Despacito en la era de Trump

Bazar digital

Carlos Revilla M.

Carlos Revilla

Tengo que confesar que me había pasado desapercibida la canción “Despacito” de los puertorriqueños Luis Fonsi y Daddy Yankee. Se me apareció en el radar, al leer la reciente nota que el video musical en Youtube, había sobrepasado el registro de ser el más visto en la historia.

Superó los mil millones en YouTube tras tan solo 97 días de publicado, una marca dentro de la plataforma de videos solo superada por “Hello” de la inglesa Adele. Solo 57 días después superaría los dos mil millones, algo nunca antes logrado en tan poco tiempo, y en la actualidad lleva más de 3 mil millones de visualizaciones, para ser exacto 3.190.158.730 visualizaciones al momento de publicar estas lineas, y contando…

Todo lo anterior en tan solo siete meses, sin siquiera tener un año. Algo realmente no solo increíble, sino histórico.

La canción se convirtió, sin lugar a dudas, en el tema del verano boreal (hemisferio norte). Se consagró como la primera canción en español desde “Macarena” (¿se acuerdan?) allá por 1996 en alcanzar el codiciado número uno del ranking Billboard Hot 100 en EE.UU. Y ya tiene 14 semanas (más de tres meses) de estar en el primer lugar, con un remix de Justin Bieber, que lo único que hace es agregarle al inicio una breve introducción en inglés.

También la canción se volvió un fenómeno mundial. Suena en los lugares y países menos pensados, como Corea del Sur, Japón e Indonesia, solo para nombrar unos cuantos. No hay barreras, a pesar de que la canción está en español, y nadie la entiende, pero hay que reconocer que el ritmo lo atrapa a uno, y desde un inicio dan ganas de bailar.

Según los expertos, su éxito reside en la palabra “despacito” y la forma es cantada “des…pa…ci…to”, sílaba por sílaba, además de la mezcla de pop y reguetón.

Comparto el video de la canción, por si no lo han visto, algo difícil, pero es de esos que uno no deja ver y escuchar, así contribuimos un poco más a seguir haciendo historia con unas visitas extra.

 
La música está disponible en todas las plataformas digitales, lo que en esta era tecnológica, ha ayudado a su difusión y éxito.

Es una de las canciones mas “versionadas”, con covers profesionales y amateurs, parodias, versiones instrumentales de violín, saxofón, dulzaina, flauta, etc; hasta una estilo sinfónica. Las coreografías de baile también pululan en el Internet, especialmente en Youtube. Incluso, puede llegar en este aspecto a superar “Yesterday” de los Beatles, que ostenta la marca mundial, como la de más versiones.

Bueno, ya les conté un poco sobre la canción. Muy bien por sus interpretes, y especialmente por su compositor Luis Fonsi, que contó con el gran aporte de Daddy Yankee, ya son parte de la historia, y quedarán inmortalizados, además, claro, de ganar un montón de plata y premios (lo digo en el buen sentido).

La canción inicialmente no fue un éxito en Estado Unidos, hasta que Justin Bieber hizo el remix, agregándole, como ya dije, una pequeña introducción en inglés. Y esto que Bieber no es estadounidense, es canadiense. Hay que reconocer que los gringos son bien extraños…

Pero lo anterior no es lo importante. Hay un punto sobre la canción y el video, que fue realmente el que me llamó la atención, y al que le presté atención, después de leer el excelente artículo de Moisés Velázquez-Manoff publicado en el New York Times “¿Qué representa ‘Despacito’ en la era de Trump?”.

Lo que representa, el video y la canción, es la antítesis (positiva) del pensamiento conservador y retrógrado del presidente de Estados Unidos Donald Trump. Y en este caso, sin síntesis a la vista.

Para no reinventar la rueda, y como el artículo es muy extenso, les transcribo un extracto del mismo:

El ascenso de “Despacito” es extraordinario por varias razones: con excepción de la introducción de Bieber, el tema es en español (según la manera en que se interprete la letra, la canción habla de cómo uno lo haría lento con alguien que le gusta).

