La alternativa

De José Calvo

José Calvo

José Calvo

Cuando la especie humana se independizó de la ley de la selva hace algunos millones de años, y se puso en rebeldía contra el orden natural, tuvo que hacer sus propias leyes para poder sobrevivir sin el esquema que la naturaleza había construido tan laboriosamente. Y naturalmente, esas leyes nuevas son muy defectuosas o inadecuadas, puesto que el otro sistema estaba bien probado. La especie se puso entonces en irrupción en su dominio de la naturaleza y en su población. Por eso es que estamos en problemas.

Era inevitable que iríamos de mal en peor, aunque ese es el camino que nos hace diferentes a los demás. Y es un camino admirable porque pretende hacer las cosas mejor, como doña Laura; aunque las hace peor.

Era inevitable que adquiriéramos esa noción extravagante de que Dios puso la creación entera a nuestro servicio, para que nosotros la usáramos cómo mejor nos pareciera. Y nos hicimos entonces competitivos y agresivos. Aumentó nuestra población al liberarnos de los checks and balances que hasta entonces teníamos: los leones y los tigres. Y eventualmente dominamos también a la peste negra y el cólera que los sustituyeron en el intento. Ahora tenemos 7000 millones de humanos que necesitan desesperadamente de la revolución industrial y la tecnología para sostener su tren de vida o intentar dárselo a todos: eso es la sociedad de consumo. La revista Time dice en un número reciente “que la naturaleza perdió esa guerra con nosotros” (“nature is out”). Es un caso de “arrant arrogance”, porque esa guerra no la podemos ganar.

La agresión intra específica, como la ciencia llama al celo asesino que padecemos, es única en la naturaleza, y es seguro una defensa contra nosotros. Y eso son probablemente también las crisis económicas periódicas: Intentos de restablecer algún balance. Pues aunque la primera guerra mundial derrotó el propósito de la gran depresión activando la producción y la economía, ese recurso ya no está disponible al haberse vuelto suicida. Y yo no creo que vamos a poder salir de la presente crisis económica, porque no es otra cosa que un resultado inevitable de nuestro crecimiento. Viene de la naturaleza como un intento de restablecer el equilibrio.

“Dicen gentes muy formales” que podemos seguir creciendo indefinidamente, igual que algunos dicen que cada nuevo hijo nace con su bollo de pan. Y es posible. En El Fin de la Niñez Arthur Clarke ve un día en que los espíritus de todos los niños se subliman formando una capa espiritual alrededor de la tierra (una especie de Cristosfera), y dejando a sus padres abandonados en un proceso de melancólica extinción. Solo que las gentes formales de que yo hablo son vengativamente materialistas, y lo que ven es más negocios y un consumo creciente: también lo llaman emprendedurismo

Pero de no ser posible extender el mercado de consumo que ahora tienen unos mil millones de personas en los países desarrollados, a los otros cinco mil millones que vivimos en los subdesarrollados (y hay serias dudas de que los desarrollados lo van a poder conservar). Entonces tenemos que encontrar una salida, una alternativa. Es casi seguro que se va a imponer la austeridad, pero no la de Angela Merkel que hace más ricos a los ricos en medio de la crisis y deja a los pobres completamente desprotegidos para balancear el presupuesto. Tendrá que ser austeridad para todos. El mundo tendría que regresar a un nivel de consumo que podríamos llamar subdesarrollo.

En la entrevista a la socióloga catalana Marina Subirats que aparece en Cambio Político, ella dice que “la izquierda se olvidó del concepto de clase y se dedicó a gestionar el capitalismo”. Ese es el problema. Por eso es que no pega el movimiento de los indignados. Yo lo llamo el síndrome de “la moto, el Hyundai, y el BMW” con que don Oscar Arias consiguió el voto de los trabajadores de las fábricas para el CAFTA, (si es que ganó por eso), y creo que la humanidad tendrá que renunciar a la aspiración de tener aunque sea una moto, porque ya topamos.

Doña Marina comenta que a los derechistas les enfurece la referencia al aumento en la inequidad de la distribución de la riqueza, la llaman fomentar la lucha de clases, y atribuyen su riqueza a una mayor aptitud y esfuerzo, a una mayor competitividad. Por eso es necesario que la izquierda deje de “gestionar el capitalismo”. En este brave new world no se permitirá la usura, ni el encarecimiento de la difusión del conocimiento, y nadie podría ser dueño de 20 mil millones de dólares. Pero nadie se moriría de hambre, ni abandonado en la calle.

