El Canal Interoceánico por Nicaragua

Oscar-René Vargas

sin permiso

Poco después de que el presidente estadounidense Barack Obama visitara México y Costa Rica, el vicepresidente Joe Biden emprendió un viaje de seis días a América Latina, con paradas en Colombia, Trinidad-Tobago y Brasil, en un indicio de que la región latinoamericana recibirá más atención de Estados Unidos en el segundo término del mandato de Obama. Cuando Biden concluía su gira en Brasil, el 31 de mayo, el presidente chino, Xi Jinping, llegó a Trinidad-Tobago, primer punto de un viaje de cuatro días que incluyó a México, Costa Rica y Estados Unidos. Fue apenas su segundo viaje al extranjero desde que asumió el cargo, en marzo 2013, lo cual subraya el creciente interés de China por América Latina y el atractivo de los mercados latinoamericanos en expansión, de sus oportunidades de inversión y sus recursos naturales, en medio de condiciones económica mundiales aún débiles. El viaje de Biden fue el cuarto a la región desde que llegó a la vicepresidencia y vino después de un discurso que pronunció el 8 de mayo en el Departamento de Estado sobre el futuro de las relaciones entre Estados Unidos América Latina.

Los viajes casi sincronizados de Biden y Xi subrayan el creciente atractivo de América Latina como socio comercial y destino de inversiones. Mientras la profundización de vínculos entre China y la región latinoamericana es reciente, con una elevación del comercio bilateral desde US$ 3.900 millones de dólares en 2000 a US$ 86.000 millones de dólares en 2011, Estados Unidos está tratando de posesionar en la región luego de años de una política no muy consistente. Tal vez sea muy temprano para juzgar la extensión de este renovado enfoque hacia América Latina, pues se ha propuesto un plan concreto para ensanchar vínculos a través de la Alianza del Pacífico, una iniciativa similar al Asociación TransPacífico (TPP). Algo similar están impulsando, un tratado comercial, con la Unión Europea. Sin embargo, parece probable que las actividades chinas en la región latinoamericana se incrementen, sostenidas por una mayor asertividad de sus gobernantes al buscar oportunidades de mercado y recursos naturales en lo que se ha visto tradicionalmente como el patio trasero de Estados Unidos.

Oficialmente, China no es socio participante directo en la posible construcción de un canal interoceánico por Nicaragua, pero obtendría enormes beneficios, empezando con el abaratamiento del transporte para sus productos, que ya invaden los mercados occidentales. Sin embargo, investigadores en algunas universidades de Estados Unidos y México opinan que en la decisión de Nicaragua de ceder a una empresa china la concesión para construir el canal hay una estrategia geopolítica china. Heinz Dieterich, de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, dijo que el canal le permitirá a los chinos un acceso estratégico cerca de Estados Unidos y Canadá, respondiendo a las alianzas estadounidenses que implementan en Asia. En el siglo XX hubo una confrontación geopolítica similar entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando los primeros respondieron a la alineación de Cuba y los esfuerzos por sumar más países latinoamericanos a Moscú, intentando contrarrestar el emplazamiento bélico en Turquía a través de la OTAN. Según Dieterich, China piensa que si Estados Unidos trata de establecer un cerco en sus alrededores, ellos tienen que hacer lo mismo en territorio de Costa Rica, México y Nicaragua. El director editorialista del diario mexicano “El Economista”, Luis Miguel González, escribió que China empezó el coqueteo con México la semana pasada, pero Nicaragua “se llevó el sí más grandote”. “Ese país (Nicaragua) hará la mayor obra de infraestructura de la historia de América Central: un canal transoceánico que costará US$ 40,000 millones de dólares y será mucho mayor que el Canal de Panamá”, indica.

