Agricultura e impuestos a bienes inmuebles: a la raíz del cacho

Luis Paulino Vargas

Luis Paulino Vargas S.

El reclamo de los agricultores de Costa Rica que solicitan una reducción en la tarifa del impuesto territorial o sobre bienes inmuebles, tiene una faceta que Jorge Guardia advirtió certeramente en su columna en La Nación, pero sin sacar de ello las consecuencias correctas.

Guardia acierta en un punto esencial cuando señala que en este caso las municipalidades estarían “…usando patrones de inflación que no necesariamente se corresponden con el verdadero valor de la tierra”, para enseguida explicar que ello “…Sucede mucho en los denominados booms inmobiliarios. Esos valores no son reales; tienen mucho de especulativo”. Dejemos de lado el cinismo usual en este comentarista. Cabe entonces agradecerle que haga explícito reconocimiento del sesgo especulativo que marea las estadísticas económicas en Costa Rica. Lamentable es, sin embargo, que sus conclusiones no sean nada más que un muestrario de insustanciales corrongueras.

El tema es que, sin proponérselo, quienes siembran la tierra en Costa Rica –y no solo los pequeños y medianos- están planteando una interpelación básica alrededor de la disyuntiva producción versus especulación. Pero ello se extienden a otras interrogantes también muy importantes: ¿riqueza en manos de productores y capital nacional o en manos extranjeras? ¿Inversión concentrada en faraónicos proyectos inmobiliarios o en proyectos productivos?

Ello a su vez ilustra, incluso con matices dramáticos, en relación con el modelo de desarrollo que el país ha venido siguiendo. Desde 1998 para acá, este ha venido acentuando de forma progresiva pero implacable, ciertos rasgos problemáticos.

Con la llegada de Intel en el mencionado año se inicia el viraje hacia la “inversión de alta tecnología”. Gradualmente se consolidará un sector altamente privilegiado –en su mayor parte amparado al régimen de zona franca- cuya evolución queda desenchufada del resto de la economía. Puede irles bien o mal –y en general les ha ido muy bien- sin que ello tenga mayores consecuencias para la sociedad costarricense. Excepto, eso sí, por el nada despreciable detalle de que casi no pagan impuestos –tampoco impuestos municipales- no obstante que sí reciben diversos servicios públicos bajo condiciones especiales. Y esto último en un doble sentido: son servicios “individualizados”, a la medida de las exigencias de tales empresas y, con frecuencia, son servicios por los que se cobran tarifas reducidas.

De forma más o menos sincronizada con la publicitada llegada de la “inversión de alta tecnología”, viene una masiva reorientación del sector turístico: de los hotelitos pequeños y medianos, en gran parte en manos de capital nacional, hacia los megahoteles pertenecientes a cadenas hoteleras transnacionales o, cuanto menos, que funcionan bajo franquicias de las que estas cadenas son dueñas. Similar a las transnacionales situadas en zona franca, estos grandes hoteles funcionan como al modo de enclaves, débilmente vinculados a la economía nacional y, en particular, escasamente articulados con las regiones y comunidades situadas en su entorno cercano. Bajo el sistema de “todo incluido”, esos hoteles se garantizan monopolizar hasta el último dólar gastado por quienes, provenientes de Estados Unidos o Alemania, se hospedan en ellos.

En cierto momento, y más claramente a partir de 2005, estos procesos se aceleran y diversifican. En zonas costeras aparecen fastuosos proyectos destinados a construir lujosos condominios, incluso torres de apartamentos por completo disonantes respecto del paisaje a su alrededor. En zonas urbanas –y Escazú es, por hipertrofiado, el caso más patológico- aparecen inmensos edificios de oficinas, condominios de ensueño y enormes centros comerciales levantados a imagen y semejanza de los “moles” estadounidenses. Tal es el impacto, con algún rezago, del boom inmobiliario mundial del período 2003-2006. Con la crisis mundial se da un frenazo importante (años 2009-2011). Sin embargo, en el último año se ha registrado un parcial y nada despreciable renacer.

Esta hinchazón del cemento y el ladrillo, acompaña nuevas evoluciones que se aceleran a partir del mencionado año 2005:

a) instalación de actividades de servicios (mercadeo y ventas; atención a clientes; contabilidad; pagos, etc.) que corporaciones transnacionales reubican en Costa Rica, para aprovechar la relativa calificación de nuestra fuerza de trabajo y los salarios comparativamente más bajos;
b) el aceleramiento en los procesos de transnacionalización en nuevos sectores de la economía. Más allá de las zonas francas, ello se evidencia, por ejemplo, en la educación superior, los servicios de salud, los seguros, las telecomunicaciones y la obra pública (carreteras, aeropuertos, puertos, etc.). Y, por supuesto, el sector turismo y la actividad inmobiliaria.