Y como por algún lado había que empezar a encarar la crisis, se ve ya una admisión de que la austeridad discriminatoria merkeliana no sirve, y de que está resultando mejor la ruta islandesa. El mismo periódico La Nación, que se alinea por afinidad derechista con la metrópoli, y culpa de la crisis a los borrachines, dice en un editorial reciente que “Krugman no estaba completamente equivocado, aunque lo sigue estando”. Y Krugman predice que el cambio no se hará bien, porque la derecha se seguirá apegando a su austeridad para los demás. Lo que yo digo es que la derecha tendrá que acepta r la austeridad para ella también. No porque no funcione su obsesión con que el gasto social produzca inflación, sino porque es su propuesta lo que no funciona. Y no lo hace no porque sea discriminatoria, sino porque ya hemos topado con el límite. Capitalismo caput. Mercado de consumo caput. Crecimiento sostenido caput. Enriquecimiento discriminatorio caput. Gestión izquierdista del negocio caput. Entra la nueva era de la humanidad austera y moderada; por necesidad.

Pero habrá que prohibir que alguien acumule una fortuna de 20 mil millones de dólares o demasiado poder con las viejas argucias del capitalismo, que siempre es de Estado, porque los gobernantes son los mismos empresarios. No podrá darse que después de tanto sacrificio el nuevo régimen quede en las manos de una jeunusse doré como estuvo el viejo en las de la aristocracia; o que los appartchiks resulten también los dueños de la gran empresa petrolera.

Y el cambio no tiene por qué ser apocalíptico, pero la izquierda dejará de “gestionar el capitalismo”. Uno puede no tener una moto y disponer en cambio de un buen sistema de transporte público, si el alcalde no le sigue atravesando el caballo a Carabaguías, si este no busca la presidencia, y si el gobierno invierte en eso por lo menos la millonada de impuestos que ahora cobra por los carros particulares que van por San José a 5 km por hora, en vez de desperdiciar ese platal en recompensar a los partidarios. La gente se puede divertir en otras cosas que no sean el aguacero de conciertos que ahora nos visita. Uno se puede vestir bien sin tener que comparar una camisa Hilfiger o unos zapatos Nike. Nos podemos alimentar mejor comiéndonos un casao que una MacDonalds. Nos podemos curar bien en la Caja sin dedicar los médicos cuya carrera hemos costeado al turismo médico. Nos podemos educar bien yendo a una escuela pública en vez de la Lincoln. No todos tenemos que ser profesionales. Y podemos turistear en nuestro país aunque sea comiendo huevos duros, en vez de ir a Disney Land.

El exceso de población tendrá que bajar, pero ya mismo se ve una pérdida de la fertilidad que seguro es también una defensa de la naturaleza; igual que influye la creciente emancipación de las mujeres. Y si va a disminuir el número de trabajadores jóvenes que costean ahora la seguridad social de los viejos, la verdad es que esos viejos han pagado la suya y el gobierno ha desperdiciado ese dinero recompensando a sus partidarios: tendría que aumentar la honestidad.

Otra ventaja del cambio para nosotros los subdesarrollados es que nos libraríamos de la dependencia extrema que ahora limita nuestra libertad en modelos de desarrollo cocinados en Washington, igual que fomenta nuestro malinchismo que los apoya; se trate de una “Sustitución de Importaciones” para que nos “desarrolláramos” sin volvernos comunistas como se hizo durante la guerra fría cuando ya no era posible practicar el colonialismo tradicional, o se trate de unas “Exportaciones no Tradicionales” subsidiadas, con importación de excedentes alimentarios subsidiados, como se hizo cuando se acabó la guerra fría. La contracción del mercado en Europa y los Estados Unidos acabará también con nuestra servil dependencia extrema de esos compradores, y de sus inversionistas, y traerá un saludable desarrollo del mercado interno; con el final al fin del ministerio vitalicio de aquella que sabemos. Y como esa alternativa si puede ser sostenible, garantizaremos un vivir a las generaciones futuras: Solo cosas buenas.

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comentarios

Una respuesta a La alternativa

  1. Luis Fernando Diaz 04-05-2012 en 6:03 am

    Gracias a Don José por sus columnas tan sabrosas y tan llenas de buen juicio.
    LFD

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