Un canal interoceánico en Nicaragua facilita el paso de productos chinos a la mayor economía mundial, la de Estados Unidos y de materias primas necesarias para su desarrollo económico. China tiene en América Latina una presencia económica que ni Japón ni la Unión Soviética en los años 70 y 80 del siglo XX jamás imaginaron. La relación entre China y Estados Unidos tienen más puntos en común que en conflicto. Las economías de los dos países representan más del 33% del PIB mundial, un dato que no puede desdeñarse. Políticos y empresarios estadounidenses buscan cómo administrar esta relación, mientras que la cúpula del gobierno chino reconoce que ese vínculo es estratégico en su futuro. En ese sentido, no está claro si un canal interoceánico en Nicaragua administrado por una empresa china afecte esta relación. En este proyecto Estados Unidos implícitamente tiene poder de veto.

Estados Unidos, país que ocupa el primer lugar mundial en inversiones directas en el exterior (IDE) tiene invertidos más de US$ 55.000 millones de dólares en China (primer destino mundial de las IDE), donde las transnacionales estadounidenses han deslocalizado cada vez más su producción manufacturera, gran parte de la cual se reimporta después [a Estados Unidos]. Sin embargo, Estados Unidos ha contraído así ante China un déficit comercial que sobrepasó en 2012 los US$ 315.000 millones de dólares, o sea US$ 20.000 millones de dólares más que en 2011. Las inversiones chinas en Estados Unidos son mucho menores, lo cual se debe sobre todo a las restricciones impuestas. Por ejemplo, sólo se aceptan inversiones chinas en el sector de la alimentación (un grupo de Shanghái acaba de comprar el mayor productor estadounidense de carne de puerco), pero el sector de las telecomunicaciones está enteramente vedado para los capitales chinos.

La economía china, que ha alcanzado el segundo lugar mundial con un ingreso nacional bruto que es casi la mitad del que registra Estados Unidos, se hace cada vez más dinámica: no sólo su capacidad productiva es impresionante –exporta cada año US$ 1.000 millones de teléfonos celulares o móviles y 20.000 millones de piezas de ropa– sino que también invierte cada vez más en países de importancia estratégica para Estados Unidos. Estimaciones señalan que el PIB de China en 2040 representará el 40% del PIB mundial mientras Estados Unidos lo verá reducido al 14%. Todo indica que la intención de los nuevos dirigentes chinos es seguir apoyándose en la creciente capacidad económica (no en un salto cualitativo de su poder militar) para incrementar su influencia política en todo el orbe. Por ejemplo, después que los norteamericanos gastaran US$ 6.000 millones de dólares en las guerras de Afganistán e Irak y de haberse endeudado hasta el cuello, Estados Unidos se ve ahora ante una China cada vez más presente en esos países. En Irak, no sólo compra alrededor de la mitad del petróleo producido sino que además está haciendo, a través de compañías estatales chinas, grandes inversiones en la industria del petróleo, ascendientes a más de US$ 2.000 millones de dólares al año. A partir de 2016 el PIB chino debería igualar al norteamericano para doblarlo en 2030. Y existe el peligro de que el tránsito entre ambas fechas sea traumático para la aún hoy primera potencia, si cae en una nueva versión del debate de los años cincuenta sobre del siglo XX “¿quién perdió China?”, referido a la derrota de los nacionalistas de Chiang Kai-sehk por los comunistas de Mao Tse-tung en 1949, pero con la fórmula de “¿quién perdió el número uno?”

La carta de triunfo de las compañías chinas es que, al contrario de la compañía estadounidense ExxonMobil y de otras compañías occidentales, las empresas chinas aceptan contratos para la explotación de los yacimientos en condiciones mucho más ventajosas para el Estado iraquí, sin priorizar la ganancia sino la garantía del abastecimiento en petróleo, del que China se ha convertido en el principal importador mundial. Cerca de la frontera iraní, en territorio iraquí, se ha construido incluso un aeropuerto destinado especialmente a garantizar el transporte del personal técnico chino. En Afganistán, compañías chinas están invirtiendo en el sector minero, después de que geólogos del Pentágono descubriesen allí ricos yacimientos de litio, cobalto y otros metales raros. Al enfrentar cada vez más dificultades en el plano de la competencia económica, Estados Unidos pone la espada en la balanza al impulsar la construcción de una alianza en Asia-Pacífico bajo su liderazgo con el objetivo de aislar a China, a través de las negociaciones de la Asociación TransPacífico (TPP, Trans-Pacific Parthnership).

