de personas que vayan a votar supere al de las que lo hacen por el partido con más sufragios.

El director de la encuestadora Forsa, Manfred Güllner, alertó sobre un número récord de personas que no votan.

“Hay motivos para temer de que menos de 70 por ciento de los ciudadanos habilitados vayan a las urnas”, anunció. Si se incluyera a quienes no votan en un gráfico convencional de la televisión, les correspondería la barra más alta del gráfico.

Deberían ser considerados, de hecho, como los principales ganadores de los comicios, si no fuera por el hecho de que en realidad representan a la derrota de la democracia.

ROMA

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