El video tiene como escenario un barrio pobre de Puerto Rico llamado La Perla y muestra a un alegre elenco multiétnico. Tal vez lo más excepcional es que la canción ha cobrado fama internacional en un momento en que crece el nativismo, la ansiedad en lo que respecta a las fronteras y la inmigración, y en el que el poder ejecutivo de Estados Unidos parece estar decidido a blanquearse.

El éxito de la canción subraya el lugar común de que el sentimiento que motiva a tantos de nosotros, ese que nos hace movernos, que anima nuestras vidas, que nos une en algunas formas como una comunidad global -la música pop- es lo opuesto del nativismo. Es promiscuo, no respeta fronteras ni pertenece a categorías raciales. Toma prestado a discreción, alentando la fecundación mutua de culturas y estilos. Se abre paso con energía desde la diáspora africana. Y esos miles de millones de vistas dicen que la gente, una gran mayoría estadounidense, no se cansa de escuchar la canción.

Claro que el éxito de la canción no quiere decir que el proyecto del presidente Donald Trump fracasará ni que el nativismo cascarrabias dará paso a un multiculturalismo feliz. La mayoría de la gente podría estar dispuesta a ver un video de artistas puertorriqueños y aun así no querer tener un vecino que hable español (aunque Puerto Rico es un territorio estadounidense, así que, si eres estadounidense, supéralo).

Sin embargo, el éxito de la canción sí enfatiza un lado de la humanidad que, en estos tiempos, suele verse ensombrecido por tendencias más desagradables. Sabemos que los humanos podemos ser tribales, que nos organizamos de un momento a otro en grupos de personas afines y ajenas, que podemos tratar a esos grupos que no nos son afines con crueldad e incluso con violencia. Estas tendencias probablemente son anteriores a nuestra condición humana. Hasta grupos de chimpancés hacen la guerra entre sí.

También tenemos este otro lado que es curioso, que no teme a la diferencia, sino que se inspira en ella. Un lado trascendente que se alegra de unir partes dispares para crear y jugar.

Tomemos “Despacito” como ejemplo. Comienza con una guitarra puertorriqueña de cuerdas de acero conocida como cuatro, que seguramente proviene de un instrumento que los moros llevaron a España desde el Norte de Africa. El vibrante ritmo del reguetón salió de Jamaica y, mucho antes de eso, probablemente se originó en Africa occidental.

Al rapear, Daddy Yankee emplea una forma de arte que desarrollaron los afroamericanos en las urbes y lo infunde con el sentimiento único del español y la jerga de Puerto Rico. La sugerente letra de Fonsi que podría pertenecer a una tradición que se remonta a los trovadores despechados de la España medieval y todavía más atrás.

Cuando observamos con detenimiento las fronteras que delimitan a esas entidades supuestamente discretas, nos encontramos con que son sorprendentemente porosas.

La canción es una fusión, una amalgama. Como tal, no solo ilustra el genio de la música pop, sino que además es un ejemplo de cómo funciona la creatividad en general. La innovación suele involucrar la organización de piezas antiguas en nuevas configuraciones. Las empresas de tecnología como Apple y Google lo saben. Por eso es que enfatizan en la polinización cruzada, sus espacios de trabajo abierto y áreas públicas diseñadas para fomentar la mezcla.

Como vemos, el asunto no solo se trata de una canción pegajosa de buen ritmo, y un video bonito. Hay mucho más subyacente.

No quiero terminar, sin referirme a la bella Zuleyka Rivera, la Miss Universo del 2006 con tan solo 18 años, que es la modelo en el video musical. Ella hace alarde de su nutrida herencia cultural, con rasgos africanos e indígenas que se disputan protagonismo con sus ancestros europeos. En el videoclip musical se la puede ver recorriendo a pie el barrio de La Perla en el Viejo San Juan.

Finalmente, les dejo una galería con algunas imágenes relativas al tema, incluidas varias de la modelo.


 
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