Costa Rica: el dólar y la demencia del Banco Central

Luis Paulino Vargas Solís

Luis Paulino Vargas

Una de las causas de fondo –posiblemente la principal– detrás de nuestro crónico problema de déficit fiscal, es el mediocre, incluso anémico, crecimiento de la economía costarricense durante todo el período posterior a 2008 y, en especial, los gravísimos problemas del empleo. De hecho, el PIB de Costa Rica, a la altura de 2016, es aproximadamente un 15% inferior, de lo que habría sido de haberse mantenido las tendencias de largo plazo que se observaron hasta 2008. Y si consideramos que hay alrededor de 1.1 a 1.2 millones de personas en una situación laboral anómala, y que la cantidad de gente en edad de trabajar que efectivamente está ocupada, es en nuestro país sumamente baja (cualquiera sea el parámetro internacional con que nos comparemos), podremos entender que el problema no se reduce, ni de lejos, a una cuestión simplista de aumentar impuestos o recortar gastos. Si la economía no se dinamiza y genera buenos empleos, el sostén fundamental de las cuentas fiscales seguirá siendo endeble y lleno de huecos, y cualquier posible solución se volverá mucho más difícil y costosa.

El pobre dinamismo de la economía costarricense está seguramente afectado por los múltiples síntomas de crisis y estancamiento del capitalismo mundial, con sus efectos negativos para las exportaciones. También la persistencia de elevados niveles de endeudamiento privado, que frenan el consumo de las familias y la inversión de las empresas. Todo esto se complica mucho más a raíz de la persistencia, durante un plazo muy largo, de un tipo de cambio colón-dólar sobrevaluado, el cual ha penalizado las exportaciones de base propiamente nacional (no las de zona franca), el turismo de pequeña empresa y todas las actividades que compiten con importaciones.

La anomalía con el tipo de cambio ha dañado la competitividad de amplios sectores de la economía, en particular aquellos de los que, en mayor grado, depende la generación de empleo. Es así puesto que, por un largo período, el tipo de cambio se ha sostenido en niveles irreales: no refleja correctamente los verdaderos niveles de productividad de la economía costarricense frente a la productividad de los países con lo que se comercia.

Pero es también plausible que, en determinado momento, y bajo circunstancias que lo favorezcan, ello genere expectativas de devaluación. Esas circunstancias han venido tomando forma en los últimos tiempos, especialmente el último año, sobre todo a raíz de los cambios en la política monetaria de la Reserva Federal o banco central de los Estados Unidos. A estas alturas, las autoridades económicas estadounidenses han debajo bien configurada la ruta hacia el aumento de las tasas de interés y una menor liquidez (menor cantidad de dinero circulando). Incluso es posible que haya también un “efecto Trump”, dadas las conocidas veleidades del nuevo presidente gringo. Costa Rica, un país bajo directa influencia estadounidense, se ve impactada en la forma de menores entradas de capital, lo que, a su vez, fortalece el temor de una posible devaluación.

Cierto: el problema fiscal crónico podría también influir, y más aún dada la mala prensa y todo el juego de chantajes que agencias calificadoras y organismos financieros realizan. Pero, como he intentado explicar en lo que antecede, lo fiscal es un síntoma agravante, y no una causa primigenia. Querer resolver esto limitándose a lo fiscal, seguramente agravará los problemas, precisamente porque equivale a pretender aliviar los síntomas, ignorando la patología de fondo que los genera.

La actuación reciente del Banco Central de Costa Rica (BCCR), ante la agudización de los desequilibrios relacionados con el precio del dólar, tiene todas las trazas de ser una medicación que no solo confunde los síntomas con la enfermedad, sino que, con toda probabilidad, arriesga agravar la enfermedad.

Por un lado el exceso de activismo, con una teatralización realmente aparatosa, como dando gritos estentóreos: “estamos en graves problemas…”. Es una invitación al pánico que, como al modo de una profecía autocumplida, está obligando al mismo BCCR a una intervención masiva en los mercados cambiarios: en diez días, desde que anunció sus medidas de shock, han vendido más de $200 millones. Considérese además lo siguiente: en lo que llevamos del año, las reservas en moneda extranjera del BCCR se han reducido en $760 millones; con respecto a agosto de 2016, la baja es de $1240 millones. Resulta alarmante.

Pero quizá la medida principal tiene que ver con el alza en las tasas de interés y la restricción del circulante (cantidad de dinero en la economía). La llamada “tasa de política monetaria” del BCCR, pasó de 1,75% a inicios de abril, a 4,50% en este momento. He aquí otra manifestación de activismo descontrolado. A patada limpia quiere subir las tasas de interés, y con ese fin recurren a medidas muy agresivas.

Una primera justificación detrás de esto: desincentivar que la gente pase sus ahorros en colones a dólares. Cierto: ha habido un aumento considerable de los depósitos a plazo en dólares. El error está en atribuirlo a que las tasas de interés en colones son bajas. Jamás lo han sido. La causa de esa migración hacia depósitos en dólares, es que efectivamente se espera que haya devaluación. Pero las razones de esto último son mucho más complejas, y tiene que ver principalmente con lo que indico en los puntos 3 y 4. Aumentar los tipos de interés en colones no ayudará gran cosa, excepto, quizá, si se disparan hasta las nubes.

Una segunda justificación del aumento de las tasas: frenar el alza de la inflación, lo cual es un disparate total, puesto que ni siquiera se ha alcanzado el límite inferior (2%) de las metas de inflación (entre 2 y 4%) que el propio BCCR ha fijado.

Lo que el BCCR está intentando hacer con las tasas de interés es demencia galopante. Decir que la economía crece de forma “robusta” (según el neolenguaje orwelliano de sus comunicados oficiales) es una grosería para los millones de personas que viven penurias por falta de un empleo digno. El desempeño de la economía es a lo sumo mediocre y viene desacelerándose desde finales del año pasado. En ese contexto, el alza brutal de las tasas de interés que quiere forzar, lo que puede provocar es la asfixia de la economía, la agudización de los gravísimos problemas del empleo y el agravamiento de la crisis fiscal. Los más pobres serán los grandes perdedores.

Hacia 1981-82, la Reserva Federal de Estados Unidos, con Paul Volcker como su presidente, provocó una violenta alza en las tasas de interés, de la que derivó una profunda recesión y un pronunciado incremento del desempleo. Hoy el BCCR parece está atrapado en la “locura Volcker”, dispuesto a matar el paciente para curar la enfermedad.

Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Compartir:

Comentar en Facebook

comentarios

Comentar en Cambio Político

Si está interesado en anunciarse en nuestro sitio u obtener más información, por favor utilizar el formulario de la sección de Contáctenos en el menú principal.