Estos procesos han sido impulsados y recalentados por el crédito bancario –incluso por parte de la banca pública- y por la afluencia de capital extranjero. Cabe preguntarse si toda esta desmesurada hipertrofia de la construcción y los inmuebles, no podría al cabo resultar un mal negocio para la banca. Esa es una preocupación perfectamente razonable.

Cuando los agricultores reclaman que no se les tase de la misma forma como se haría con esos enormes desarrollos de ladrillo, hierro y cemento, al mismo tiempo nos interrogan acerca de la conveniencia y, sobre todo, la razonabilidad y sostenibilidad de tales modalidades de desarrollo.

Es al mismo tiempo la pregunta acerca de si preferimos pequeñas y medianas empresas nacionales, o un control de los medios de producción por parte de poderosos capitales extranjeros.

Si, por lo tanto, optamos por formas equitativas y democráticas de distribución de la propiedad, o si, en su lugar, preferimos un modelo “empleador”, donde gigantescas transnacionales “dan empleo” a trabajadores y trabajadoras cuya única propiedad son sus propias capacidades personales.

Y, además, es la disyuntiva entre producir –incluso producir lo esencial de lo que comemos- u orientar gran parte de los ahorros y la inversión para alimentar juegos especulativos que, tarde o temprano, se revelarán insostenibles.

En fin, conviene entender que los centros comerciales incentivan el despilfarro pero no la productividad, como los “call centers” no son, en modo alguno, una apuesta por empleos de alta calificación. Tampoco es una idea particularmente inteligente la de promover edificios de apartamentos vacíos o una capacidad hotelera excedentaria.

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Fuente: Soñar con los pies en la tierra

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comentarios

Una respuesta a Agricultura e impuestos a bienes inmuebles: a la raíz del cacho

  1. yayo vicente 14-08-2012 en 11:42 am

    El impuesto territorial que afectará la actividad agropecuaria, es sin dudarlo, la posposición al ordenamiento territorial. Aquí a lo sumo tenemos débiles planes reguladores en el ámbito municipal (que ni siquiera consideran a los cantones vecinos y mucho menos el criterio de cuenca hidrográfica).

    Se habla, como si fuera la idea más coherente, de tasar con menos a los pequeños, e incrementar el monto conforme el tamaño de la empresa agropecuaria. Un disparate!! Precisamente el fracaso de la Reforma Agraria Mexicana fue la creación de minifundios La producción moderna requiere escala, de lo contrario se pierde competividad. En México han tenido que ser imaginativos para resolver el problema creado.

    Como carecemos de orientación (educación) en negocios (más bien los satanizamos), el efecto de esta iniciativa para darle más ingresos a la corporación municipal, será que la municipalidad  pierda empresas agrícolas. Varios miles de trabajadores directos perderán sus empleos, otro tanto de los indirectos. Donde hoy se asienta una empresa de la que vive mucha gente, solo se verá abandono y quizá algunos precaristas (sin esperanza ni destino). ¿La gran perdedora? La municipalidad, que con mucha ingenuidad se restregaba las manos.

    Como país, aceptamos y hasta hacemos viajes presidenciales para atraer grandes inversiones. INTEL cambió para bien, la economía de este país, y lo seguirá haciendo.

    ¿Cómo entender que con tanta desfachatez se amenacen a los “grandes” productores agropecuarios? Soy de Golfito, y he sido testigo de ese Macondo (pobreza, drogas, prostitución, hambre, desempleo, analfabetismo y desesperanza).

    La única explicación es la poca importancia que le asigna nuestra sociedad al mundo empresarial y su creación de riqueza. No digo que nos olvidemos de las personas y nos vayamos pendularmente al otro lado. Como decían las abuelas, “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”.

    Las predicciones de FAO y otras agencias no son las mejores para dentro de unas décadas en cuanto a la oferta de alimentos. Tampco en esta coyuntura de sequía, consecuencia de la cual la oferta de granos americanos y rusos, bajará sustancialmente. Otra vez embargos a las exportaciones y otra vez aumento de precios en granos, leche, huevos, carnes de ave, cerdo y bovinos.

    Perder la agri-CULTURA será una gran pérdida para la oferta nacional de alimentos, pero también un desempleo que no podrá ser fácilmente absorbido por otros sectores económicos. ¿Veremos muchos macondos?

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