A diferencia de las maniobras estratégicas durante la Guerra Fría, las motivaciones son económicas y también implican a los gobiernos progresistas de América del Sur, como Venezuela, que vería facilitado el comercio de petróleo hacia China, y en general otros países (Brasil, Uruguay y Argentina) llevarían materias primas a un costo mucho menor. En Nicaragua, la decisión motivó discusiones desde cuando fue aprobada por 61 votos a favor y 25 en contra, y una de las principales críticas es que no se consultó a los indígenas de las zonas afectadas por la obra. También organizaciones ecologistas calificaron el canal como una gran amenaza al equilibrio ambiental de Nicaragua y la pérdida del recurso agua potable por la posible contaminación del Lago Cocibolca. En Colombia, todavía no se ha analizado a fondo el hecho, más allá de las implicaciones que tiene en torno al fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya sobre las fronteras marinas con Nicaragua. Tanto en Nicaragua, como en América Latina, por otra parte, hay dudas sobre el empresario chino Wang Jing, en cuyas manos su gobierno puso la responsabilidad del canal, de quien se sabe que fue traído a Nicaragua por el hijo del presidente Daniel Ortega, Laureano Ortega, para ayudar a modernizar las telecomunicaciones y a quien la Asamblea nicaragüense le dio facultades amplias para construir el canal. El asunto no es sencillo y, por el contrario, es demasiado preocupante por la carga de riesgo geopolítico en una región de continuas transformaciones como América Central.

Si los beneficios parecen claros para Nicaragua, algunos se preguntan cuánto puede sacar China, como país, en ganancia. Si bien el gobierno de Pekín no aparece oficialmente como participante en la obra, analistas coinciden en que puede haber una relativa mejoría en la competitividad de sus productos al abaratarse el costo de transporte. Otros apuntan hacia la presencia de China en Centroamérica y América Latina, mercados donde ha aumentado su participación en los últimos años. Pero algunos creen que es parte de una jugada más amplia. “Tendría un acceso estratégico muy cerca de América del Norte, que en este momento no tiene”, dice Heinz Dieterich, de la Universidad Autónoma Metropolitana de México. “Para China sería un golazo geopolítico frente a Estados Unidos y una respuesta a lo que hace Washington, al trabar alianzas” en la región cercana al país asiático. En suma, mientras el cerco estadounidense contra China incluye la Alianza del Pacífico (AP) y el TPP (Asociación TransPacífico); para China, América Latina representa “años dorados” en lo económico –con Europa fuera de marcha– y no vacila en pivotear alianzas alrededor del “mare nostrum” estadounidense.

La Alianza del Pacífico tiene tres objetivos. Uno: sujetar a los países latinoamericanos del Pacífico como exportadores de bienes naturales, consolidarlos como países sin industria y enormes desigualdades y, por lo tanto, con crecientes dosis de militarización interna, hacer una versión limitada del ALCA. Dos: impedir la consolidación de la integración regional (MERCOSUR, UNASUR) y aislar a Brasil, pero también a Argentina y Venezuela. Tres, y esto nunca lo dicen: formar la pata latinoamericana de la Alianza TransPacífico (TPP, por sus siglas en inglés), que Estados Unidos pretende convertir en el brazo económico-político de su megaproyecto militar para contener a China. Es decir, que la Alianza del Pacífico se inscribe en la política estadunidense de consolidar su hegemonía en la región latinoamericana, que pasa por impedir que surjan bloques fuera de su control.

Washington desplegará en la región Asia/Pacífico fuerzas dotadas de las más avanzadas tecnologías militares: unidades navales con armas laser, navíos de combate costero, aviones de combate F-35, etcétera. Los navíos de guerra desplegados en el Pacífico, que hoy constituyen la mitad de los 100 desplegados (de un total de 283), serán después más numerosos. Según el Secretario de Defensa norteamericano, Chuck Hagel, Estados Unidos conservará así «un margen decisivo de superioridad militar». La pugna se manifiesta, también, en la conformación de una dinámica de bloques económicos [Trans-Pacific Parthnership (TPP liderado por Estados Unidos) frente a Regional Comprehensive Economic Partnershi (RCEP, compuesto por Australia, India, Japón, Corea del Sur, China, Nueva Zelandia, Brunei, Cambodia, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam) liderado por China], en la activación de los litigios en toda la periferia china (desde Corea del Norte hasta el Mar de China oriental y meridional que involucra entre otros a Japón, Filipinas y Taiwán), la redefinición y reforzamiento de alianzas de Estados Unidos con India, Japón, Birmania o Vietnam, y los anuncios de Washington de que transferirá a la zona en pocos años incluso el 60% de sus buques y de sus armas más avanzadas a la región, incluida la fuerza aérea. Es como un juego, China dice: ustedes tratan de construir un muro de contención en mi vecindad inmediata, pues nosotros podemos hacer lo mismo con Costa Rica, México y ahora Nicaragua.

El Wei-qi es un juego de estrategias envolventes y mucha paciencia, practicado en China. El Wei-qi se trata de ocupar espacios minando, poco a poco, la capacidad estratégica del oponente. Los jugadores luchan tanto de manera ofensiva como defensiva y deben elegir entre tácticas de urgencia y planes a largo plazo más estratégicos. El vencedor es el que haya conseguido la mayor parte del territorio. Un buen juego termina siempre dando una ventaja ínfima a uno de los contrincantes.

Nada más opuesto al ajedrez, la contraparte del Wei-qi, que es el juego favorito de Occidente y que echó raíces en la diplomacia norteamericana. El ajedrez busca la victoria total en el menor número de movimientos y termina cuando un jugador decapita al rey de su oponente. El ajedrez acepta enroques y permite cierta flexibilidad estratégica, pero todas las piezas y sus predecibles movimientos están en el tablero desde el principio: hay lugar para el engaño pero no para la sutileza.

La larga y compleja historia de China y Estados Unidos en el siglo XX y comienzos del XXI -y la relación entre ambas- ha sido un prolongado choque entre esas dos estrategias diplomáticas: el Wei-qi y el ajedrez. Estados Unidos es una potencia expansionista, empeñada en jugar un papel protagónico en el mundo y dispuesta a someter a sangre y fuego a naciones o nacionalidades que disputen su hegemonía. China, un continente en sí misma, ha sido por el contrario y con contadas excepciones (como el caso del Tibet y Vietnam), una nación contenida. Obsesionada por la seguridad de sus fronteras, diseñó y aún practica, una diplomacia envolvente con base en acuerdos, ayuda económica, inversiones y, desde hace décadas, un comercio sostenido y creciente. Si la vieja China padecía un desinterés absoluto por lo que sucedía más allá de sus fronteras y el mar, la China actual mantiene una política internacional de bajo perfil, reconoce la supremacía de potencias como Estados Unidos, y se ha dedicado a construir un poderío económico que le permitirá a mediano o largo plazo colocar más piezas en el tablero e inmovilizar poco a poco a sus contendientes.

La diferencia estratégica que subyace en la política exterior de ambos ha sido evidente en los últimos contactos entre China y Estados Unidos. Será interesante ver cómo avanzan chinos y norteamericanos sus piezas en América del Sur, Centroamérica y el Caribe. En este choque de intereses, ¿ganará el Wei-qi o el ajedrez en la construcción del canal por Nicaragua?

La inversión para construir el canal transoceánico será de unos US$ 40.000 millones de dólares, cuatro veces el PIB de Nicaragua. Además del beneficio económico para Nicaragua, las repercusiones alcanzarán a toda la región centroamericana. El canal no sólo le sirve a China, es una demanda de hace mucho tiempo se piensa para agilizar el comercio internacional pasando por Centroamérica. A pesar de la ampliación el Canal de Panamá estará saturado dentro de una década (alrededor del 2025). En todo caso, las ganancias para China serían también importantes. Una de las razones para explicar por qué el comercio de petróleo entre Venezuela y China no ha crecido más rápido es porque los venezolanos no tienen costas en el Pacífico. Con un canal por el cual puedan transportarse los energéticos, ciertamente va a bajar mucho el costo de mover las materias primas que se extraen de América Latina hacia China, lo cual beneficia a la economía asiática, a Nicaragua y a la región centroamericana. Sería ganar, ganar.

Para China, para cuyas finanzas US$ 40.000 millones de dólares el disponer del dominio sobre una vía interoceánica en el “patio trasero” de su mayor competidor comercial, convierte ese monto de inversión en una bicoca. El presidente Obama realizó una rutinaria visita de segundo período presidencial a Centroamérica, y lo más importante que dejó fueron las crónicas sobre el menú de las cenas protocolares. En cambio, el presidente chino Xi Jinping dejó centenas de millones de dólares en préstamos para proyectos -por supuesto bien atados a la conveniencia de empresas chinas- el Caribe, Costa Rica y México. Xi Jinping no visitó Nicaragua. Sin embargo, quizás sea el país más importante para China en el continente americano, por este siglo y por el que viene. Sin embargo, no todo a favor de Pekín. La explotación del gas de esquisto puede hacer en un futuro a Estados Unidos autosuficiente en energía, mientras que China tendrá que seguir importando crudo de Medio Oriente; y el progresivo envejecimiento de la demografía de su población, consecuencia de la política de un hijo por familia, son factores que desincentivan la potencia China en el mediano plazo.

Nicaragua es, por sus actuales condiciones institucionales, con un gobierno que hace y deshace con el estilo fáctico y poco democrático sus decisiones -pasando muchas veces por arriba de las minorías opositoras- donde es posible el desarrollo de esta operación geopolítica de China. Es claro que otorgar la concesión del Canal Interoceánico directamente al Estado chino hubiera sido mucho más resistido y hasta inviable en términos políticos, tanto a lo interno como a lo externo de Nicaragua. Como lo hemos visto, el gobierno del presidente Ortega no tuvo ningún obstáculo para hacer dueña de esa concesión a una casi inexistente empresa, dirigida por un “principito rojo” chino hijo de un general miembro de la cúpula en el poder en China. Sin embargo, dado el estilo de la política china, es más que improbable que esa empresa no dependa de un gobierno que tiene clara la necesidad de asegurarse el dominio de las rutas marítimas mundiales, no solo en términos de comercio sino también de estrategia militar y geopolítica.

Si el proyecto falla, por razones geopolítica –veto norteamericano o problemas ambientales por contaminación de las aguas del lago- el gobierno chino no pierde nada, fue solamente una empresa china la que fracasó. Es claro que la construcción del Canal Interoceánico -si se concreta- revolucionará e impulsará la economía de Nicaragua, para beneficio merecido de sus habitantes, pero también puede convertirlo -y a la región centroamericana- en el foco de tensiones geopolíticas, con imprevisibles consecuencias. Lo que es absolutamente seguro, es que debemos ponernos a aprender chino.— Managua, 15 de junio de 2013

Oscar-Renée Vargas, economista de formación, es un veterano luchador de la resistencia antisomocista en Nicaragua. Participó en la revolución y luego en el gobierno sandinista, manteniendo después una posición de resuelta independencia crítica.

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